La Fe Cristiana: Infierno
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La compañía de los réprobos en el Infierno


Sermón del P. Francis Hunolt, para el cuarto Domingo de Cuaresma.

“Y le seguía un gran gentío.” (Jn. 6:2)

Introducción
Esta buena gente que seguía al Señor, aunque estaba hambrienta y no tenía nada que comer, seguía llena de ánimo y consuelo, en parte porque tenía con ellos al Hijo de Dios, cuya compañía puede endulzar fácilmente toda amargura; en parte porque había una gran multitud reunida que estaba en la misma necesidad. Porque es un viejo dicho, que la experiencia demuestra que es cierto: "Es consolador tener un compañero en el sufrimiento". Y es a este hecho al que generalmente apelan los malvados cuando se ven amenazados por el infierno, cuyos intolerables dolores hemos estado considerando hasta ahora. Dicen, como me dijo una vez un pobre pecador antes de su conversión: “Oh aunque esté perdido y tenga que ir al infierno, no seré el único; tendré muchos compañeros, y entre ellos los más grandes y nobles. Debe ser una compañía agradable después de todo”. ¡Ah, qué imprudencia! ¡Que Dios nos mantenga a ustedes y a mí, mis queridos hermanos, fuera de esa compañía! Si no hubiera en el infierno ese fuego terrible que tortura el alma y el cuerpo, si no hubiera un gusano de conciencia que afligiera a los condenados con el recuerdo de la felicidad que han perdido, si no hubiera oscuridad, ni aullidos y maldiciones, ni hedor, ni hambre y sed, si no hubiera ningún otro dolor en el infierno, la sola compañía que los condenados encuentran allí sería, a mi juicio, un infierno en sí mismo, como ahora procedo a mostrar.

La última sentencia del Juez sobre el criminal (Sermón del P. Francis Hunolt)


Sermón para el domingo de Septuagésima por el P. Francis Hunolt, SJ.

"No quisisteis reconocerme ni amarme como vuestro Dios; habéis ofrecido incienso a otras deidades; habéis adorado al mundo y sus vanidades; tuve que ceder en vuestra elección a una ganancia transitoria, a un placer inmundo, a un soplo de honor, a un simple mortal. Mi cruz fue un escándalo para vosotros; mi pobreza y mi humildad, demasiado mezquinas para vosotros; mi vida y las leyes de mi Evangelio solo provocaron vuestra risa; el cielo, en vuestra opinión, no merecía la pena. Pues bien, ¡fuera de aquí! Nunca, por toda la eternidad, tendrás parte conmigo. Has amado la maldición; ¡estará contigo para siempre! Apartaos de mí, malditos."

Fuente:
Short Sermons of Father Francis Hunolt
Septuagesima Sunday
"The Last Sentence of the Judge on the Criminal "
Sermón leído por AM
Holy Family Publications
https://jmjsite.com/

Convocatoria de los muertos al Juicio (Sermón del P. Francis Hunolt)


Sermón para el tercer domingo después de Epifanía por el P. Francis Hunolt, SJ.

"¡Cristiano malvado! Ay de ti si, más sordo que los huesos enmohecidos que al sonido de la trompeta se levantarán enseguida de sus tumbas, cierras tus oídos a mi voz, o más bien a la voz de Dios, que te habla por mi boca. ¡Ay de ti si la meditación de ese día espantoso, en el que toda la naturaleza será perturbada y los hombres se marchitarán de miedo, no te inspira un temor saludable y la resolución de enmendar por fin tu vida pecaminosa!. Pero si ahora te niegas a escucharme a mí, que solo digo lo que es para tu salvación eterna, un día, contra tu voluntad, tendrás que oír esa voz terrible cuya única expresión para ti será la sentencia de tu condenación eterna."

Fuente:
Short Sermons of Father Francis Hunolt
Sermón leído por AM
Holy Family Publications
https://jmjsite.com/

El Pequeño Número de los que se Salvan por San Leonardo de Porto Maurizio


Sermón: "El Corto Número de los que se Salvan" por San Leonardo de Porto Maurizio.

"Y si bien es cierto que pocos se salvan, es porque hay pocos que viven bien."
00:17 Introducción
02:48 La enseñanza de los Padres de la Iglesia
05:12 Las palabras de la Sagrada Escritura
07:53 La salvación en los diferentes Estados de Vida
24:45 La Bondad de Dios
26:56 Dios quiere que todos los hombres se salven
37:22 Conclusión

Fuente: "The Little Number Of Those Who Are Saved"
St. Leonard of Port Maurice
http://traditionalcatholicsermons.org/

La Consideración sobre Nuestro Último Fin (Sermón del P. Francis Hunolt)


"La Consideración sobre Nuestro Último Fin", sermón para el cuarto domingo después de Pascua por el P. Francis Hunolt, SJ.

"Si reflexionamos a menudo sobre esta verdad de forma seria y profunda: Me estoy apresurando a la tumba, ¿deberíamos entonces atormentarnos tanto con preocupaciones inquietantes y fatigosos trabajos por el bien del cuerpo mortal, o acumular dinero, o disfrutar de los placeres de la vida? En el nombre de Dios, ¿de qué sirven esos deseos tan desordenados?"

Fuente: Short Sermons of Father Francis Hunolt 4th Sunday after Easter "The Consideration of Our Last End" Sermón leído por AM Holy Family Publications https://jmjsite.com/

Debemos evitar el Pecado Venial porque es pequeño (Sermón por P. Francis Hunolt)


Debemos evitar el Pecado Venial porque es pequeño", Sermón para el segundo domingo después de Pascua por el P. Francis Hunolt, SJ.

"Si algo grande se ganara o se evitara con el pecado venial, aún así no debería ser cometido."

Fuente: Short Sermons of Father Francis Hunolt 2nd Sunday after Easter "We Must Avoid Venial Sin, Because It Is Small" Sermón leído por AM Holy Family Publications https://jmjsite.com/

¿Todos se salvan? ¿Se salvan pocos?


"Las dificultades no deben acobardarte. La puerta del cielo es estrecha, es verdad; pero se puede entrar por ella si te esfuerzas a entrar como te dice Jesucristo. Un buen marinero, un buen soldado, no pierde el ánimo en el mayor peligro, sino que se anima y trabaja más. No te acobarde tu flaqueza; todo lo puedes en aquel Dios que te da fuerza. El ejemplo de los tibios y poltrones no sea tu regla; ni digas: otros hacen lo mismo en la Iglesia, en el convento, etc. Vive con los pocos, si quieres salvarte con los pocos que se salvan. Sálvate, pues, con los pocos. ¿No te aconsejo bien? ¿Pues qué haces?" (P. Belmonte. “Jesús al corazón del sacerdote secular y regular, o, Consideraciones eclesiásticas para cada día del mes”, 1847)

Textos recomendados:
1. «El pequeño número de los que se salvan» por San Leonardo de Porto-Maurizio. http://bit.ly/2GHVpOa
2. Sermón «Del número de los que se salvan» en "Misiones y sermones del P. Pedro de Calatayud" Tomo III, 1796. Disponible en PDF: http://bit.ly/2V0l5Qq

Música: "Egmont Overture" intérprete Kevin Macleod. CC By 4.0. Source: youtube.com/audiolibrary/music

De las Propiedades de la Muerte



"En esta meditación consideraremos algunas propiedades de la muerte, y los fines que pretendió Dios en ellas para nuestro provecho, reduciéndolas a tres, que son las más principales. —

Punto Primero. — 1. La primera propiedad de la muerte es, ser certísima, sin que ninguno se pueda escapar de ella en el tiempo que Dios tiene determinado. (Hebr. IX, 27). En lo cual se ha de ponderar lo primero, que Dios nuestro Señor desde su eternidad tiene determinados los años de nuestra vida y señalado el mes (Psalm. XXXVIII, 6), el día y la hora en que cada uno ha de morir, sin que sea posible, como dice Job (XIV, 5), pasar de él un punto: ni hay rey ni monarca que pueda añadirse a sí o a otro un momento de vida sobre lo que Dios ha determinado. Y así como entré en el mundo el día que Dios quiso, y no antes; así también saldré de él el día que Dios quisiere, y no después. Para que entienda, que cualquier día que vivo le recibo de gracia, y los que he vivido han sido de gracia: pues pudiera Nuestro Señor haberme señalado plazos de vida más cortos, como señaló a otros que murieron en el vientre de sus madres, y en su niñez. Y pues mi vida está tan colgada de Dios, justo es gastar todo el tiempo de ella en servicio de quien me la da, teniendo por sumo desagradecimiento emplear un solo momento en ofenderle.

De la eternidad infeliz



"Punto Primero.- Considera que después de esta vida tan corta, tan frágil, que a cada hora y a cada instante se nos escapa; después de este puñado de días tan tristes y tan inquietos, hay otra vida que ha de durar para siempre; dichosa para los que se salvan; pero supremamente infeliz y desgraciada para las almas que se condenan. ¡ Ah¡ ¿Y de qué número seré yo? ¿Cuál será mi destino? Si no soy eternamente feliz, seré infeliz eternamente. No hay medio entre estos dos extremos. El sarmiento que no está unido a la vid, solo sirve para el fuego; ¡Y aun si la semejanza fuera en todo perfecta! ¡Si el condenado, que es arrojado en las llamas, se consumiera en ellas! Pero el caso es, que aquel fuego conserva a los mismos que abrasa.

Es la eternidad un infeliz estado, en que, por decirlo así, todas las diferencias de tiempo concurren, y se reúnen en un mismo punto para hacer mas infeliz al alma que se condena. ¡Qué novedad! ¡Qué desesperación para una alma, acostumbrada acá abajo a esta continua sucesión de tiempos y de estaciones, de días, de meses y de años; divertida con la variedad, y entretenida con la mudanza; que en un momento se halla en aquel abismo infinito de la eternidad, donde nada se muda! Desde el primer instante que entra en él, tendrá todo cuanto ha de tener para siempre: hallábase inmutablemente en el mismo estado, en el mismo sitio, en la misma disposición,en los mismos dictámenes que ha de tener por toda la eternidad. En aquel mismo momento padece ya toda la eternidad infeliz: eternidad de amargura, eternidad de arrepentimiento, eternidad de desesperación, eternidad de tormentos. Toda la eternidad, digámoslo así, se junta, y padece en cada instante.

¡Oh Dios, y qué desatino! ¡Sufrir cada momento todos los tormentos imaginables, todos los tormentos que puede sufrir un alma! ¡y sufrirlos todos juntos! ¡y sufrirlos para siempre! ¡y siempre sin esperanza de verlos acabar jamás sin el menor alivio, sin el más leve rasgo de paciencia! ¡ Oh justicia de mi Dios, y qué terrible que eres! Pero, ¡Oh locura! ¡oh malicia del hombre, y a qué extremo no llegas! ¡Cuando sabes, cuando crees que hay una eternidad infeliz, y pecas! ¡y vives en pecado! ¡y te expones a peligro de morir en pecado!

Punto Segundo.- Considera que en la imaginación de esta eternidad se pierde el entendimiento; pero el alma del condenado jamás perderá ni un solo instante de esta eternidad. Si después de tantos millones de siglos como instantes han pasado desde que el sol gira sobre nuestras cabezas, se hubieran de acabar las penas de los condenados, no por eso dejaría de ser inexcusable el pecador en haberse granjeado voluntariamente una prodigiosa duración de suplicios, por unos sucios deleites que se pasaron en pocos momentos; pero al fin su locura sería menos intolerable. ¡Qué por un solo pensamiento consentido un millón de siglos de penas! ¡Por un pecado de algunos instantes un infierno de cien mil millones de años! ¡Oh Dios, y qué rigor! Pero paciencia, que esos tormentos no son eternos. Aunque su duración sea espantosa, al cabo ha de tener fin. Podría entonces decir un condenado: Todo lo que he padecido, eso menos me resta que padecer: ya tengo dos años, diez años menos de tormentos. ¡Pero una eternidad! ¡una eternidad! Sin poder jamás decir: ¡Un cuarto de hora menos tengo que sufrir! Sin que al cabo de mil millones de siglos entre tormentos pueda decir: ¡Ya se pasó una hora de mis penas!

Sepultado, hundido, anegado en medio de un grande remolino de fuego, que es al mismo tiempo todos los suplicios; inmoble como una roca en medio de las llamas; penetrado de fuego como un carbón hecho ascuas, el infeliz condenado se abrasa, rabia, se desespera, siempre está padeciendo, y siempre pensando que ha de padecer sin fin y sin alivio. ¡Hay infierno; y los cristianos pecan! ¡Hay infierno eterno; y el pecado tiene atractivo para los cristianos!

Aunque se haya pasado un incomprensible número de siglos desde que el miserable condenado está padeciendo, nunca podrá decir: He padecido. Sus tormentos siempre son presentes; porque en la eternidad no hay tiempo pasado. ¡Siempre arder, y estar cierto de que ha de arder para siempre! Este es su destino. ¡Oh Dios, y es .posible que tan atolondradamente se corra a este horroroso precipicio, a esta espantosa eternidad!

Imagina que un hombre esté condenado a padecer todas las penas del infierno hasta que haya anegado en sus lágrimas a todo el universo, en la suposición de que solo ha de llorar una sola lágrima de mil a mil años. Caín solo hubiera derramado hasta ahora cinco o seis. ¡Buen Dios, qué prodigioso número de siglos se pasarían antes que llegase a llenar de sus lágrimas este cuarto! ¡pues qué si hubieran de llenar toda esta casa! ¡pues qué si se hubiese de esperar a que de sus lágrimas se formasen grandes y caudalosos rios! ¡pues qué si hubiese de padecer hasta derramar todas las precisas para llenar todo el inmenso espacio que ocupa el mar! ¡pues qué si fuese necesario que inundasen toda la tierra, y que ocupasen todos los interminables vacíos que hay desde la tierra al cielo! Hace estremecer este solo pensamiento: justamente asombrada, sobresaltada la razón, se confunde, se pierde en esta espantosa extensión de siglos. Con todo eso, aun siendo tan asombrosa, tan incomprensible esta duración, no es la eternidad, no es ni la más mínima parte de la eternidad; porque después de esa duración de tiempo casi infinita, la eternidad se queda toda entera. Ha de llegar tiempo en que un condenado pueda decir, que si hubiera derramado una sola lágrima de mil a mil años, desde que está en el infierno, y que si Dios la hubiese milagrosamente conservado, ya estaría anegado en su llanto todo el universo. Pero entonces le restará que padecer toda entera la misma eternidad; ni un solo momento se habrá disminuido de su eternidad infeliz.

¡Ah Señor! ¿y seré yo por ventura o por desgracia desdichado objeto de cólera tan terrible? ¡Ay de mí! que demasiadamente lo soy; ya he merecido por mis culpas todas vuestras venganzas; pero mi dulce Salvador y vuestro hijo Jesucristo derramó sobrada sangre para apagar todo el fuego del infierno, y para merecerme vuestra misericordia. Concededme, Señor, esta misericordia que vos mismo me habéis merecido, para que la cante en el cielo por toda la eternidad."

Fuente: "Año cristiano o ejercicios devotos para todos los días del año" por el P. Jean Croisset, S.J., Día 26, Tomo: Abril - [Negrillas son nuestras.] 

Del Juicio Universal



"Et videbunt Filium hominis venientem in nubibus caeli cum virtute multa et majestate.
«Verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes resplandecientes del cielo con gran poder y majestad. (Math. XXIV, 30)».

Dios es desconocido en nuestros tiempos, y por esto es tan despreciado de los pecadores, como si no pudiera vengarse, cuando quiera, de las injurias que le hacen: Et quasi nihil posset facere omnipotents, æstimabant, eum. (Job. 22,17). Pero el Señor ha fijado un día que en las santas Escrituras se llama: Dies Domini, en el cual el eterno Juez se dará a conocer con toda su grandeza y majestad: Cognoscetur Dominus judica faciens.(Psalm. 9,17). Sobre este texto escribió San Bernardo: “El Señor, que ahora es ignorado mientras es misericordioso, se dará a conocer cuando venga a juzgarnos”. (Lib. 12 de Rad.). Por esto se llama este día: “Día de ira, de tribulación y de angustia. Día de calamidad y miseria” (Soph. 1,15). Comencemos, pues, a hacer las reflexiones siguientes:

En el punto 1º: El diverso aspecto que representarán los justos y los pecadores.
En el 2º: El examen de las conciencias.
En el 3º: La sentencia de los escogidos y de los réprobos.

Punto 1
Del distinto aspecto de los justos y de los pecadores en el valle de Josafat
1. A este día dará principio el fuego que bajará del Cielo, y con su ardor los elementos se disolverán; y la tierra y las obras que hay en ella, con todos los hombres que vivan entonces, todo será abrasado: Terra et quœ in ipsa sunt opera exurentur (2, Petr. 3,10). Todo se convertirá aquél día en un montón de cenizas.

2. Luego que estén muertos los hombres sonará aquella terrible trompeta, que hacía temblar a San Jerónimo,  y todos resucitarán a su acento, como dice el Apóstol: Canet enimtuba, et mortui resurgent (1, Cor. 15,52). San Jerónimo (in Math. cap. 5) decía: “Siempre que pienso en el día del juicio, me pongo a temblar. Bien esté comiendo, bien bebiendo, bien haciendo cualquier otra cosa; siempre me parece que resuena en mis oídos aquella terrible trompeta que dice: “Levantaos muertos, venid a juicio”. Y San Agustín confesaba, que ninguna cosa le distraía más de los pensamientos terrenos, que el temor que le inspiraba éste día.

3. Al sonido de aquella trompeta descenderán del Cielo las hermosas almas de los bienaventurados, a unirse con aquellos mismos cuerpos con que sirvieron a Dios en este mundo; y saldrán del Infierno las de los réprobos, desesperadas y horribles a unirse a los cuerpos desgraciados y malditos, con los cuales ofendieron a Dios. ¡Cuán diferente será la presentación de los unos de los otros! Los réprobos aparecerán deformes y negros como tizones del Infierno: al propio tiempo que los justos resplandecerán como el sol en medio de su Padre: Tunc justi fulgebunt sicut sol (Math. 13,43). ¡Qué contentos estarán entonces los que hayan mortificado su cuerpo con la penitencia! Deduzcámoslo de las palabras que dijo San Pedro de Alcántara a Santa Teresa, cuando se le apareció después de su muerte: ¡O felix paenitentiæ, qÅ“ tantam mihi promeruit gloriam! ¡Dichosa penitencia, que me granjeó tan grande gloria!

4. Luego que los hombres hayan resucitado, los ángeles los conducirán al valle de Josafat para ser allí juzgados: Populi, populi in vallem concisionis, quia, juxta est Domini (Joel. 3,14). Luego, los mismos ángeles separarán los réprobos de los elegidos, colocando a estos a diestra y aquéllos a la siniestra: Exibunt angeli, et separabunt malos d medio justorum. ¡Qué confusión sufrirán entonces los tristes condenados! dice el autor de la “Obra imperfecta” (Hom. 54). ¡Quomodo putas impios confundendos, quando segregatis justis, fuerint deridicti! Esta pena sola sería bastante para servirles de Infierno, como dice el Crisóstomo: Et si nihil ulterius paterentur ista sola verecundia sufficeret eis ad paenam. (In Math. cap. 24). El hermano será separado del hermano, el marido de la esposa, el hijo del padre, el amigo del amigo.

5. Pero, repentinamente se abren los Cielos, los ángeles acuden a presenciar el juicio, llevando la enseña de la Cruz y los otros signos de la Pasión del Redentor, como dice el angélico Santo Tomás: Veniente Domina ad judicium signam crucis, et alia passionis indica demostrabunt. (S. Thom. Opusc. II, Cap. 244). Esto se confirma con aquellas palabras de San Mateo (24, 30): Et tunc parebit signum Filii hominis in cœlo, et tunc plangent omnes tribus terræ. Derramarán lágrimas de desesperación los pecadores al ver la cruz del Salvador; porque como dice San Juan Crisóstomo, los clavos se quejarán del pecador, y las llagas y la cruz de Jesucristo hablarán contra de él. Clavi de te conquerentur, cícatrices contra te prorabit. (Homi. 20 in Math.).

6. También la Reina de los santos y de los ángeles, María Santísima, asistirá al juicio universal del género humano; y, finalmente, comparecerá el eterno y supremo Juez sobre las nubes, cercado de esplendor y majestad: Et videbant Filium Hominis venientem in nulibus cÅ“li, eum virtute multa et majestate. (Math. 24,30). Verán al Hijo de Dios y de la Virgen sobre las nubes resplandecientes del Cielo rodeado de pompa y de virtud. ¡Que pena causará a los réprobos la vista imponente del Juez! A facie ejus cruciabantur populi. (Joel. 2, 6). San Jerónimo dice que la presencia de Jesucristo les causará mayor tormento que el mismo Infierno: Domnatis melius est inferni penæs, quam domini praesentiam ferre. Por esto, según San Juan, dirán ellos aquel día a los montes y peñascos: Caed sobre nosotros, y ocultadnos de la vista del Juez irritado: Dicent montibus et petris: Cadite super nos et abscondite nos a facie sedentis super thronum, et ab ira Agni. (Apocal. 6,16).

Punto 2º
Examen de las conciencias
 7. Judicium sedit et libri aperti sunt. (Dan. 7,10) Se abren los libros o procesos de las conciencias y comienza el juicio. Nada quedará entonces oculto. El Apóstol dice, que el Señor sacará a plena luz lo que está en los escondrijos de las tinieblas: Illuminabit abscondito tenebrarum (1 Cor. 4,5). Dios mismo, dice por Sofonías (1,12): Secutabor Hierusalem in lucernis. Pesquisaré, examinaré los crímenes de Jerusalen , esto es, de todo el mundo, a la luz de una bujía, que quiere decir, con tanto rigor, que no se me oculte ninguno: porque con la bujía se registran los rincones más ocultos.

8. San Juan Crisóstomo escribe (Homil. 3 de Dav) Terrible judicum, sed pecatoribus, justis autem optabile et suave. El juicio causará espanto a los pecadores; pero a los justos alegría y dulzura; porque entonces Dios, dice, dará a cada uno el premio o castigo que haya merecido según sus obras, buenas o malas. (1. Cor. 4,5).El Apóstol dice, que en aquél día, los elegidos serán sublimados sobre las nubes para obsequiar al Señor en compañía de los ángeles: Rapiemur cum illis in nubibus obviam Cristo in aera. (1 Thess. 4,16).

9. Los hombres mundanos, que al presente llaman insensatos a los justos que viven mortificados y humillados, confesarán entonces su propia insensatez, y dirán: Non insensati vitam illorum estimabamus insaniam, et fine illorum sine honore: ecce quomodo computati sun inter filios et inter sanctos sors illorum est. Nosotros, insensatos, creíamos que la vida de los justos no era más que extravagancia y locura , y que al fin nada conseguirían: pero vemos que han sido contados entre los hijos de Dios, y que les ha cabido la suerte de los santos. (Sap. 5, 4.). En este mundo se llaman felices los ricos y los que disfrutan honores; pero la felicidad verdadera consiste en alcanzar la bienaventuranza. Alegraos pues vosotras, almas piadosas, que pasáis en este mundo una vida llena de tribulaciones; porque vuestra tristeza se convertirá en alegría: Tristitia vestra vertetur in gaudium. (Joan. 16,20.) Y en el valle de Josafat estaréis sentados en tronos de gloria.

10. Los réprobos, al contrario, serán colocados a la siniestra como cabritos destinados al matadero, para esperar allí su última sentencia de eterna condenación. Judici tempus dice el Crisóstomo, misericordiam non recipit. En el día del juicio no habrá esperanza de misericordia para los desdichados pecadores. San Agustín escribe: Magna jam est pæna pecati, metum et memoriam divini perdidisse judicii (Serm. 20 de Temp.). Ya es gran pena del pecado vivir sin acordarse del día del juicio, y sin temerle. Y en efecto, la mayor pena del pecado que experimentan los que viven en desgracia de Dios, es: haber perdido el temor y la memoria del juicio divino. Sigue, sigue sin embargo viviendo obstinado en el crimen, dice el Apóstol, que según es tu obstinación , el día del juicio hallarás amontonado un tesoro, no de gloria , sino de ira divina: Secundum autem duritiam tuam et impÅ“nitens cor, thesaurizas tibi iram in die iræ. (Rom. II, 5).

11. Entonces dice San Anselmo, no podrán ocultarse los pecadores, sino que se verán precisados a comparecer en juicio con dolor insufrible. Latere enim impossibile, apparere intolerabile. Los demonios harán su oficio acusándole, y dirán al Juez , como dice San Agustín: Judica, esse meum, qui tuus esse noluit. Juzga, como juez recto que eres, que es mio y me pertenece el que no quiso ser tuyo. En contra de ellos testificarán, primeramente su propia conciencia: Testimonium reddente illis conscientia ipsorum. (Rom. 2,15). En segundo lugar las criaturas y las paredes mismas de la casa en que pecaron estarán clamando en su contra: Lapis de partete clamabit. (Habac, 2.11) En tercer lugar el Juez mismo dirá: Yo que todo lo sé , yo a quien nada se puede ocultar, soy testigo: Ego sum judex et testis, dicit Dominus. (Jerem. 29.23.) Sobre lo que escribió después San Agustín : Ipse erit judex causae tuae, qui modo est testis vitae tuae. (Lib. de 10. Chord.) Será juez de tu causa el mismo que ahora es testigo de tu vida. A los cristianos condenados les dirá especialmente las palabras de S. Mateo (11,12.): Vae tibi Corozain, vae tibi Bethsaida : quia, si in Tyro et Sidone factae essent virtutes quae factae sunt in vobis, olim in cilicio et cinere poenitentiam egissent. Cristianos, les dirá , sí las gracias que a vosotros os he hecho, las hubiese hecho a los turcos, o a los idólatras, ellos hubieran hecho penitencia de sus culpas; pero vosotros no habéis puesto fin a vuestros pecados, sino con la muerte. Y entonces les pondrá a la vista sus maldades ocultas: Revelabo pudenda tua in facie tua. (Nahum 3,5). Descubrirá todos sus desórdenes , sus injusticias y crueldades ocultas: Ponam contra te omnes abominationes tuas. (Ezech. 7, 3). Manifestará a los réprobos todos sus pecados.

12. ¿Que excusas podrán entonces alegar?  Omnis iniquitas oppilabit os suum. (Psalm. 106). Sus numerosos pecados les cerrarán la boca , y en lugar de poder responder para excusarse, pronunciarán ellos mismos su propia condenación, diciendo: Ergo erravimus a via veritatis. En efecto abandonamos el camino de la verdad.

Punto 3º
Sentencia de los escogidos y de los réprobos
13. San Bernardo dice (Serm 8 in Ps. 90), que, primeramente, escucharán su sentencia los elegidos, destinándoles a la gloria del Paraíso, para que sea mayor la pena a los réprobos, viendo lo mucho que han perdido. Prius pronuntiabitur sententia electis, ut acrius (reprobi) doleant videntes quid amiserint. Volveráse, pues, Jesucristo , primero á los elegidos , y les dirá : Venite benedicti Patris mei, possidete paratum vobis regnum a constitutione mundi. Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el principio del mundo. (Math. 25.34.) Bendecirá todas las lágrimas que derramaron, doliéndose de sus culpas, todas sus obras buenas, sus oraciones, sus mortificaciones y comuniones: sobre todo las penas de su pasión y la sangre derramada por su salud. Y en medio de estas bendiciones entrarán en el Paraíso, cantando himnos de alabanza para alabar a Dios eternamente.

14. Luego se volverá hacia los réprobos, y pronunciará su condenación con estas palabras: Discedite a me maledicti in ignem aeternum. (Math. loco cit. 5,41). Id lejos de mí, malditos, al fuego eterno. Serán pues maldecidos, separados de la presencia de Dios y enviados a arder eternamente en el fuego abrasador del infierno : Et ibunt hi in supplicium aeternum, justi autem in vitam aeternam. (Math. 25,46).

15. San Efrén dice, que después de esta sentencia, los réprobos serán obligados a dar un eterno adiós a sus padres, al Paraíso, a los Santos y a la Virgen María. (Efren. de variis serm. inf.). Enseguida se abrirá un abismo en el medio del valle; y los desgraciados réprobos serán lanzados en él, y luego se cerrará aquella boca para siempre jamás. ¡Maldito pecado! ¡A que fin tan triste tienes que conducir un tiempo tantas almas redimidas con la sangre preciosa de Jesucristo! ¡Oh almas desventuradas, a las cuales está reservado un fin tan triste y lamentable!.

Pero regocijaos vosotros, amados cristianos, para quienes Jesucristo hace el presente las veces del Padre y no de Juez. Preparado está siempre a perdonar al que se arrepiente. Pidámosle presto perdón de nuestras culpas; detestémoslas, diciéndole de lo íntimo del corazón: Me pesa Señor, de haberos ofendido; me pesa de haber pecado, me pesa de haber estado sordo a vuestros llamamientos, que, como divino Pastor de las almas, habéis habéis llamado tantas veces la mía, para que dejando los pastos vedados de los vicios, acudiera a los prados amenos de las virtudes que cercan la mansión deliciosa del Paraíso. Habed, Señor, misericordia de mí, habed compasión de una arrepentida; misericordia Dios mío, misericordia y gracia."

Fuente: "Sermones abreviados para todas las dominicas del año", San Alfonso María de Ligorio, 1847 - [Negrillas son nuestras.]