La Fe Cristiana: Confesión
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Sobre los que callan pecados en la Confesión (Sermón de San Alfonso María de Ligorio)


Sermón para el tercer Domingo de Cuaresma por San Alfonso Maria de Ligorio.

"Pero tú tienes tantos miedos, y no temes condenar tu propia alma por el enorme crimen de ocultar los pecados en la confesión. Temes la reprimenda de tu confesor, y no temes la reprimenda que recibirás de Jesucristo, tu Juez, a la hora de la muerte. Temes que se conozcan tus pecados lo cual es imposible, y no temes el día del juicio, en el que, si los ocultas, serán revelados a todos los hombres."

Fuente:
Third Sunday Of Lent: On Concealing Sins In Confession
Saint Alphonsus de Liguori
http://traditionalcatholicsermons.org/

La Absolución (Sermones del Santo Cura de Ars)


"La Absolución" Sermón para el décimotercer domingo después de Pentecostés por el Santo Cura de Ars.

"San Carlos Borromeo nos dice explícitamente que “no se puede absolver a las personas que desconocen los principales hechos de la religión cristiana y los deberes de su estado de vida; particularmente cuando su ignorancia surge de su indiferencia con respecto a su salvación ". Las leyes de la Iglesia a este respecto también prohíben que se dé la absolución a los padres o madres que no enseñen a sus hijos, o no les enseñen, en todo lo que sea necesario para su salvación."

Fuente:
"The Sunday Sermons of the Cure of Ars"
Thirteenth Sunday After Pentecost – Absolution"
Sermon read by AM.
Holy Family Publications
https://jmjsite.com/

Carta del P. Demaris a los Católicos (Consolaciones para Tiempos Difíciles)


Carta a los católicos que sirve para los tiempos de persecución, cisma, herejía o para el tiempo como el actual, en la que es difícil asistir a la Santa Misa o recibir los Sacramentos.

La carta del Pbro. Demaris, profesor de teología, y Misionero de San José (Lyon, Francia), dirigida a los católicos que durante la Revolución Francesa, se vieron privados de lugares de culto por su destrucción, como también porque Obispos, Sacerdotes y fieles, fueron objeto del martirio en un gran número, o por haber sido encarcelados, enseña a los católicos que a pesar de esa privación, los Sacramentos y la consolación espiritual siguen manifestándose, a través de otras vías.

Esta carta nos sirve en la actual crisis en la que nos encontramos, en la que la mayoría de los católicos puede que no tengamos acceso a sacerdotes que celebren la Santa Misa, administren los Sacramentos y proclamen el Evangelio y la Sana Doctrina sin ambigüedades.

☑️ Si necesita ir a la Confesión, y actualmente no le es posible hacerlo, porque las Iglesias están cerradas o no están permitiendo con facilidad asistir al Sacramento de la Penitencia, le recomendamos el vídeo: "La Contrición Perfecta: Llave de oro al Paraíso"

Fuente:
"LETTER OF FATHER DEMARIS"
Sermon read by AM.
Holy Family Publications
https://jmjsite.com/

La Confesión es un medio fácil de salvación (Sermón del P. Francis Hunolt)


"La Confesión es un medio fácil de salvación", sermón para el tercer domingo después de Pascua por el P. Francis Hunolt, SJ.

"Todo lo que Dios pide al pecador en el Sacramento de la Penitencia es el examen de conciencia, un verdadero dolor por el pecado, un firme propósito de enmienda, la confesión de sus pecados, y el cumplimiento de la penitencia que se le ordena."

Fuente:
Short Sermons of Father Francis Hunolt
7th Sunday after Pentecost
"Confession an Easy Means of Salvation"
Sermón leído por AM
Holy Family Publications
https://jmjsite.com/

La Contrición Perfecta: La llave de oro al Paraíso


Especialmente para nuestros tiempos, cuando necesitas ir a confesarte pero no puedes. No olvides: "La Contrición Perfecta: La llave de oro al Paraíso"

00:00
00:25 Prefacio
03:05 Introducción
04:36 ¿Qué es la contrición perfecta?
06:29 ¿Qué será, pues, la contrición perfecta?
15:18 ¿Cómo se obtiene la contrición perfecta?
20:17 ¿Es difícil realizar un acto de contrición perfecta?
23:20 ¿Qué efectos produce la contrición perfecta?
29:57 ¿Por qué la contrición perfecta es tan importante y a veces incluso necesaria?
40:13 ¿Cuándo debe realizarse el acto de contrición perfecta?

Fuente: "Perfect Contrition: Golden Key to Paradise" Holy Family Publications https://jmjsite.com/

La Obediencia debida al Confesor (Sermón de San Alfonso María de Ligorio)


La Obediencia debida al Confesor", sermón para el cuarto domingo después de Pascua por San Alfonso Maria de Ligorio.

"¿En qué consiste entonces la santidad? Consiste en el perfecto cumplimiento de la voluntad de Dios. Todos los pecados que llevan a las almas al infierno proceden de la voluntad propia; dejemos, pues, dice San Bernardo, de hacer nuestra propia voluntad; sigamos la voluntad de Dios, y para nosotros no habrá infierno."

Fuente: Audio: Fourth Sunday After Easter: On obedience to your Confessor" Saint Alphonsus de Liguori http://traditionalcatholicsermons.org/

La Confesión Pascual (Sermones del Santo Cura de Ars)


"La Confesión Pascual" Sermón para el primer domingo después de Pascua por el Santo Cura de Ars.

"Déjenme decirles lo que es necesario para una buena confesión, y se convencerán de que una confesión una vez al año no puede ser satisfactoria. Para obtener el perdón, su confesión debe ser sincera y humilde, acompañada de un verdadero dolor por la ofensa hecha a Dios y el firme propósito de no pecar más en el futuro."

Fuente: "The Sunday Sermons of the Cure of Ars" Low Sunday – Easter Confession Sermón leído por AM Holy Family Publications https://jmjsite.com/

Del Examen de Conciencia



"I. Nada hay tan útil como hacer todas las noches examen de conciencia; es el medio más eficaz y fácil para adquirir el perfecto conocimiento de sí mismo tan necesario como singular. Deberíamos continuamente entrar en nosotros para conocer nuestras miserias y aplicar los remedios; pero ya que no podamos continuamente, hagámoslo todas las noches antes de acostarnos. Nada hay mas propio para tenernos en espíritu de humildad, como pasar todos los días una revista a nuestras miserias; solo se origina y conserva nuestra vanidad de que las olvidamos. Pero este examen es aun más necesario para deshacernos de nuestras malas habitudes; porque como las contraemos con la repetición de las acciones pecaminosas, no podemos destruirlas, sino con los actos contrarios que debemos producir en el examen; esta es la razón, porque aun los gentiles conocieron su necesidad con sola la luz de la naturaleza: Examínate (dice un sabio) a ti mismo, repréndete o condénate: solo eres malo, porque no te conoces: y no te conoces, porque no te examinas.

La Indispensable Necesidad de hacer Penitencia



"Considera la energía, la precisión y la universalidad de este oráculo: Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis (Lc 13,5). Necesidad, por decirlo así, tan indispensable como la de la fe, la del bautismo y la de la gracia final para salvarse. Hablase respecto de los adultos. No hay edad, no hay condición, no hay estado que se exima de ella. La proposición es general, y también lo es la necesidad. O eres pecador, o eres inocente. Si pecador, ¿cómo te atreverás a prometerte el perdón sin la penitencia? Si inocente, y aún no has pecado, puedes pecar; y esto basta para que la penitencia te sea indispensable. (...)

¡O mi Dios, y cuántos enemigos tenemos siempre alerta y emboscando siempre! En la vida todo es peligros, todo lazos, escollos todo. Dentro de nosotros mismos llevamos el enemigo de nuestra salvación, siempre de inteligencia con los sentidos, siempre dócil a la impresión de los objetos exteriores, siempre de acuerdo con el amor propio. En la misma sangre contraemos la inclinación a lo malo. Todo es tentación, y la vida del hombre es una continua guerra que solo se acaba con la muerte. El que no quiere ser vencido, no puede dejar las armas de la mano; y si no se vela sin cesar contra un enemigo que jamás se duerme, es preciso que nos sorprenda. El aire que respiramos es contagioso; son pocos los objetos que no despidan de sí algunos hálitos malignos; no puede estar seguro el que se expone a ellos sin preservativos y sin precauciones. Esos preservativos, sin los cuales corre peligro la vida; esas armas, sin cuya defensa seguramente nos herirá el enemigo; esa vigilancia, esos esfuerzos, esa violencia, de que ninguno debe considerarse dispensado, es la penitencia; es preciso velar y orar sin cesar; es preciso mortificar el cuerpo del pecado, reprimir los sentidos, domar las pasiones, todas a cual más rebeldes. ¿Qué te parece? ¿Conservase por largo tiempo la inocencia sin el auxilio de la penitencia? Y si se ha pecado, ¿se podrá excusar este socorro? El incomprensible rigor de las penas del infierno y su eterna duración aun no son suplicio excesivo para castigar un solo pecado mortal; y una alma manchada con millares de millares de gravísimas y de feísimas culpas, ¿presumirá conseguir el perdón sin hacer penitencia? ¡Qué locura! Cuéntase con los méritos de nuestro Señor Jesucristo: es así porque sin estos méritos, qué podíamos nosotros esperar; pero ese mismo Salvador, ese Padre de las misericordias nos declara expresamente, que con toda su misericordia si no hacemos penitencia, todos pereceremos infaliblemente. ¿Has comprendido bien la fuerza y el sentido de este oráculo?

Considera que la condición habla con todos los estados. Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis. La generalidad es sin excepción. Grandes del mundo, criados en el seno de la delicadeza y del esplendor, ante quienes todos se doblan, todos se arrodillan, todos se postran, y que ignoráis hasta las voces de mortificación; si no hiciereis penitencia, todos pereceréis.

Poderosos del siglo, vosotros que vivís en medio de la abundancia, rodeados de la magnificencia, anegados en gustos, nadando en diversiones; vosotros, a quienes todos lisonjean, todos aplauden, todo se muestra risueño, pasando los días en la ociosidad, en la alegría y en el regalo; si no hiciereis penitencia, todos pereceréis; todos, sin que se tenga respeto ni a la grandeza de vuestro nombre, ni al esplendor de vuestro nacimiento, ni a la delicadeza de vuestra complexión.

Damas del mundo, a quienes estremece, a quienes pone horror el nombre solo de penitencia, vosotras, que consumís todos los días de la vida en eternas inutilidades, en juegos, en cortejos, en pasatiempos, en espectáculos; vosotras, que a costa de infinitos afanes cultiváis la hermosura, la brillantez, la frescura y la viveza del color; vosotras, que promovéis la sensualidad hasta lo más refinado de la delicadeza; si no hiciereis penitencia, todas pereceréis, todas sin excepción.

Hombres de negocios, comerciantes, pobres oficiales, a quien ocupa toda la vida la codicia, el amor al interés y el ansia de hacer fortuna; si no hiciereis penitencia, todos pereceréis; hasta los más infelices mendigos, hasta los que viven como abismados en lo profundo de la miseria, si se han de salvar, han de hacer penitencia.

Argúyase, sutilícese, interprétese cuanto se quisiere; es un oráculo que no se puede eludir, es un decreto claro y preciso, que de todos se deja entender. Vosotros, seáis lo que quisiereis, si no hiciereis penitencia, y una penitencia proporcionada a vuestras culpas, a vuestras necesidades, y una penitencia sincera y constante, todos pereceréis. Por más que te quieras atolondrar, por más que te quieras aturdir, por más que te quieras revolver contra este moral, no hay cosa más cierta ni más infalible que este oráculo. Los cielos y la tierra pasarán; pero las palabras de Jesucristo se mantendrán inmutables.

(...)

Espanta el nombre solo de penitencia. Ayunos, abstinencias, cilicios, sacos, disciplinas, maceración de la carne, industrias ingeniosas de mortificación, todo asusta, todo sobresalta nuestra delicadeza. ¿Pero nos dispensará ésta en la obligación de hacer penitencia? ¡Cosa extraña! Se peca, se vive divertidamente, delicadamente, regaladamente, y se muere sin haber hecho ninguna penitencia. ¿Pues cuál ha de ser nuestra suerte? O hemos de ser eternamente condenados, o va por tierra la palabra de Jesucristo. Considera, si puedes, nuestra impenitente vida con esta infalible predicción: Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis. No te engañes miserablemente; de cualquiera edad, de cualquiera estado, de cualquiera condición que seas, ten por cierto que infaliblemente te condenarás, si no hicieres penitencia; y comiénzala a hacer sin dilatar un solo día, si no quieres ser condenado. Da principio por un vivo y sincero dolor de tus culpas, que es la penitencia del corazón; pero no basta eso por lo común; esa contrición, ese dolor, ese arrepentimiento y esa penitencia de corazón acompáñala con la mortificación del cuerpo, de los sentidos y de la delicadeza.

Las penitencias, por decirlo así, de obligación, han de preceder a todas las demás; ayunos de la Iglesia, que son penitencias de precepto, cuaresmas, cuatro témporas y días de abstinencia, en esto nunca te has de dispensar. ¿Pero te incomodan un poco estos preceptos? mejor; eso es lo que pretende la Iglesia; por eso se imponen los ayunos y las abstinencias para incomodar la sensualidad y el amor propio; no pretende la Iglesia matarte, sino mortificarte. Si no sintieras algún trabajo, no sería penitencia. ¿Pero serán legítimas todas esas dispensaciones? ¿Muchas de ellas no serán subrepticias? (...)

No te contentes con las penitencias de obligación, añade a ellas algunas voluntarias. Buena penitencia es sufrir sin hablar palabra, llevar con paciencia el mal humor de aquellos con quien vives y con quien tratas, sus contradicciones, sus injurias y sus desprecios. Los instrumentos de mortificación para macerar la carne no se hicieron solamente para los claustros religiosos, también son muy convenientes a los seglares; razón es que donde hay más pecados haya también mas penitencia. Si lo consultas con tu amor propio, no habrá penitencia que no te haga daño; consulta el punto con tus enormes culpas, y hallarás que por más penitencias que hagas, por austera y por mortificada que sea tu vida, siempre quedarás deudor a la divina Justicia. La penitencia debe ser una virtud ordinaria a todos los cristianos; no se pase día sin que hagas alguna; mortifica tus sentidos, tus ojos, tu lengua, tu apetito, tu gusto y tus pasiones; haz algún sacrificio cada día, acordándote siempre que irremisiblemente perecerás si no hicieres penitencia. El reino de los cielos padece fuerza, y solamente le arrebatan los que se hacen violencia".

Fuente: "Año cristiano o ejercicios devotos para todos los días del año" por el P. Juan Croisset, Día 6, Tomo: Julio, 1804. - [Negrillas son nuestras.] / Imagen: "El retorno del hijo pródigo" por Bartolomé Esteban Murillo / Licencia: CC0 Public Domain

Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos



San Pedro Crisólogo, quien fue Obispo de Ravenna (Italia), reconocido como Padre y Doctor de la Iglesia, en unos de sus sermones nos recuerda el anuncio de la proximidad del Reino de los Cielos, la necesidad de la conversión y de hacer penitencia: Nos dice al respecto lo siguiente: "¡Convertíos! Sí, que se convierta, conviértase el que prefirió lo humano a lo divino, el que optó por servir al mundo más bien que dominar el mundo junto con el Señor del mundo. Conviértase, el que huyendo de la libertad a que da paso la virtud, eligió la esclavitud que consigo trae el vicio. Conviértase, y conviértase de veras, quien, por no retener la vida, se entregó en manos de la muerte.

Está cerca el Reino de los Cielos. El Reino de los Cielos es el premio de los justos, el juicio de los pecadores, pena de los impíos. Dichoso; por tanto, San Juan Bautista, que quiso prevenir el juicio mediante la conversión; que deseó que los pecadores tuvieran premio y no juicio; que anheló que los impíos entraran en el reino, evitando el castigo. San Juan Bautista proclamó ya cercano el Reino de los Cielos en el momento preciso en que el mundo, todavía niño, caminaba a la conquista de la madurez. Al presente conocemos lo próximo que está ya este Reino de los Cielos al observar cómo al mundo, aquejado por una senectud (vejez) extrema, comienzan a faltarle las fuerzas, los miembros se anquilosan, se embotan los sentidos, aumentan los achaques, rechaza los cuidados, muere a la vida, vive para las enfermedades, se hace lenguas de su debilidad, asegura la proximidad del fin.

Y nosotros, más duros que los mismos judíos, que vamos en pos de un mundo que se nos escapa, que no pensamos jamás en los tiempos que se avecinan y nos emborrachamos de los presentes, que tememos, colocados ya frente al juicio, que no salimos al encuentro del Señor que rápidamente se aproxima, que apostamos por la muerte y no suspiramos por la resurrección de entre los muertos, que preferimos servir a reinar, con tal de diferir el magnífico reinado de nuestro Señor, nosotros, digo, ¿cómo damos cumplimiento a aquello: Cuando oréis, decid: «Venga tu Reino»?

Necesitados andamos nosotros de una conversión más profunda, adaptando la medicación a la gravedad de la herida. Convirtámonos, hermanos, y convirtámonos pronto, porque se acaba la moratoria concedida, está a punto de sonar para nosotros la hora final, la presencia del juicio nos está cerrando la oportunidad de una satisfacción. Sea solícita nuestra penitencia, para que no le preceda la sentencia: pues si el Señor no viene aún, si espera todavía, si da largas al juicio, es porque desea que volvamos a él y no perezcamos nosotros a quienes, en su bondad, nos repite una y otra vez: No quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva.

Cambiemos, pues, de conducta, hermanos, mediante la penitencia; no nos intimide la brevedad del tiempo, pues el autor del tiempo desconoce las limitaciones temporales. Lo demuestra el ladrón del evangelio, quien, pendiente de la cruz y en la hora de la muerte, robó el perdón, se apoderó de la vida, forzó el paraíso, penetró en el Reino.

En cuanto a nosotros, hermanos, que no hemos sabido voluntariamente merecerlo, hagamos al menos de la necesidad virtud; para no ser juzgados, erijámonos en nuestros propios jueces; concedámonos la penitencia, para conseguir anular la sentencia"

Fuente: San Pedro Crisólogo, Sermón 167 - [Negrillas son nuestras.] / Licencia Imagen: "The Last Judgment" by Stefan Lochner - [Public domain]