Sermón del P. Francis Hunolt, para el cuarto Domingo de Cuaresma.
“Y le seguÃa un gran gentÃo.” (Jn. 6:2)
Introducción
Esta buena gente que seguÃa al Señor, aunque estaba hambrienta y no tenÃa nada que comer, seguÃa llena de ánimo y consuelo, en parte porque tenÃa con ellos al Hijo de Dios, cuya compañÃa puede endulzar fácilmente toda amargura; en parte porque habÃa una gran multitud reunida que estaba en la misma necesidad. Porque es un viejo dicho, que la experiencia demuestra que es cierto: "Es consolador tener un compañero en el sufrimiento". Y es a este hecho al que generalmente apelan los malvados cuando se ven amenazados por el infierno, cuyos intolerables dolores hemos estado considerando hasta ahora. Dicen, como me dijo una vez un pobre pecador antes de su conversión: “Oh aunque esté perdido y tenga que ir al infierno, no seré el único; tendré muchos compañeros, y entre ellos los más grandes y nobles. Debe ser una compañÃa agradable después de todo”. ¡Ah, qué imprudencia! ¡Que Dios nos mantenga a ustedes y a mÃ, mis queridos hermanos, fuera de esa compañÃa! Si no hubiera en el infierno ese fuego terrible que tortura el alma y el cuerpo, si no hubiera un gusano de conciencia que afligiera a los condenados con el recuerdo de la felicidad que han perdido, si no hubiera oscuridad, ni aullidos y maldiciones, ni hedor, ni hambre y sed, si no hubiera ningún otro dolor en el infierno, la sola compañÃa que los condenados encuentran allà serÃa, a mi juicio, un infierno en sà mismo, como ahora procedo a mostrar.