La Fe Cristiana: Conversión
Mostrando entradas con la etiqueta Conversión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Conversión. Mostrar todas las entradas

La tierna compasión que Jesucristo tiene hacia los pecadores


Sermón para el cuarto domingo de Cuaresma por San Alfonso Maria de Ligorio.

"Contempla cómo, en otro lugar, el Redentor nos anima a arrojarnos a sus pies con una esperanza segura de consuelo y perdón. "Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré" (Mt. 11:28). Venid a mí, todos los pobres pecadores, que trabajáis por vuestra propia condenación, y giméis bajo el peso de vuestros crímenes; venid, y os libraré de todas vuestras penas."

Fuente:
Fourth Sunday of Lent - The tender compassion which Jesus Christ entertains towards sinners.
Saint Alphonsus de Liguori
http://traditionalcatholicsermons.org/

La necesidad del ayuno como penitencia (Sermón del P. Francis Hunolt)


Sermón para el segundo domingo Cuaresma por el P. Francis Hunolt, SJ.

"¿Dónde, entonces, pregunto de nuevo, está vuestra penitencia? ¿Dónde está la expiación a Dios por las injurias que le has hecho? ¿Dónde está el castigo por tus repetidas rebeliones contra él? ¡Cristianos autocomplacientes y mimados! ¿No tendréis miedo de comparecer ante vuestro Juez crucificado, que enseñó a los hombres con la palabra y el ejemplo, que solo la violencia puede arrebatar el reino de los cielos? ¿Acaso queréis dejar el castigo de vuestros pecados para la otra vida? ¡Ah, pobre de ti, si es así, porque allí te esperan instrumentos de penitencia mucho más terribles y un ayuno más riguroso!"

Fuente:
Short Sermons of Father Francis Hunolt
Second Sunday of Lent
"The Necessity of Fasting, as a Penance"
Sermón leído por AM
Holy Family Publications
jmjsite.com

Debemos evitar las malas compañías (Sermón de San Alfonso María de Ligorio)


"Debemos evitar las malas compañías", sermón para el décimo tercer domingo después de Pentecostés por San Alfonso Maria de Ligorio.

"Huye entonces de la conversación de estos malvados amigos. "Cierra tus oídos con espinas, no escuches una lengua malvada." (Eclo. 28:28.) Cuidado con escuchar el lenguaje de tales amigos; sus palabras pueden llevarte a la perdición. Y cuando los oigas hablar impropiamente, ármate de espinas y repréndelos, no solo para reprenderlos, sino también para convertirlos."

Fuente:
Audio: Thirteenth Sunday after Pentecost: On Avoiding Bad Company
Saint Alphonsus de Liguori
http://traditionalcatholicsermons.org/

El Pequeño Número de los que se Salvan por San Leonardo de Porto Maurizio


Sermón: "El Corto Número de los que se Salvan" por San Leonardo de Porto Maurizio.

"Y si bien es cierto que pocos se salvan, es porque hay pocos que viven bien."
00:17 Introducción
02:48 La enseñanza de los Padres de la Iglesia
05:12 Las palabras de la Sagrada Escritura
07:53 La salvación en los diferentes Estados de Vida
24:45 La Bondad de Dios
26:56 Dios quiere que todos los hombres se salven
37:22 Conclusión

Fuente: "The Little Number Of Those Who Are Saved"
St. Leonard of Port Maurice
http://traditionalcatholicsermons.org/

La Contrición Perfecta: La llave de oro al Paraíso


Especialmente para nuestros tiempos, cuando necesitas ir a confesarte pero no puedes. No olvides: "La Contrición Perfecta: La llave de oro al Paraíso"

00:00
00:25 Prefacio
03:05 Introducción
04:36 ¿Qué es la contrición perfecta?
06:29 ¿Qué será, pues, la contrición perfecta?
15:18 ¿Cómo se obtiene la contrición perfecta?
20:17 ¿Es difícil realizar un acto de contrición perfecta?
23:20 ¿Qué efectos produce la contrición perfecta?
29:57 ¿Por qué la contrición perfecta es tan importante y a veces incluso necesaria?
40:13 ¿Cuándo debe realizarse el acto de contrición perfecta?

Fuente: "Perfect Contrition: Golden Key to Paradise" Holy Family Publications https://jmjsite.com/

La Confesión Pascual (Sermones del Santo Cura de Ars)


"La Confesión Pascual" Sermón para el primer domingo después de Pascua por el Santo Cura de Ars.

"Déjenme decirles lo que es necesario para una buena confesión, y se convencerán de que una confesión una vez al año no puede ser satisfactoria. Para obtener el perdón, su confesión debe ser sincera y humilde, acompañada de un verdadero dolor por la ofensa hecha a Dios y el firme propósito de no pecar más en el futuro."

Fuente: "The Sunday Sermons of the Cure of Ars" Low Sunday – Easter Confession Sermón leído por AM Holy Family Publications https://jmjsite.com/

Que no se debe dilatar ni un solo día la conversión



"Punto Primero. — Considera que por arreglado que uno sea en su conducta siempre tiene que reformar; faltánle muchas virtudes que adquirir; réstale mucha penitencia que hacer. No hay persona que no tenga necesidad de convertirse; tampoco la hay que durante el tiempo de su vida no tenga alguna vez el pensamiento de convertirse a Dios con toda el alma; y menos que no quiera morir después de perfectamente convertida. De aquí nacen aquellas proyectos de conversión para en adelante, aquel plan de vida cristiana que se suele formar en medio de los mayores desórdenes. Espero, dice un hombre del mundo cuya conciencia está poco tranquila, espero que Dios me hará la merced de que acabe los días de esta miserable vida en una soledad, en un convento, donde no piense en otra cosa que en mi salvación. Yo, dice otro curial, deseo ansiosamente que se acabe este pleito, poner en orden mis dependencias, y retirarme de este tropel de negocios y de ocupaciones, que no me dejan lugar para dedicarme ni un solo instante al importante negocio de la salvación. Solo deseo dar estado a mis hijos, qué se acabe el tiempo de este empleo, de este negro cargo para irme a enterrar vivo en un desierto, y pensar únicamente en disponerme para morir. Estos son los trampantojos con que se procuran acallar aquellos crueles remordimientos, aquellos saludables sobresaltos que excita Dios en el alma de los mayores pecadores. No hay cosa que más sosiegue ni que mas falsamente tranquilice una conciencia justamente sobresaltada, que estos proyectos de conversión a cual mas frívolos y más vanos.

De la misericordia de Dios con los pecadores



"Gaudium erit in caelo super uno peccatore poenitentiam agente, ...
«Habrá más gozo en el Cielo por un pecador que hace penitencia. ...
(Luc; XV,7).».

Se cuenta en el Evangelio de hoy, que los Fariseos murmuraban de Jesucristo, porque acogía a los pecadores y comía con ellos: Hic peccatores recipit, et manducat cum illis. ( Luc. 15, 2) Oyendo esto el Señor, les dijo: Decidme, si uno de vosotros tuviese cien ovejas, y perdiese una de ellas, ¿no abandonará las noventa y nueve en el desierto, e irá a buscar la que ha perdido? Y no dejará de buscarla hasta que la encuentre; y después que la haya encontrado, la cargará sobre sus espaldas, y alegre convocará a sus amigos y vecinos, y les dirá: Dadme el parabien, porque he hallado la oveja que había perdido: Congratulamini mihi, quia inveni ovem meam quae perierat. Y luego concluye con estas palabras: Dico vobis, quod ita gaudium erit in caelo super uno peccatore poenitentiam agente, quam super nonagintanovem justis, qui non egent poenitentia: Os digo, que igual alegría habrá en el cielo por un pecador que haga penitencia , que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de hacer penitencia. Hablemos pues hoy de la misericordia que usa Dios con los pecadores:

Punto I. Llamándolos a penitencia.
Punto II. Esperando a que se conviertan.
Punto III. Perdonándolos cuando se arrepienten.

PUNTO I.
Misericordia de Dios en llamar a los pecadores a penitencia.

1. ¡Que maravillados quedarían los Ángeles, cuando pecó Adán , comiendo el fruto prohibido; y avergonzándose después del pecado cometido iba huyendo de la presencia de Dios; de ver al Señor que había perdido a Adán, buscarle; y como el que va rogando, seguirle de cerca y llamarle! Adán , donde estás? le dice: Adam, ubi es? (Gen. 3. 10.) ¿Hijo mio, donde estás? le repite. El P. Pereyra comenta estas palabras, y escribe sobre ellas: Tales expresiones son propias de un padre que busca a su hijo perdido. Hermanos míos, lo mismo ha hecho Dios con vosotros tantas veces como habéis huido de él, ofendiéndole, y Dios os ha llamado a penitencia por medio de inspiraciones, confesores y predicadores; como padre y pastor amoroso que llama sin cesar al hijo descarriado y a la oveja perdida. ¿Quién era aquel que os ha llamado tantas veces al redil de Jesucristo, que habíais abandonado por seguir la senda del vicio, que conduce al precipicio del infierno? Era el mismo Dios, cuyos embajadores son los predicadores y las divinas inspiraciones, como dice S. Pablo: Pro Christo ergo legatione fungimur, tamquam Deo exhorante per nos. (2. Cor. 5, 20. ) Por esto dice el mismo Apóstol a los pecadores de Corinto: Obsecramus pro Chrislo, reconciliamini Deo: En nombre de Cristo os suplicamos que os reconcilieis con Dios. S. Juan Crisóstomo comenta estas palabras , diciendo: Ipse Christus vos obsecrat: quid aute obsecrat? Reconciliamini Deo: El mismo Cristo os ruega: y ¿qué es lo que os ruega? Que os reconciliéis con Dios. ¿Y como os reconciliareis con Dios? Abandonando el pecado y haciendo la paz con él: Reconciliamini Deo. Y después añade: Non enim ipse inimicus gerit, sed vos: El enemigo no es Dios , sino vosotros. Y en efecto, siempre es el pecador el que comienza las hostilidades contra Dios: siempre es Dios el que llama a la capitulación y a la paz al pecador. Cuando el ofensor está duro y renitente, el ofendido que es Dios se ablanda y humilla , para que el hombre vuelva a la amistad de su Dios, la criatura a la gracia del Criador.

2. Y a pesar de esto no cesa el Señor de llamarle con tantas voces e inspiraciones internas, remordimientos de conciencia y terrores y amenazas de castigos. Así ha obrado Dios con vosotros, oyentes míos; y viendo que hacíais el sordo, se ha valido de los castigos, os ha llamado con aquellas persecuciones, con aquellas pérdidas de riquezas, con aquellas muertes de parientes, con aquella enfermedad mortal: os ha mostrado el decreto de vuestra eterna condenación: no porque quiera condenaros, sino porque quiere libraros del infierno que teníais merecido, según aquellas palabras de David: Dedisti me tuentibus te significationem, ut fugiant a facie arcus, ut liberentur dilectitui: Amenazaste a los que te temían , para que evitasen el castigo, y se librasen de él aquellos a quienes tú amabas. (Psal. 59 , 6.) Vosotros llamabais desgracias aquellos trabajos, pero no eran sino misericordias que el Señor usaba con vosotros; eran voces de Dios para que dejaseis el pecado y no corrierais a la perdición: Raucae facae sunt fauces meae. (Psal. 68, 4.) Hijos, os dice Dios, mi voz se enronqueció llamándoos, y vosotros no me visteis: Laboravi rogans. (Jer. 15,6.)

3. Merecíais por vuestra ingratitud que yo no os llamase más, pero seguí llamándoos. ¡O Dios mio! ¿quién era aquel que os llamaba? Era un Dios de infinita majestad, que os ha de juzgar un día, y de quien depende vuestra suerte o vuestra ruina eterna. Y vosotros ¿ quienes sois? Unos gusanos miserables que merecéis el infierno. Y ¿por qué os llamaba Dios? Para haceros recobrar la vida de la gracia que habíais perdido. Volved al buen camino y vivid, os repetía a menudo: Revertimini et vivite. ( Ezech. 18. 32.) Para asegurar la eterna vida, seria pequeño sacrificio vivir cien años ayunando y haciendo penitencia en un desierto; pero Dios os la ofrecía por un solo acto de dolor, y vosotros la rehusabais; y sin embargo él no os abandonó, y siguió diciéndoos: Quare moriemini domus Israel? Como un padre que va llorando tras un hijo que va a lanzarse voluntariamente al mar; así Dios ha ido tras de ti, diciéndote: Hijo mio, ¿por qué quieres condenarte?

4. Así como una paloma que quiere entrar en un palomar, y viendo cerrada la entrada por todas partes, va volando al derredor, y no deja de dar vueltas hasta que encuentra por donde entrar; así dice S. Agustín que hacia con él la misericordia divina, cuando él vivía en desgracia de Dios: Circuibat super me fidelis a longe misericordia tua. Lo mismo ha hecho el Señor contigo, o pecador. Siempre que pecabas, desterrabas a Dios de tu alma, como dice Job por estas palabras: Impii dicebant Deo: Recede a nobis: Los impíos decían a Dios: Apártate de nosotros. (Job 21 , 14.) Y Dios en lugar de abandonarte se colocaba a la puerta de tu ingrato corazón, y llamando, te hacia conocer que él estaba por la parte de afuera, diciendo que quería entrar en tu corazón : Ecce sto ad ostium, et pulso. (Apoc. 3. 20.) Él te suplicaba que le dieses entrada en él, apiadado de sus ansias, segín aquellas palabras de los Cantares (5, 2.): Aperi mihi, soror mea: Ábreme, te decía, porque quiero librarte de tu ruina : quiero olvidarme de todos los disgustos que me has dado si abandonas la senda de tu perdición. Quizá tú no quieres abrirme ahora por no quedarte pobre, restituyendo los bienes robados, o dejando el trato de aquella persona que te provee de todo. ¿No puedo yo proveerte también? dice Dios. Quizá piensas llevar una vida amarga, dejando aquella amistad que te tiene separado de mí. Pero ¿no puedo yo contentarte y hacerte pasar una vida feliz? Pregúntalo a aquellos que me aman de corazón, y verás como están contentos con mi gracia, y no trocarían su estado, aunque humilde y pobre, por todas las delicias y riquezas de los monarcas de la tierra.

PUNTO II.
Misericordia de Dios en esperar a que se conviertan los pecadores.

5. Hemos considerado la misericordia de Dios mientras llama a penitencia a los pecadores: consideremos ahora su paciencia mientras espera a que se conviertan. Decía aquella gran sierva de Dios, Doña Sancha Carrilo, hija de confesión del P. Juan de Ávila, que deseaba edificar una iglesia que se intitulase: La paciencia de Dios, considerando la gran paciencia que tiene Dios con los pecadores. Y en efecto , oyentes míos, ¿quién podía sufrirnos tanto como nos ha sufrido Dios? Si las ofensas que hemos hecho a Dios, las hubiésemos hecho a un hombre, aunque fuese el mejor amigo que tenemos, o nuestro mismo padre, quizás se hubiese vengado de nosotros. La primera vez que le ofendimos, pudo castigarnos; le volvimos a ofender, y Dios en vez de castigarnos, nos hacia bien, nos conservaba la vida, nos proveía de todo; fingía que no veía las ofensas que le hacíamos, para dar lugar a que nos enmendásemos y dejásemos de ofenderle: Dissimulat peccata hominum propter paenitentiam. (Sap. I1 , 24.) Pero, ¿en qué consiste, Señor, que vos que no podéis sufrir un solo pecado, sufrís tantos y calláis? Respicere ad iniquitatem non poteris. Quare respicis super iniqua agentes el tacee? (Habac. i , 13.) Vos veis aquel hombre vengativo que estima más su propio honor que el vuestro: aquel hombre codicioso que en lugar de restituir lo que ha robado sigue ejerciendo sus rapiñas: aquel deshonesto que en lugar de avergonzarse de la fealdad de sus vicios, se vanagloria de ellos: aquel escandaloso que no contento con las ofensas que os hace él mismo, procura inducir u los demás a que os ofendan. Si los veis, ¿como calláis y no los castigáis inmediatamente?

6. Dice Sto. Tomás que todas las criaturas, la tierra, el fuego, el aire y el agua quisieran por instinto natural castigar al pecador y vengar las injurias que está haciendo a su Criador: Omnis creatura tibí factori deserviens excandescit adeversus injustos. Pero que Dios por su bondad se opone a ello y espera aun a los malvados para que se conviertan, y ellos abusan de su indulgencia para ofenderle más. El profeta Isaías exclama: Indulsisli genti, Domine, indulsisti genti, numquid glorificatos es? (Isa. 26, 15.) Vos, o Señor, los habéis esperado largo tiempo, habéis suspendido la venganza; pero, ¿qué ventajas habéis sacado de esto, si ellos han obrado peor que antes? ¿Por qué habéis de tener tanta paciencia con estos ingratos? ¿ Por qué habéis de seguir esperándolos y no los castigáis? A esto responde el mismo profeta Isaías (3 , 18.), diciendo: Propterea expectat Dominus, ut misereatur vestri. Dios espera al pecador para que se enmiende por fin y pueda de este modo perdonarle y conducirle a la salvación. Yo no quiero que el pecador se condene, dice el Señor, sino que se convierta y se salve: Nolo mortem impii, sed ut convertatur impius a via sua et vivat. (Ezech. 32 , 11.) S. Agustín añade, que si Dios no fuese Dios , seria injusto, por tener tanta paciencia con los pecadores. Pecamos nosotros, sigue diciendo el Santo, estamos adheridos al pecado meses y años, nos vanagloriamos del pecado, y tú nos sufres, o Señor! Te provocamos a la ira, y tú nos convidas con tu misericordia ! Nos peccamus, inhaeremus peccato. Gaudemus de peccato , et tu placatus es! Te nos provocamus ad iram, tu nos ad misericordiam! Parece que hay una contienda entre Dios y nosotros: nosotros nos empeñamos en irritarle para que nos castigue, y él se empeña en invitarnos con el perdón.

7. Señor, dice el santo Job, ¿qué cosa es el hombre a quien tanto engrandeces y amas? Quid est homo, quia magnificas eum, aut quid apponis erga eum cor tuum? (Job 7 , 17.) S. Dionisio Areopagita dice que Dios va tras los pecadores como un amante despreciado, pidiéndoles que no se pierdan, y diciéndoles sin cesar: Ingratos, ¿porqué me abandonáis? Yo os amo, y no deseo otra cosa que vuestro bien. Advertid, o pecadores, dice Sta. Teresa, que aquel que os llama y os viene siguiendo, es aquel Señor que os ha de juzgar un día; sabed que si os condenáis, serán para vosotros las penas mayores que sufriréis en el infierno, las muchas misericordias que usa ahora con vosotros.

PUNTO III.
Misericordia de Dios en perdonar a los pecadores que se arrepienten.

8. Cuando un vasallo se rebela contra un principe de la tierra y va despues a pedirle perdon; el príncipe le arroja de su presencia , sin dignarse mirarle. Pero Dios no se porta así con nosotros, cuando humildemente le pedimos perdon: Non avertet faciemsuam a vobis, si reversi fueritis ad eum. (2. Paral. 30, 9.) Dios no sabe volver el semblante por no mirar al pecador cuando vuelve a él arrepentido. Jesús mismo nos protestó, que jamás dejará de admitir a ninguno que se postre arrepentido a sus pies: Eum qui venit ad me, non ejiciam foras. (Joan. 6, 37.) Pero, ¿como ha de poder rechazarle, cuando él mismo le convida a que vuelva a su redil, y promete abrazarle? Revertere ad me, dicit Dominus, et suscipiam te. (Jer. 3,1.) En otro lugar dice: Yo he debido volveros la espalda , o pecadores, porque vosotros me la volvisteis primero a mí; pero volveos de nuevo a mí, y yo me volveré a vosotros: Convertimini ad me, ait Dominus exercituum, et convertar ad vos, ait Dominus. (Zach. 1,3.)

9. ¡O con que ternura abraza Dios al pecador que se convierte! Esto cabalmente quiso manifestarnos Jesucristo, cuando dijo, como hemos referido arriba: que él es el buen pastor, que cuando encuentra a la oveja perdida, la abraza amoroso y la carga sobre sus espaldas: Et cum invenerit eam, imponit in humeros suos. (Luc. 15, 5.) Lo mismo nos manifestó en la parábola del hijo pródigo, haciéndonos saber que él es aquel padre que sale al encuentro al hijo perdido cuando vuelve a casa, le abraza, le besa, y se embriaga de alegría al recibirle: Aceurrens cecidit super collum ejus, et osculatus est eum. {Luc. 15, 20.)

10. Dios nos asegura también que cuando el pecador se arrepiente, el Señor quiere olvidarse de los pecados que ha cometido, como si no le hubiese ofendido con ellos. Más si el impío, dice, hiciere penitencia, vivirá y me olvidaré de todas las iniquidades que ha cometido: Si autem impius egerit paenitentiam vivet, omnium iniquitatum ejus quas operatus est, non recordabor. (Ezech. 18, 21 et 22.) Y él mismo nos añade por el profeta Isaías (1, 18.): Venite, et arguite me, dicit Dominus , si fuerint peccata vestra , ut coccinum , quasi nix dealbabuntur: Aunque vuestra conciencia estuviere enteramente manchada por el pecado , quedará blanca como la nieve. Pero sobre todo, debemos notar estas palabras que dice en el mismo lugar: Venite, et arguite me, que quieren decir: Venid a mí, pecadores, y si yo no os perdono y no os alargo los brazos, echadme en cara que be fallado a mis promesas. Mas no temáis que falte a ellas, porque Dios no sabe despreciar a un corazón contrito y humillado: Cor contritum et humiliatum, Deus, non despides. (Psal. 50 , 19.)

11. El Señor cifra su gloria en ser misericordioso con los pecadores, como dice Isaías: Exaltabitur parcens vobis. (Isa. 30, 18.) Y la Iglesia añade que Dios manifiesta su omnipotencia perdonando, y apiadándose de quien le ofende: Deus, qui omnipotentiam tuam parcendo maxime et miserando manifestas. No penséis, oyentes míos, que Dios quiere haceros esperar largo tiempo el perdón ; porque os le concederá tan presto como le pidáis, como se lee en la Escritura por estas palabras: Plorans nequaquam plorabis, miserans miserebitur tui. (Isa. 30, 19.) No tenéis mucho que llorar, porque al instante que lloréis vuestras culpas, se apiadará Dios de vosotros: Ad vocem clamoris tui, statim ut audierit, respondebit tibi. (Ibid.) Dios no hace con nosotros lo que nosotros hacemos con él. Nos llama y hacemos el sordo; pero Dios al instante que nos oye decir: perdonadme, Dios mio, nos responde compadecido: yo te perdono. Ea pues pecador, ¿por qué tardas a pedir perdón a ese Señor omnipotente y compasivo a quien tienes ofendido? ¿Porqué no vuelves a la casa de ese padre amoroso que abandonaste como el hijo pródigo, y te espera con los brazos abiertos para abrazarte, y olvidar las injurias y ofensas que le has hecho?"

Fuente: "Sermones abreviados para todas las dominicas del año", San Alfonso María de Ligorio, 1847 - [Negrillas son nuestras.]

De la Importancia de la Salvación



"Punto Primero.- Considera si tienes algún negocio que te importe más, si le tienes de mayor consecuencia, ni es posible que tengas otro en que intereses tanto como en el negocio de tu salvación.

No se trata ahora de perder o de ganar un pleito en que se atraviesa toda tu fortuna temporal; tampoco se trata de ser feliz o desgraciado por toda la vida: un negocio como ese seria muy importante a la verdad; pero al fin no seria de infinita consecuencia. Ser siempre desgraciado, padecer hasta la muerte, seria grande desdicha; pero al cabo no seria sin recurso. Trátase ahora de una felicidad o de una infelicidad eterna; trátase de poseer a Dios eternamente en la mansión de los bienaventurados, o de ser precipitado en los infiernos, y condenado sin esperanza de remedio a las llamas sempiternas. De esto se trata cuando se habla del negocio de la salvación. Pregunto ahora: ¿Es de alguna consecuencia, merécenos algún cuidado, alguna atención este importante negocio?

¡ Ah! que al fin se acaba la vida. Y ¿de qué sirve en la muerte haber sido rico, poderoso, afortunado según la idea del mundo? Llega la muerte, y con la muerte todo se nos huye, todo se nos desvanece; la vida más larga y mas dichosa se nos representa como un sueño. Llega la muerte; y en la muerte la nobleza, las dignidades, los empleos, los honores, todos se exhalan como humo; todos son títulos que desaparecen en el aire. Pero ¿qué suerte me espera? Si me salvo, esto solo me compensa bien la pérdida de todo lo demás; pero si me condeno, si el infierno va a ser mi sempiterna morada, si paso desde la cama al fuego eterno, ¿Quién me consolará en mi desdichada suerte? ¿Quién me compensará esta pérdida? ¿Y una pérdida que fue obra de mis manos, una pérdida que es sin recurso, que no admite remedio?

¡Y es posible que se piense en el negocio de la salvación a sangre fría! ¡Es posible que se nos pase día alguno sin trabajar en este negocio! ¡Es posible que acaso haremos estas reflexiones, y no por eso tendremos mas juicio!

¡Oh mi Dios, y cómo lloro mi ceguedad y mi error! Pasáronse ya la mayor parte de mis días, y acaso no he comenzado a trabajar en este negocio. ¿Qué no mereceré si dilato un solo día el dedicarme a trabajar en él?

Punto Segundo.- Considera de qué les sirve ahora a aquellos ricos que se condenaron haber gozado gruesas rentas, haber tenido grandes dictados, haber disfrutado hermosas y dilatadas posesiones. ¿Qué equivalente puede haber al perderse eternamente? Perdí el cielo, perdí a Dios; pues todo lo perdí, y lo perdí sin remedio.

¡Ah, y cuánto ganaron tantos millones de Mártires en haber perdido la vida por Jesucristo! Un suplicio de pocos minutos, y a lo más de algunos días: pero demos que fuesen los mayores tormentos, y que durasen por muchos años; ¿qué proporción tienen todos los trabajos de la vida presente con la gloria venidera? ¿Podráse nunca comprar a precio excesivo la posesión y la felicidad del mismo Dios? ¡Oh Señor, qué prudentes, qué discretos fueron aquellos Santos, aquellas almas penitentes y mortificadas que todo lo sacrificaron por salvarse! Grandes del mundo, dichosos del siglo, vuestras máximas, vuestra conducta en el negocio de la salvación, ¿os acreditan mucho de discretos y de prudentes?

(...) ¡Ah, que el perder la vida por Jesucristo es verdaderamente hallarla! y ¡Qué poco les duelen sus propios, sus verdaderos intereses a aquellas pobres personas que pasan una vida entregada a los deleites, a las diversiones, a la delicadeza y al regalo!

El rico avariento es sepultado en los infiernos, mientras Lázaro el leproso pasa del hospital a la gloria. Mas que hayas vivido pobre, desconocido, despreciado, si te salvaste, hiciste tu fortuna. La salvación vale por todo; y sin ella la más alta fortuna nada vale.

Os he costado yo mucho, divino Salvador mio, para que me dejéis perder. Confieso con el más vivo dolor que lo tengo bien merecido, y que es inevitable mi pérdida si de aquí adelante no me aplico más de lo que me he aplicado hasta aquí a trabajar en el negocio de mi salvación. Pero esto es hecho, y mi partido está tomado; desde este mismo momento será mi salvación todo el objeto de mis cuidados, de mis ansias y de mi continua aplicación. Este es mi único negocio, y de hoy más no quiero ocuparme en otro; ni hablando en rigor hay otro que merezca este nombre, ni que sea digno de todos mis desvelos."

Fuente: "Año cristiano o ejercicios devotos para todos los días del año" por el P. Jean Croisset, S.J., Día 26, Tomo: Agosto - [Negrillas son nuestras.] 

De las Cosas que Causan Congoja y Aflicción al que está cercano a la Muerte



"Las cosas que me pueden dar pena y cansar grande congoja en la hora de la muerte se pueden reducir a tres órdenes, unas pasadas, otras presentes, y otras por venir. Y para sentirlas mejor, he de hacerme presente a aquella hora, como si estuviese en la cama desahuciado de los médicos y sin esperanza de vida. Lo cual no es dificultoso de persuadir, pues es posible que cuando estoy diciendo o leyendo o pensando en esto, no me falte mas que un día de vida, y pues algún día ha de ser el último, puedo imaginar que es el día presente.

Punto Primero.- 1. Lo primero, consideraré la grande pena y aflicción que me causará la memoria de todas las cosas pasadas, discurriendo por las mas principales. Lo primero, me afligirá grandemente la memoria de los pecados pasados y de todas las libertades, carnalidades, venganzas, ambiciones y codicias que he tenido en el curso de mi vida. A mas las tibiezas en el servicio de Dios, las negligencias y omisiones, y todas las demás culpas cuando no están muy lloradas y enmendadas. Tengo de imaginar que se hace entonces de todos mis pecados un ejército, como de toros, leones, tigres y otras fieras que me despedazan el corazón (Psalm. xxi,13): o como un ejército de terribles gusanos que roen y remuerden mi conciencia, sin que las riquezas ni los deleites de que gocé, sean parte, para cerrar sus crueles bocas , porque pasado el deleite de la culpa , no queda sino el acedía de la pena; y después que bebí el vino dulce del deleite sensual, soy forzado a beber la amargura de sus heces. Entonces se cumple lo que dice David (Psalm. Xvii ,5): Me han cercado dolores de muerte, y los arroyos de la maldad me han congojado, dolores de infierno me han cercado por todas partes, y lazos de la muerte me han apretado sin pensar. ¡Oh qué dolores tan amargos! ¡Oh qué arroyos tan furiosos! Oh qué lazos tan estrechos serán estos, de los cuales ni me podré librar por mis solas fuerzas, y apenas sabré aprovecharme de ellos, porque la amargura de estos dolores me provocará a desconfianza; la furia vehemente de estos arroyos me turbará el juicio; y la estrechura de estos lazos me apretará la garganta, para no pedir perdón de mis pecados, aprovechándose de todo esto el demonio para que no salga de ellos. ¡Oh alma mía, llora y confiesa bien tus pecados en vida, porque no te inquieten ni atormenten en la muerte!. No digas (Eccli. v,4): He pecado y ninguna cosa triste me ha sucedido, porque se pasará presto la alegría y vendrá de golpe la tristeza. No pierdas de todo punto el miedo del pecado que tienes por perdonado, porque no te retoñezca en la muerte el pecado que lloraste mal en la vida. Estos y otros avisos, que apunta el Eclesiástico en su capítulo v, he de sacar de esta consideración, con ánimo de comenzar luego a ponerlos por obra.

2. Lo segundo, ponderaré como entonces no solamente me atormentará y afligirá la memoria de los pecados, sino también la pérdida del tiempo que tuve para negociar un negocio tan importante como el de mi salvación, y haber dejado pasar muchas ocasiones que Dios me ofreció para ello. Entonces desearé un día de los muchos que ahora desperdicio durmiendo, jugando y parlando por entretenerme, y no se me concederá. Entonces me afligirá no haber frecuentado los santos Sacramentos, ni los ejercicios de oración; no haber respondido a las divinas inspiraciones, ni oído sermones, ni ejercitado obras de penitencia, y no haber dado limosnas a pobres para ganar amigos que me reciban en las eternas moradas; ni haber sido devoto de los Santos, que en aquel aprieto pueden ser mis valedores y abogados. Entonces haré grandes propósitos de hacer lo que no hice cuando pude, deseando vivir para cumplirlos; y quizá todos serán sin provecho, como los del miserable rey Antíoco, cruel perseguidor de los hebreos, el cual, estando a la muerte, aunque hacía grandes promesas y plegarias a Dios, dice la Escritura (Il Mach. ix,13), que oraba este malvado al Señor, de quien no había de alcanzar misericordia. No porque faltase a Dios misericordia, sino porque faltaba al miserable la verdadera disposición para recibirla, porque todos aquellos propósitos nacían de puro temor servil, y eran como torcedor para alcanzar salud, como si pudiera engañar a Dios como engañaba a los hombres.

3. De esta consideración he de sacar, como la hora de la muerte es hora de desengaños, en la cual juzgaré de todas las cosas diferentemente que ahora, teniendo, como dice el Eclesiastés (c. ii,11), por vanidad lo que antes tenia por cordura; y al contrario, teniendo por cordura lo que antes tenia por vanidad. Y así la verdadera cordura está en proponer con eficacia lo que entonces querría haber hecho, y cumplirlo luego; porque ley ordinaria es, que quien bien vive, bien muere, y quien vive muy mal, raras veces acierta a morir bien. Y en especial haré un gran propósito de no perder punto de tiempo, ni dejar pasar ocasión de mi aprovechamiento, acordándome de lo que dice el Eclesiástico (c. xiv,14): No te prives del buen día, ni dejes pasar partecica del buen don, aprovechándote de todo para gloria del que te lo da.

Punto Segundo. 1. Lo segundo, consideraré la gran aflicción que sentirá mi alma en dejar todas las cosas presentes (Psalm. XLVIII,12), si las poseo con mala conciencia o desordenada afición; para lo cual me tengo de persuadir que en aquella hora, por fuerza y mal que me pese, tengo de dejar tres suertes de cosas. Lo primero, he de dejar las riquezas, dignidades, oficios, regalos y posesiones que tuviere, sin poder llevar conmigo cosa alguna; y cuanto tuviere mayores bienes, tanto será mas amargo el dejarlos. Porque la muerte, como dice el Eclesiástico (c. XLI,1), es muy amarga para el que tiene paz con sus riquezas y dignidades, y está con deseo de vivir para gozar mas tiempo de ellas: y los pecados que hizo en procurarlas, o usar mal de ellas, aumentarán esta amargura, ordenándolo así la divina justicia para que las cosas que fueron instrumento de sus viciosos deleites en vida, sean sus verdugos y atormentadores en la muerte. Entonces se cumplirá lo que está escrito en Job del pecador (c. xx,14): El pan que comió con mucho sabor se le convertirá dentro del estómago en hiel de áspides, vomitará las riquezas que tragó, y se las sacará Dios por fuerza de sus entrañas: la cabeza del áspid le chupará la sangre, y la lengua de la víbora le morderá , que es decir: Los deleites se le convertirán en hieles, las riquezas le harán dar arcadas; pero no tendrá ánimo para disponer de ellas, ni dejarlas hasta que la muerte se las quite por fuerza, atormentándole las serpientes y vi horas del infierno por haberlas ganado y poseído con pecado.

2. Lo segundo, en aquella hora forzosamente tengo de apartarme de mis padres y hermanos, amigos y conocidos, y de todas las personas que amo, ora sea con amor natural, ora con otro amor licito o ilícito ; y como no se deja sin dolor lo que se posee con amor (D. Greg. I Moral. 13), y cuanto es mayor el amor con que es poseído, tanto mayor dolor se siente en dejarlo, será grandísimo el dolor que sentiré con el apartamiento de tantas personas y cosas como están pegadas a mi corazón. Y con estas ansias diré lo que el otro rey (I Reg. xv, 32): Siccine separat amara mors? ¿Así nos aparta la muerte amarga? Qué ¿es posible que tengo de dejar personas que tanto amo? ¿Qué no tengo más de verlas y gozarlas? O muerte amarga, ¡cómo amargas todo mi corazón, apartando de mí con tanta tristeza lo que poseía con tanta alegría!

3. Últimamente, en aquella hora mi alma se ha de apartar de su cuerpo, con quien ha tenido tan estrecha y antigua amistad; y por consiguiente se ha de apartar de este mundo y de todas las cosas que hay en él, sin esperanza de verlas y oirías, ni gustarlas o tocarlas para siempre. Y si tengo desordenado amor a mi cuerpo y a mi vida, y a las demás cosas de este mundo visible, es fuerza que sienta grandísimo dolor en apartarme de ellas: lo cual fácilmente puedo experimentar por lo mucho que siento cuando me quitan la hacienda, o la honra y fama, o me destierran de mi tierra y me fuerzan a vivir apartado de los míos, peregrinando entre extraños, o cuando me cortan algún miembro del cuerpo; porque todo esto junto y de tropel sucede en la muerte con otro modo mas penoso, que es sin esperanza de volver mas a poseerlo en esta vida. Con cada una de estas tres consideraciones, ponderando despacio lo que se apunta en ellas, entraré dentro de mí mismo, y examinaré si tengo amor desordenado a cualquiera de las cosas referidas. Y si se hallare procuraré arrancarle con la fuerza de esta consideración, y con el ejercicio de la mortificación, porque esto es morir en vida y con provecho, ganando por la mano a la muerte para no sentir la muerte, como lo hacen los religiosos que dejan todas las cosas por Cristo nuestro Señor, a quien he de suplicar me ayude para esto, diciéndole (Sap. iii,1): O Dios eterno, en cuya mano están las almas de los justos, y por tu protección no les toca el tormento de la muerte, quita de la mía el amor desordenado de todas las cosas visibles para que no sienta tormento en apartarse de ellas. o alma mía, si quieres que no te toquen estas tres amarguras de la muerte, no ames las cosas que te puede quitar la muerte; porque si no las poseyeres con amor, las dejarás en la muerte sin dolor.

4. También tengo de ponderar en estas consideraciones, cuán grande locura es por cosas que tengo de dejar tan presto, ofender a Dios, y poner a riesgo mi salvación eterna, determinándome valerosamente a desviarme luego de cualquier persona o cosa que me ponga en este peligro, muriendo a ella, antes que por su causa muera a Dios; y apartándola de mí, antes que me aparte de Dios (Matth. x,34; Luc. xii,51) : pues por esto dijo Cristo nuestro Señor, que vino a poner cuchillo y división en la tierra, apartando de los hombres todas las personas y cosas que les impiden su salvación. O dulce Redentor, pon luego en mi mano el cuchillo de la mortificación para que aparte de mí lo que me puede apartar de tí, muriendo a todo lo criado para vivir a tí, mi Criador, por todos los siglos. Amén.

Punto Tercero. 1. Lo tercero, he de considerar la grande aflicción y congoja que me ha de causar en aquella hora el temor de la cuenta que tengo de dar a Dios, y del riguroso juicio en que tengo de entrar, y el no saber la sentencia que se pronunciará en el negocio de mi salvación. En lo cual he de ponderar la terribilidad de este temor, por tres causas. La primera, porque el mal que se teme es el supremo de todos, y es mal eterno y sin remedio, y estoy ya a las puertas de él. La segunda, porque la sentencia que se ha de dar es definitiva e irrevocable, y al punto se ha de ejecutar sin resistencia. La tercera, porque la causa de mi parte es muy dudosa, por cuanto me consta de la culpa que cometí, y no de la verdadera penitencia que hice; y la conciencia me acusa de haber ofendido al Juez, y no sé si le tengo aplacado; porque ninguno sabe si es digno de odio o de amor (Eccles. ix,1); y aunque yo no halle culpas en mí, puede ser que las halle Dios. (II Cor. iv,4). Por todas estas causas el temor será entonces terribilísimo; porque si los que traen pleito sobre algún negocio en que les va toda su hacienda, honra o vida, tienen grandísimo temor el día que esperan la sentencia; ¿Cuánto mayor le tendré yo cuando esté cerca el día en que se ha de dar la sentencia definitiva de mi salvación o condenación ? Y si entonces suelen temer los muy santos, ¿Cuánto mas temeré yo, miserable pecador?

2. Esta congoja y temor suele crecer por la sagacidad y astucia del demonio, el cual en aquella hora acude a tentar con mas furia viendo que le queda poco tiempo (Apoc. xii,12), y así encarama grandemente todo lo que puede provocar a desesperación, agrava con demasía los pecados, y exagera el rigor de la divina justicia contra ellos. Me dirá, que quien vivió mal, no ha de morir bien; y que quien no se aprovechó de la divina misericordia, ha de caer en manos de su justicia, y que si el justo apenas se salvará, ¿Qué será del malo y pecador? (I Petr. iv,18). Y como es mentiroso y padre de mentiras, y falso acusador de los hombres, si Dios no le ata las manos y limita su poder, me pondrá mil falsas imaginaciones y acusaciones, con embaimientos y visajes horrendos que me turben y hagan trasudar, y pasar mayores congojas que las de la misma muerte. Estos son los temores que me han de afligir en aquel último trance, si no me prevengo con tiempo para impedir la vehemencia de ellos. Lo cual he de hacer entrando dentro de mí, y mirando si ahora me cogiese la muerte, qué cosa me daría más temor, y tratar de remediarla con tiempo. Y si no quería que la muerte me cogiese en el estado presente, tengo de procurar salir luego de él; porque no es lícito ni seguro vivir en el estado en que no querría morir.

3. Concluiré esta meditación, poniendo delante de mis ojos a Cristo nuestro Señor, desnudo y enclavado en la Cruz a punto de expirar, y con gran fervor le suplicaré que por su muerte, me dé buena muerte, y que si el demonio viniere a mi muerte, como vino a la suya, me libre de él, me dé tan grande confianza que pueda como él decir en aquella hora: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. o Padre misericordioso (Psalm. cxviii,109), mi ánima está ya en mis manos a punto de salir de ellas, con peligro de dar en las de sus enemigos; recíbela tú en las tuyas para que no se pierda la obra de tus manos, por la cual fueron enclavadas en la cruz. Yo me ofrezco a imitar tu pobreza y desnudez en la vida para que tus manos me reciban en la muerte, y me lleven consigo al descanso de tu gloria. Amén. También se han de hacer coloquios con la Virgen nuestra Señora, y con el Ángel de la guarda y otros Santos, pidiéndoles favor para aquella hora, porque en vida se negocia lo que entonces ayuda."


Fuente: "Meditaciones Espirituales del V.P. Luis de la Puente. Tomo I: Meditaciones de la vía purgativa. Principios de la Iluminativa, o para purificar el corazón y obtener la perfecta imitación de Jesucristo, 1865 - [Negrillas son nuestras.]