La Fe Cristiana: Muerte
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De la necesidad de prepararse para la muerte


"Punto Primero.- Considera que la necesidad de prepararse para hacer una muerte santa es indispensable; ninguna cosa hay que sea de tanta consecuencia como la muerte; ninguna que sea tan difícil como una buena muerte, sobre todo para quien no se ha preparado a ella durante su vida. ¿Hay alguna cosa que sea tan irreparable como una muerte desgraciada? y ¿hay sin embargo alguna para que menos se preparen que para hacer una buena muerte?

Si se muriese dos veces, seria menor la imprudencia en arriesgarse a morir mal una vez; podríamos reparar la falta, quedaríamos todavía en estado al mismo tiempo de hacer penitencia de una mala vida y de una mala muerte. Pero no se muere mas de una vez, y la eternidad bienaventurada o desgraciada depende absolutamente de esta muerte.

Cuanto más hayamos trabajado para el cielo, cuanto más santa haya sido nuestra vida, más interés tenemos en acabarla santamente, para no perder el fruto de nuestros trabajos. Es verdad que una buena muerte es ordinariamente el fruto de una vida santa; pero no es menos cierto que una muerte en pecado aniquila todos los méritos de la vida más santa, y que todos los méritos de la vida más santa no pueden respondernos de una buena muerte. Y no obstante esto, ¿pensamos mucho en la muerte? ¿nos preparamos mucho para esta muerte? y al ver nuestra indolencia sobre este artículo, no se diría que no hay cosa más fácil ni más ordinaria que el hacer una santa muerte?

Si no se necesitase para morir bien más que recibir los últimos Sacramentos, besar el Crucifijo, derramar aun algunas lágrimas, nuestra imprudencia seria tal vez menos intolerable; no es siempre difícil hallar un confesor celoso y hábil que nos asista en aquel último peligro; pero ¡cuántos que no han carecido de ninguno de estos auxilios han muerto en el pecado! Morir sobre la ceniza y bajo del cilicio, morir rodeado de sacerdotes y de santos religiosos, es hacer una muerte edificante, pero no es precisamente en esto en lo que consiste una muerte santa. Hacer una buena muerte es morir después de haber borrado todos los desarreglos de su vida; es morir en estado de gracia; es morir lleno de una fe viva, de una esperanza firme, de una caridad ardiente; es morir lleno de horror a todo lo que el mundo ama; es morir con un amor de Dios que sobrepuje a todo otro amor; y ¿es todo esto tan fácil a quien tan poco ha amado a Dios durante su vida? ¿a quien ha pasado toda su vida sin pensar en morir bien?

¡Cosa extraña! Debe uno presentarse en un teatro o en un púlpito, debe uno dar alguna prueba de su habilidad y de su ciencia, y se pasan los meses, se emplean los años enteros en prepararse para ello, aun cuando la cosa sea de tan poca consecuencia; y ¿qué tiempo, buen Dios, se emplea mientras nos dura la vida para prepararse a la muerte, siendo así que esta preparación pide todo el tiempo de la vida?

Punto Segundo. - Considera que nunca podrá uno prepararse demasiado para hacer bien lo que no puede hacerse más de una vez, cuando de esta sola vez depende nuestro destino eterno.

Si fuese tan poco difícil el hacer una buena muerte después de haberse preparado tan poco para morir bien, los Santos hubieran hecho mal en haber hecho tantas diligencias y en haber empleado en esta preparación toda su vida. ¿Para qué tanto ayunar, tanto orar y derramar tantas lágrimas? ¿para qué privarse de todo comercio con el mundo para tener la ventaja de hacer una muerte santa, si sin todas estas precauciones, sin ningín preparativo se puede morir santamente?

Aquel joven que en lo mas florido de sus días renuncia a todo lo que mas le lisonjea y va a sepultarse en el claustro, ¿qué es lo que pretende sino disponerse a hacer una muerte santa? ¿Nos atreveríamos a negarle la alabanza, a no admirar su sabiduría y su resolución? Y qué, mientras que nuestros hermanos, que nuestras hermanas, que nuestros amigos pasan sus días en el retiro y en los rigores de la penitencia para prepararse a una muerte santa, para obtener la gracia final; ¡nosotros en medio del tumulto del mundo y de sus placeres, en un olvido eterno de esta muerte, en una ignorancia crasa de la preparación para la muerte, esperamos tranquilamente una muerte cristiana, esperamos estar preparados a la muerte y morir bien!

¿Hay alguna cosa a que el Hijo de Dios, que preveía nuestra negligencia, nos haya exhortado tanto como a esta preparación? Velad, nos dice ( Mt. XXV), porque no sabéis a qué hora debe venir vuestro Señor. “Estad prontos”, dice en otra parte, y “velad en toda hora; porque en aquella que menos pensaréis, vendrá el Hijo del hombre”. Por lo demás lo que os digo a vosotros, añade el divino Salvador, lo digo a todos. (Mc. XIII). Es preciso estar prontos a abrir en el momento que llame el Señor. (Mt. XXV).

Nadie hay que no convenga fácilmente en que hay necesidad de preparación para morir bien; por esto se teme tanto una muerte repentina; pero al fin, ¿qué es lo que produce este temor, y a que preparación nos ha obligado hasta el presente? Sin embargo, yo puedo morir dentro de pocas horas. Tan poco seguro estoy de que viviré mañana, como de que viviré diez años. Si estuviese hoy en el último día de mi vida, ¿estaría preparado para morir en este día? si muriese esta tarde, ¿estaría preparado para ello? ¿no tendría nada que temer? Me estremece este pensamiento; pero ¿quién me ha asegurado hasta aquí? Y si no comienzo desde este momento a prepararme, ¡que sentimiento! ¡que desesperación en aquella última hora!

No lo permitáis, Señor, y pues que me dais a lo menos esta hora, desde esta hora, Dios mío, voy a comenzar a prepararme para morir bien y a pediros todos los días la gracia para ello.


PROPÓSITOS. 1. No es extraño que tantos mueran mal, siendo tan pocos los que aprenden a morir bien. La buena muerte es una ciencia práctica que no se aprende sino durante la vida; es necesario estudiar mucho tiempo para hacerse hábil; un estudio precipitado no sirve muchas veces más que para hacer conocer mas cuánto se ignora. La mejor preparación para la muerte es una vida santa. Nuestra vida debe ser una continua preparación para la muerte. Cada día debe ser para vosotros una nueva lección y un nuevo ejercicio; preguntaos, pues, todas las noches qué progresos habéis hecho. Es una práctica de piedad muy útil el hacer uno todas sus acciones como si fuesen otras tantas preparaciones para la muerte. Misas, oraciones, limosnas, obligaciones de su estado, las diversiones mismas, todo nos puede servir para hacer una muerte santa, cuando todo se hace con este espíritu. Nos importa mucho saber el arte de morir bien; aun cuando seamos hábiles en todo lo demás, es como si nada supiésemos si ignoramos este arte.

2. Además de esta preparación general hay otras particulares que no se deben nunca descuidar. Primera, elegid un día todos los años, el cual consagraréis todo entero a este gran negocio. Os representaréis al despertar al soberano Juez que os dice estas terribles palabras: “Dame cuenta de lo que te he encargado”; y examinaréis en una meditación por lo menos de media hora, si vuestras cuentas están prontas. No salgáis del aposento sin que hayáis calculado y arreglado todo lo que os queda que hacer. No descuidéis nada, mucho menos excuséis nada; tenéis que haberlas con un Juez infinitamente ilustrado y que nada pasa , pero que se digna remitirse a vosotros mismos sobre todos los artículos. Haced una confesión que prevenga su juicio. Reglados los negocios de la conciencia, arreglad los de la familia. Qué imprudencia esperar a la última enfermedad para hacer la disposición de vuestros bienes. Haz tu testamento, dice san Agustín , mientras que tienes salud; mientras que sabes lo que haces; mientras que estás en ti y en libertad de disponer. Recibid la sagrada Comunión como si debiese ser la última de vuestra vida, y si puede ser, ejecutad vosotros mismos los legados piadosos. (...) Empleaos en lecturas propias del objeto de esta piadosa práctica, y no os ocupéis en todo este día más que en el negocio de vuestra salvación. No es mucho un día todos los años; el retiro de un día cada mes es también una práctica excelente para prepararse a la muerte. Cada semana debe tener el suyo, y no paséis día alguno sin hacer algún ejercicio piadoso, que sea una preparación mas marcada para morir bien. Tened algún libro que enseñe a prepararse para la muerte. "

Fuente: "Año cristiano, o, Ejercicios devotos para todos los domingos, días de Cuaresma y fiestas movibles", por P. Jean Croisset, Tomo II, Librería Religiosa, 1855 - [Negrillas son nuestras.] / Imagen: "San Francisco de Asís arrodillado en meditación", El Greco

La muerte de los mundanos (Sermón de San Alfonso María de Ligorio)

Sermón para el décimo quinto domingo después de Pentecostés por San Alfonso Maria de Ligorio.

"Recuerda hombre, no eres más que polvo, y en polvo te convertirás". ¡Oh! quisiera Dios que los hombres tuvieran la muerte siempre ante sus ojos; si la tuvieran, ciertamente no deberían llevar una vida tan mala."

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Refiere el Evangelio, que caminando Jesucristo a la ciudad llamada Naim, y cuando estaba cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda. Contraigámonos a estas solas palabras, y discurramos un poco acerca de la muerte. La santa Iglesia, quiere hacer a los fieles, por medio de los sacerdotes, todos los años, el día de Ceniza, este recuerdo: Acuérdate, hombre de que eres polvo y en polvo te has de convertir. ¡Ojalá que los hombres tuvieran siempre presente la memoria de la muerte, y no tendrían una vida tan desarreglada!. Para que vosotros, pues, oyentes míos, la tengáis impresa en vuestra mente, me propongo hablaros de la muerte práctica, esto es, me propongo relataros lo que ordinariamente suele suceder en la muerte de los mundanos, con todas las circunstancias que en ella suelen acaecer. Por tanto consideraremos:

En el punto primero. Lo que sucede durante la enfermedad.
En el punto segundo. Lo que sucede al recibir los sacramentos.
En el punto tercero. Lo que sucede al tiempo de morir.

Punto primero: Lo que sucede durante la enfermedad.
No pretendo hablar en este discurso de un pecador que vive habitualmente en pecado; sino de un hombre de mundo que descuida de su alma, y está siempre embebido en los negocios de la tierra, como contratos, enemistades, amancebamientos y juegos, que ha caído muchas veces en el pecado y pocas se ha confesado. Su vida no es otra cosa que un encadenamiento de caídas y recaídas, y raras veces ha tenido limpia la conciencia. Consideremos la muerte de este hombre con arreglo a lo que suele suceder a semejantes hombres.

Y comencemos desde el principio en que se deja ver la última enfermedad. Este, pues, se levanta por la mañana, sale de la casa para dedicarse a sus negocios, y mientras está ocupándose de ellos, le sobrevine un gran dolor de cabeza, le vacilan las piernas, experimenta un frío que recorre todos sus miembros, siente náuseas de estómago, y una gran debilidad en toda su máquina. Entonces se retira a  su casa, y se acuesta. Acude al momento la mujer, los deudos, y las hermanas y le dicen: ¿Porqué te has retirado tan presto? ¿Que novedad es ésta? - Me siento enfermo, responde él; no me puedo tener en pie, tengo un fuerte dolor de cabeza. - ¿Tienes fiebre? le preguntan. – No lo sé, contesta; pero creo que si; enviad a llamar al médico. Se llama al médico a toda prisa. Entretanto el enfermo está en la cama, donde le acomete un grande frío que le hace temblar de pies a cabeza. Le aumentan la ropa; pero el frío no cesa sino al cabo de una o dos horas, y entonces le sobreviene un gran calor. Llega por fin el médico, le pregunta que es lo que siente, le toma el pulso, y ve que tiene calentura. Pero para no intimidar al enfermo dice: Fiebre hay, pero no es cosa de mucho cuidado. ¿Ha cometido usted algún exceso? - Hace algunos días que salí de noche, responde; y se apoderó de mí el frío: asistí al banquete de una amigo y me excedí algo en comer. - Esto es nada: no es más que un estómago algo cargado, o quizá alguna fluxión de las que corren por esta variación de tiempo. Guarde usted dieta hoy: que le den una taza de té, y tranquilícese usted: mañana volveré.

¡Que no hubiese allí un ángel que le dijese de parte de Dios! ¿Que dice usted, señor médico? ¿Con que esta enfermedad no es nada? ¿No ha conocido Usted la señal que ha dado la justicia divina desde el primer instante que la enfermedad atacó al enfermo? La muerte de este hombre está determinada; el tiempo de la venganza divina ya ha llegado.

Llega la noche, y el pobre enfermo no puede descansar. La dificultad de respirarse aumenta, los dolores de cabeza crecen , la noche le parece un siglo. Desde los primeros fulgores de la mañana, llama: los parientes y la familia acuden corriendo y le preguntan: ¿Has descansado esta noche? ¡Qué he de descansar! responde, si no he podido cerrar los ojos. ¡Ay Dios, que desazón siento! ¡Que espasmos tan crueles! parece que dos clavos me penetran las sienes: que vayan corriendo a llamar al médico, y que venga sin tardanza.

El médico llega; la fiebre ha hecho progresos, pero sin embargo dice al enfermo: No hay que tener cuidado, esto no es nada; la fluxion debe seguir su curso, pero la fiebre desterrará el mal. Llega el tercer día, y el enfermo no está mejor. A la mañana siguiente se dejan ver todos los síntomas que declaran la malignidad de la enfermedad. La boca está amarga, la lengua negra, el enfermo desazonado; los discursos inútiles vuelven a comenzar. Entonces el médico ordena purga, sangrías, agua fría para contrariar la fiebre que se ha hecho más aguda; y luego dice a los parientes : Bajo mi honor aseguro a Ustedes, que la enfermedad es muy grave; no quisiera visitarle yo solo; seria bueno tener una consulta. Pero sobre esto solamente habla en secreto a los de la familia; más nada le dice al enfermo por no asustarlo; antes le consuela, diciéndole: No tenga Usted cuidado que esto no será nada.

Siguen entretanto hablando de remedios y de consultas; más no se trata de confesión ni de sacramentos. Yo no sé ciertamente como han de salvarse semejantes médicos. Ellos juraron al graduarse, como previene la bula de Nuestro Santo Padre Pío V, que dejarían de visitar al enfermo que no se confesase pasado el tercer día de la enfermedad; pues no se dispensan hoy de cumplir el juramento que prestaron, dando así ocasión a que se pierdan muchas almas. Y ¿de que sirve la confesión al enfermo, después que ha perdido la cabeza  y el uso de los sentidos? 

Hermanos míos, cuando os sintáis enfermos, no esperéis a que el médico os diga que os confeséis: hacedlo sin que nadie os mueva a ello. Porque los médicos, por no desagradar a los enfermos, no les hablan del peligro en que se hallan, sino cuando la enfermedad es incurable. El médico que primero debéis llamar es el del alma; porque más importa la salvación de ésta, que la del cuerpo. Se trata de la eternidad; y si por desgracias os engañáis, este error no será de un día, sino de siglos que no tendrán jamás fin.

Si el médico oculta el peligro al enfermo, los parientes se portan todavía peor; porque ellos le lisonjean disimulándole la gravedad del mal, y le dicen que va mejor, y que los médicos están contentos. ¡Oh parientes crueles! ¡Oh amigos traidores y pérfidos, más peligrosos que los enemigos más encarnizados! En lugar de advertir al enfermo, manifestándole su verdadero estado, como tienen obligación, sobre todo, el padre, el hermano, y el hijo, para que arregle su conciencia con tiempo, le engañan, le lisonjean y le conducen al Infierno. Pero, a pesar de que el médico y los parientes le ocultan la verdad, el pobre enfermo conoce que su enfermedad es mortal por las incomodidades y afanes que experimenta, y por el silencio que guardan los amigos que acuden a visitarle; y quizá también por ver las lágrimas de alguno de su familia. Entretanto dice el enfermo en su interior: Ya se me acerca la hora de la muerte, y estos no me dicen nada por no afligirme.

No, los parientes no le avisan acerca del peligro que corre de morir, pero hacen venir al escribano luego que piensan en sus intereses , que aprecian más que la salvación del enfermo, porque esperan que les deje una buena porción de sus riquezas. A su llegada dice el enfermo: ¿Quién es ese? Los parientes responden: Es el escribano; viene por si acaso quieres hacer testamento para tranquilizar tu conciencia- ¿Con que tan enfermo y vecino de la muerte me hallo?, exclama el enfermo– No señor, dicen los parientes: ya sabemos que esta precaución no es absolutamente necesaria; pero al cabo, el testamento se ha de hacer un día u otro y más vale hacerle cuando la cabeza está segura. - Bien, responde el enfermo, puesto que ha venido al escribano y queréis que lo haga, lo haremos. Escriba Usted señor escribano. Lo primero que le pregunta el escribano es, en que iglesia quiere sepultarse si acaso muere. ¡Oh, que pregunta tan dolorosa para el enfermo! Pero después de hecha la elección de la sepultura comienza a hablar de éste modo: Dejo a mis hijos tal heredad, tal casa a mi hermano; tal mueble de plata a mi amigo fulano; tal otro a mi amigo zutano. Pero, señor enfermo ¿que es lo que hacéis? ¿Os ha costado  tanto trabajo adquirir estos bienes, quizá agravasteis vuestra conciencia para adquirirlos, y ahora los repartís con tanta prodigalidad? Más no tiene remedio; cuando llega la muerte es preciso dejarlo todo. Sin embargo, esto cuesta gran pena al enfermo, que tenía pegado su corazón a aquellos muebles, a aquella casa, a aquel jardín y a aquellas riquezas. Llega al fin la muerte, descarga su guadaña, y espera de un golpe el corazón de todo lo que amaba en este mundo. ¡Que golpe tan terrible para el desdichado enfermo! ¡Ah, oyentes míos! no pongamos nuestro apego en las cosas de este mundo: mirémosle con indiferencia, hasta que llegue la muerte y tengamos que abandonarlas con angustia y con grave peligro de nuestra alma.

Punto segundo: Lo que sucede al recibir los sacramentos.
Hemos visto que el enfermo ha hecho ya su testamento. Después que han discurrido ocho a diez días de enfermedad, viendo sus parientes que va de mal a peor y que se acerca a la muerte, suele decir alguno de ellos. Pero ¿Cúando le decimos que se confiese? Era hombre de mundo y sabemos que no ha sido santo. Todos dicen entonces que se debe confesar; más no se encuentra entre ellos ninguno que quiera anunciarle esta amarga nueva. Por esta razón se envía a llamar al párroco, o a otro confesor para que se la dé; esto es, cuando el enfermo ha perdido casi enteramente la razón. Llega el confesor, se va informando de los domésticos cerca del estado de la enfermedad y luego de la vida del enfermo, y conoce que su conciencia está bastante embrollada. Entonces, según las circunstancias que oye, tiembla por la salvación de aquella pobre alma. Y viendo que el enfermo se halla en el último apuro, ordena ante todas las cosas que los parientes se aparten de la cama, o que se retiren del aposento: luego se acerca él al enfermo y le saluda. El enfermo abre los ojos, diciendo: ¿Quién es Usted? - Soy el párroco, o soy el padre fulano – Y que quiere usted – He venido porque he sabido de su grave enfermedad, y ver si quiere Usted confesarse. - Gracias padre; por ahora le suplico que me deje usted descansar, porque ya hace muchas noches que no duermo; y no puedo hablar, encomiéndeme Usted a Dios, y déjeme en paz.

Entonces el confesor, que ha sospechado ya el triste estado del alama y del cuerpo del enfermo, le dice: Señor fulano, yo espero en el Señor y en la Virgen Santísima, que le librará de esta enfermedad; pero todos hemos de morir una vez: su enfermedad de Usted es grave, y por lo mismo debe Usted confesarse y ajustar las cuentas del alma, si es que le remuerde la conciencia, pues este ha sido el fin de mi venida. – Padre mío, confieso que no tengo la conciencia  muy limpia, lo cual exige una confesión larga; pero ahora lo digo francamente, mi cabeza no está para eso, y el dolor me impide respirar; mañana nos veremos. - Pero señor, ¿quién sabe lo que puede suceder hasta mañana? Puede usted tener un insulto, un aumento de fiebre, un accidente. - Padre no me atormente Usted más; ya le he dicho que no puedo. Pero el confesor, que sabe que queda poca esperanza de salvar al enfermo, se ve precisado con a hablarle con mayor claridad, y le dice: Señor fulano, sepa Usted que su vida se acaba; le ruego que se confiese ahora, porque quizá mañana no será tiempo. -¿Por qué?- Porque así lo dicen los médicos. El enfermo entonces se exaspera contra los médicos, y contra los parientes, diciendo: ¡Cómo me han engañado los traidores! Ellos sabían que me moría, y ninguno me lo ha advertido. ¡Ay de mí! El confesor le replica: No hay que desconfiar por lo que toca a la confesión: basta que diga Usted los pecados más graves de que se acuerde; yo mismo le ayudaré a hacer el examen de la conciencia. Vamos comience Usted la confesión. El enfermo se esfuerza por comenzarla, pero se confunde y no sabe por donde principiar: comienza a pronunciar palabras, y no acierta a explicarse, y apenas entiende lo que el confesor le dice. ¡Oh Dios mío! A estos últimos apuros esperan semejantes hombres a tratar el negocio más importante, cual lo es el de la salvación eterna. El confesor oye que se acusa de sus malos hábitos, de restituciones que debía haber hecho, de calumnias, de confesiones mal hechas por falta de dolor y de propósito de la enmienda. En fin, le ayuda a hacer la confesión lo mejor que puede, y por último le dice: Basta, hagamos un acto de contrición. Pero quiera Dios que no le suceda a éste moribundo lo que sucedió a otro que expiró en las manos del cardenal Belarmino. El cardenal le dictaba el acto de contrición, y el enfermo le interrumpió diciéndole: Padre, no se canse Usted, porque esas cosas que Usted me dice no las comprendo yo. Por último, el confesor le absuelve, porque la misericordia de Dios es infinita; pero ¿quién sabe si Dios confirmará ésta absolución?

En seguida le dice el confesor: Ahora prepárese usted a recibir el Viático, esto es, el cuerpo de Jesucristo. - Ahora estamos a mitad de la noche; mañana lo recibiré. - Ahora ha de ser, porque quizá mañana no habrá tiempo. Ahora debe Usted recibir todos los sacramentos, el Viático y la Extremaunción. -¡Ay de mí, exclama el enfermo! ¡Con que ya me muero! Y tiene razón de hablar de esta suerte, porque es costumbre de los médicos, mandar que los enfermos reciban el Viático cuando están próximos a expirar y han perdido los sentidos; abuso, por desgracia muy general. El Viático debe darse a los enfermos siempre que hay peligro de muerte, como dicen comúnmente los doctores. Y conviene advertir lo que recomienda Benedicto decimocuarto en una de sus bulas, a saber: Que cuando el enfermo se halla en peligro de muerte, debe recibir la Extremaunción. Y por consiguiente, se le puede dar después del Viático, y no debe nunca esperarse que se halle en la agonía, cuando ha perdido ya el uso de los sentidos.

Mira, ya el Viático: el enfermo se pone a temblar cuando oye tocar la campanilla; y su temor se acrecienta al ver entrar al sacerdote en su aposento, llevando en sus manos el Santísimo Sacramento, y los cirios que iluminan el aposento. Comienza el sacerdote a leer las palabras del Ritual: Recibe, hermano el Viático del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, para que te defienda del espíritu maligno y te conduzca a la vida eterna. Luego le da la comunión, y enseguida un poco de agua para que le pase al estómago, porque sus fauces están enteramente secas.

Inmediatamente le suministra la Extremaunción, y le unge los ojos, pronunciando estas palabras: Por esta santa unción y por su misericordia infinita te perdone Dios cuanto le ofendiste con la vista. Sigue ungiéndole los demás sentidos, a saber: los oídos, las narices, la boca, las manos, los pies, y los riñones, diciendo: Perdónete Dios  lo que le ofendistes  por los oídos, por el olfato, por el gusto, por la conversación, por el tacto, por los pasos y por la delectación sensual. Y al mismo tiempo va recordando el demonio al enfermo todos los pecados que cometió por medio de estos sentidos diciéndole: ¿Cómo podrás salvarte con tantos pecados?¡Oh, cuanto te amedrentarán entonces aquellas culpas graves que suelen llamarse fragilidades humanas! Los mundanos no hacen caso de ellas, mientras gozan de buena salud; pero en aquel lance será cada una de ellas una espada que le traspasará el alma.

Punto tercero: Lo que sucede al tiempo de morir.
Después de la administrados los sacramentos, sale el sacerdote y deja solo al enfermo. Este permanece más espantado que antes, al considerar que todo lo ha hecho con la mayor confusión y que tiene la conciencia inquieta. Entre tanto, se dejan ver más claramente las señales de la muerte; porque el enfermo se cubre de un  sudor frío, se le oscurece la vista, y no puede conocer ya a los que lo rodean; le falta el habla y se le acaba la respiración. Entre las tinieblas de la muerte, dice en su interior: ¡Oh, si yo tuviese más tiempo! ¡Si lograse al menos tener serena la imaginación un sólo día, para hacer una buena confesión! Y es que el desgraciado duda de la que hizo, por no haber sabido hacer un verdadero acto de dolor. Más sus deseos son vanos, porque ya no hay tiempo para él, como dice el Apocalipsis.

El confesor tiene ya preparado el libro para intimarle el destierro de éste mundo, de este modo: Sal, alma cristiana, de éste mundo. El, entretanto sigue reflexionando en su interior de este modo: ¡Oh años de mi vida perdidos para mí! ¡Oh, cuán necio he sido! Pero ¿cúando le ocurren éstas ideas? Cuando va a terminar para él la escena de éste mundo, y se le acaba la vida; cuando ve llegar aquel gran momento, del cual depende su felicidad eterna o su desgracia.

Mas ya los ojos se le petrifican, las extremidades del cuerpo se le hielan, y todo él parece un frío cadáver. Su agonía comienza, y el sacerdote comienza también la recomendación del alma. Terminada, el confesor toca los pulsos del moribundo, y ve que han cesado sus funciones como el movimiento de un reloj que no tiene cuerda. Entonces el sacerdote que le asiste alza la voz, y le dice, por si acaso le puede escuchar: Dios mío, asistidme: Dios mío, socorredme, haced misericordia de mí. Jesús mío crucificado, salvadme por vuestra pasión: Virgen purísima, ayudadme. San José, San Miguel Arcángel, Ángel custodio, amparadme. Santos del Paraíso, rogad todos a Jesús por mí. Jesús, Jesús, Jesús y María, yo os entrego mi corazón y mi alma. Dichas estas últimas palabras, el moribundo da un suspiro, las lágrimas le brotan en los ojos, su pecho exhala tres o cuatro gemidos, y en el último entrega su alma al Creador.

Entonces el sacerdote le acerca la candela a la boca para ver si respira todavía; pero ve que la llama no se mueve, y reconoce que ha expirado ya. Por lo tanto dice Requiescat in pache: y volviéndose a los circunstantes añade: Ha muerto, señores, ha volado a la eternidad. Dios nos conceda largos años de vida para rogar por él. Es verdad que ha muerto, pero ¿cómo ha muerto? Se ignora si se ha salvado, o condenado; lo que se sabe es, que ha muerto combatido de una terrible tempestad. Éste es el fin que espera a todos los desgraciados que han pensado poco en Dios durante su vida.

Inmediatamente visten el cadáver antes que se enfríe como el mármol. Para este fin eligen los vestidos más usados, puesto que han de pudrirse en el sepulcro. Ponen a un lado dos cirios encendidos, corren las cortinas de su alcoba, y se salen todos del aposento. Avisan al párroco para que vega a la mañana siguiente a recoger el cadáver. El día siguiente vienen los sacerdotes, preparan las exequias, y se llevan el cadáver, y éste es el último paseo que hace en éste mundo. Los sacerdotes cantan el De profundis clamavi ad te, Domine, y los que presencian las exequias hablan del difunto. El uno dice que era un soberbio; el otro que debía haber muerto diez años antes. Y no falta quien añada, que fue feliz, porque tuvo dinero, una hermosa casa, y una bella quinta; pero que nada de ésto se lleva al otro mundo. Mientras hablan de éste modo, quizá el difunto está ardiendo en los Infiernos. Al fin, se le canta el Requiescat in pace. Sí, descansará en paz, si murió en la amistad de Dios; pero ¿que paz ha de gozar si murió en pecado? Para él no habrá paz mientras Dios sea Dios. Inmediatamente se abre la sepultura, se mete en ella el cadáver; se pone encima la lápida, y se deja allí para que sea pasto de gusanos: los parientes se visten de luto, después de haberse distribuido sus riquezas: derraman algunas lágrimas por bien parecer; y pasados dos o tres días, ya no se acuerdan de él. Ved, oyentes míos, el triste fin que a todos nos espera; y vean también los hombres mundanos la confusión que les aguarda a la hora de la muerte, si mientras son jóvenes y tienen salud, viven olvidados del negocio de su salvación. ¿Queréis no hallaros defraudados cuando llegue la hora de la muerte?, como nos dice el santo Evangelio. Obrad bien mientras tenéis tiempo, para que no os sorprenda la muerte. Hacedlo así, amados cristianos, y de este modo aseguraréis vuestra salvación, que es el negocio que más nos importa a los tristes desterrados en este valle de miserias."


Fuente:
"Sermones abreviados para todas las dominicas del año", San Alfonso María de Ligorio; Pons y Ca. Libreros editores, 1847

Todo fenece, y fenece pronto (Sermón de San Alfonso María de Ligorio)


"Todo fenece, y fenece pronto.", sermón para el décimo cuarto domingo después de Pentecostés por San Alfonso Maria de Ligorio.

"Pero la desgracia es que los mundanos no están dispuestos a pensar en la muerte hasta que llegue la hora en que deban partir de esta tierra para ir a la eternidad; y por lo tanto viven tan apegados al mundo, como si nunca fueran a separarse de él. Pero nuestra vida es corta, y pronto terminará; por lo tanto, todas las cosas deben terminar, y deben terminar pronto."
Fuente:
Audio: Fourteenth Sunday after Pentecost - All Ends, and Soon Ends
Saint Alphonsus de Liguori
http://traditionalcatholicsermons.org/

La Infeliz Muerte del Avaro (Sermón del P. Francis Hunolt)


"La Infeliz Muerte del Avaro", sermón para el tercer domingo después de Pascua por el P. Francis Hunolt, SJ.

"Me temo que son muy pocos los que sacan provecho de este sermón, porque las personas o bien se niegan a reconocer que son avaros, aunque en realidad están infectados con ese vicio, o bien sostienen que muy pocos son adictos a él."

Fuente:
Short Sermons of Father Francis Hunolt
10th Sunday after Pentecost
"The Unhappy Death of the Avaricious"
Sermón leído por AM
Holy Family Publications
https://jmjsite.com/

La Muerte del Pecador (Sermón de San Alfonso María de Ligorio)


"La Muerte del Pecador", sermón para el noveno domingo después de Pentecostés por San Alfonso Maria de Ligorio.

"Y Dios os da este tiempo. Te llama y te advierte del peligro de condenación al que estás expuesto. Entréguese, entonces, instantáneamente a Dios. ¿A qué esperas? ¿Esperarás a que te mande al infierno?

Aprovechad este tiempo y esta luz que Dios os da en este momento, y ahora, mientras esté en vuestro poder, arrepentíos de todos vuestros pecados pasados; porque llegará un momento en que ya no podréis evitar el castigo que merecen."

Fuente: Audio: Ninth Sunday after Pentecost: On the Death of the Sinner
Saint Alphonsus de Liguori
http://traditionalcatholicsermons.org/

La Muerte es Cierta e Incierta (Sermón de San Alfonso María de Ligorio)


"La Muerte es Cierta e Incierta", sermón para el cuarto domingo después de Pentecostés por San Alfonso Maria de Ligorio.

"¿Y no estás en el camino de la muerte? ¿Por qué entonces solo buscas la satisfacción de los sentidos? ¿Por qué no pensáis en preparar las cuentas que algún día, y quizás muy pronto, tendréis que rendir ante el tribunal de Jesucristo?"

Fuente:
Audio: Fourth Sunday after Pentecost: Death is certain and uncertain
Saint Alphonsus de Liguori
http://traditionalcatholicsermons.org/

La Consideración sobre Nuestro Último Fin (Sermón del P. Francis Hunolt)


"La Consideración sobre Nuestro Último Fin", sermón para el cuarto domingo después de Pascua por el P. Francis Hunolt, SJ.

"Si reflexionamos a menudo sobre esta verdad de forma seria y profunda: Me estoy apresurando a la tumba, ¿deberíamos entonces atormentarnos tanto con preocupaciones inquietantes y fatigosos trabajos por el bien del cuerpo mortal, o acumular dinero, o disfrutar de los placeres de la vida? En el nombre de Dios, ¿de qué sirven esos deseos tan desordenados?"

Fuente: Short Sermons of Father Francis Hunolt 4th Sunday after Easter "The Consideration of Our Last End" Sermón leído por AM Holy Family Publications https://jmjsite.com/

¿Todos se salvan? ¿Se salvan pocos?


"Las dificultades no deben acobardarte. La puerta del cielo es estrecha, es verdad; pero se puede entrar por ella si te esfuerzas a entrar como te dice Jesucristo. Un buen marinero, un buen soldado, no pierde el ánimo en el mayor peligro, sino que se anima y trabaja más. No te acobarde tu flaqueza; todo lo puedes en aquel Dios que te da fuerza. El ejemplo de los tibios y poltrones no sea tu regla; ni digas: otros hacen lo mismo en la Iglesia, en el convento, etc. Vive con los pocos, si quieres salvarte con los pocos que se salvan. Sálvate, pues, con los pocos. ¿No te aconsejo bien? ¿Pues qué haces?" (P. Belmonte. “Jesús al corazón del sacerdote secular y regular, o, Consideraciones eclesiásticas para cada día del mes”, 1847)

Textos recomendados:
1. «El pequeño número de los que se salvan» por San Leonardo de Porto-Maurizio. http://bit.ly/2GHVpOa
2. Sermón «Del número de los que se salvan» en "Misiones y sermones del P. Pedro de Calatayud" Tomo III, 1796. Disponible en PDF: http://bit.ly/2V0l5Qq

Música: "Egmont Overture" intérprete Kevin Macleod. CC By 4.0. Source: youtube.com/audiolibrary/music

De los engaños y daños gravisimos que trae el olvido de la muerte, y el modo como se han de remediar



"De la parábola del rico codicioso. — Esta meditación fundaré en lo que Cristo nuestro Señor dice de un hombre rico, el cual, habiendo cogido copiosos frutos de su heredad, echaba trazas dentro de sí mismo de ensanchar sus graneros para recogerlos y guardarlos; y hablando con su alma, la dijo: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años, descansa, come y bebe y date a placer. Y luego le dijo Dios: Necio, esta noche te pedirán y sacarán el alma; las cosas que allegaste ¿Tuyas serán? (Luc. XII, 19). En persona de este rico tan olvidado de su muerte, se representa lo que pasa por los que tienen semejante olvido, especialmente cuando son ricos, sanos y mozos; lo cual he de aplicar a mí mismo, en la forma que se sigue.

Punto Primero.— 1. Lo primero, se han de considerar tres grandes engaños que trae consigo el olvido de la muerte, por razón de los cuales Dios nuestro Señor llamó necio a este rico. El primer engaño es, prometerme muchos años de vida, y echar trazas de lo que tengo de hacer en ellos, como si esto dependiera solamente de mi voluntad y no de la de Dios, el cual quizá tiene trazado de quitarme la vida en la misma noche o día en que pensaba que seria muy larga, y con esto deshace mis trazas, y descubre como eran muy erradas. Por lo cual me reprenderé con las palabras de Santiago apóstol (c. IV, 13), diciéndome: ¿Cómo te atreves a decir, mañana iré a tal ciudad y estaré allí un año, negociaré y saldré con ganancia; y no sabes lo que será de ti mañana? Porque tu vida es un vapor que presto se deshace. Mas razón fuera que dijeras: Si Dios quisiere y viviere, haré esto o aquello; porque de otra manera te hallarás burlado si Dios ha trazado lo contrario.

De la memoria de la muerte, y del polvo en que nos hemos de convertir en la sepultura



"Esta meditación se fundará en las palabras de que usa la Iglesia, el miércoles de Ceniza (Genes. III, 19): Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris. Acuérdate, hombre, que eres polvo, y que te has de convertir en polvo; las cuales dijo Nuestro Señor a Adán después que pecó, intimándole la sentencia de muerte que merecía su pecado. Y de camino nos declara lo que fuimos, lo que seremos y lo que somos, diciendo que todo es polvo.

Punto Primero. — 1. Lo primero, se ha de considerar como Dios nuestro Señor, aunque pudiera criar el cuerpo de Adán de nada, como crio su alma, no quiso sino hacerle de una materia por una parte vilísima y groserísima, y por otra parte visible y palpable, que es el polvo y lodo de la tierra, para que viendo cada día con sus ojos corporales este lodo (Genes, II, 7), se acordase continuamente de su origen y principio para dos fines. El primero, para que se humillase profundamente, y entendiese que de suyo merece ser despreciado, pisado y hollado como lodo, y que no tiene por qué envanecerse, aunque tenga grandes bienes, pues todos se fundan en polvo. Y el segundo, para que se moviese a amar y servir a su Criador, tan amoroso y poderoso, que de tan vil polvo le levantó a tanta alteza, como es ser hombre, con la imagen y semejanza del mismo Dios.