La Fe Cristiana: Vanidad
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La Vanidad del Mundo (Sermón de San Alfonso María de Ligorio)


"La Vanidad del Mundo", sermón para el sexto domingo después de Pentecostés por San Alfonso Maria de Ligorio.

"Como el tiempo de nuestra morada en esta tierra es corto, y como todo debe terminar con nuestra muerte, aprovechemos este mundo para despreciarlo, como si no existiera para nosotros; y trabajemos para adquirir los tesoros eternos del Paraíso, donde, como dice el Evangelio, no hay polillas para consumir, ni ladrones para robarlas."
Fuente:
Audio: Sixth Sunday After Pentecost:
On the Vanity of the World
Saint Alphonsus de Liguori
http://traditionalcatholicsermons.org/

De los falsos atractivos que usa el diablo para engañarnos



"Punto Primero. — Considera que el amor de los deleites, el amor de las honras y el amor de las riquezas son las tres grandes máquinas que dan impulso a las operaciones de los hombres, y ponen en movimiento todas las pasiones. Como el enemigo de la salvación conoce muy bien la violenta inclinación del corazón humano a estos tres objetos, no cesa de combatirle por estos tres flancos. El ejemplo solo de Salomón debiera bastar para nuestro desengaño. Este poderoso Rey no negó gusto alguno a sus sentidos; colmado de bienes, de honras, de aplausos y de deleites, se vio precisado a confesar, cuando estaba como anegado en un golfo de delicias, que todo cuanto había hallado en la tierra era vanidad y aflicción de espíritu; y todas las mayores brillanteces del mundo, engaño, trampantojos, apariencia e ilusión. Con efecto, ¿qué otras cosas se pueden encontrar en este destierro? Es cierto que el mundo promete siempre riquezas y grandes honores; pero ¿de cuándo acá fue el árbitro ni el distribuidor de esos bienes? Empeña en grandes gastos a los que siguen su partido; pero ¿qué fruto sacan de ellos? ¿cuál es su recompensa? ¿Acaso fueron nunca herencia de los mundanos la paz, el gusto ni la dulce tranquilidad de la vida? Promételes el mundo deleites; pero ¿no les emboca en vez de deleites amargas pesadumbres? ¿Brindales jamás con algún deleite que no se le de desleído en hiel? ¿disfrutase alguno tras el cual no venga el arrepentimiento y el dolor? Promete el mundo grandes honras; pero ¿acaso es dueño de ellas? Y ¿podrá uno prometerse sincera veneración donde todo está lleno de envidiosos, de malignos y de concurrentes?

Como para gozar de Dios conviene Despreciar las Vanidades del Mundo



«Ninguno puede servir a dos señores» dice Cristo nuestro Redentor. Suave es la divina consolación, y esta no es para todos, sino para los que desprecian las vanidades del mundo. No es posible gustar de Dios y amar desordenadamente las cosas de esta vida. Todos quieren gozar de la suave conversación del Señor, pero muy pocos son los que quieren perder sus intereses y menospreciar de corazón los bienes terrenales. Desean recibir la interior consolación del alma, y juntamente satisfacer a sus apetitos. Si quieres seguir a Cristo, conviene negar a ti mismo. Despídete del mundo, para gozar de Dios.

De los Samaritanos, que eran una gente perdida, dice la Escritura que temían a Dios, y juntamente con esto tenían ídolos que adoraban. No puedes temer a Dios con amor filial y verdadero y adorar el vicio que amas. Por amor de esto mandó Jacob a los suyos quitar los ídolos, para orar y sacrificar a Dios. Contrarios son Jesucristo y el demonio; ninguna cosa tienen común, ni pueden morar juntos. Quita primero el amor del mundo si quieres que venga Dios a tu alma. No podrás gustar de Dios hasta que los bienes de este mundo y sus deleites tengas por amargos y desabridos. Cuando las cosas de este siglo tuvieres por acedas, entonces está tu ánima dispuesta para recibirla interior consolación de Jesucristo. Como es imposible mirar con un ojo al cielo, y con el otro a la tierra, así no cabe en razón, ni se compadece, que teniendo las afecciones en los bienes terrenales, quieras gozar de las espirituales consolaciones. Si quieres gozar de Dios, forzoso es que seas privado de todo género de mundana y sensual consolación. Si quieres gozar del sol, vuelve las espaldas a la sombra. Vuelve las espaldas al mundo despreciando estas sombras y vanidades suyas, y gozarás del Sol de justicia Jesucristo.

Nadie goza de la consolación espiritual sino el que vuelve las espaldas a la terrena. Vil es la consolación humana, pues impide a la Divina. No busques a Dios entre los vergeles, y florestas de los deleites, y pasatiempos del mundo, pues le halló Moisés en entre las espinas de la penitencia y aspereza de la vida. Porque los mundanos le buscan en los regalos, nunca merecen hallarle. Aborrece de corazón toda mundana delectación, y serás de parte de Dios recreado. Desarraiga el amor del mundo de tu alma, para que dé lugar que el divino amor haga presa en ella. No permitió Dios que su Santa Arca y el ídolo Dagon tuviesen un altar: y aunque porfiaron los Filisteos, jamas pudieron hacer que estuviesen juntos. No quiere Dios que esté en pié el ídolo del vicio que adoras, donde está su Divina Persona. No consiente que él y el mundo sean juntamente adorados. Por tanto si a Dios quieres amar, convine despreciar la gloria de este siglo. Nunca, apareció Dios a Moisés estando en Egipto, ni tú esperes gozar de él viviendo entre las tinieblas del mundo. Renuncia el palacio de Faraón menospreciando las honras y vanidades en que vives, porque en el desierto de la vida solitaria hallarás como otro Moisés en el amparo de Dios y espiritual consolación.

En tanto que se hallare en ti la harina de Egipto, no gustarás del maná del cielo. Acábese primero en ti todo amor mundano, y gozarás del amor divino. Tienes el estómago lleno de malos humores, y por eso no recibes el delicado y sustancial manjar del Cielo. Menosprecia de corazón todas las cosas que deleitan debajo del Cielo, y podrás levantar tu ánimo sobre el cielo, y recibir parte de los gozos del Cielo. Aquella pobre viuda por mandado del profeta Elíseo echaba aceite en los vasos vacíos que sus hijos le ofrecían, y faltando los vasos cesó el aceite, que Dios milagrosamente había multiplicado. Si quieres que Dios derrame en tu corazón su divina gracia, conviene que se le ofrezcas vacío de amor mundano. Aparejada está la divina largueza, para comunicarte sus dones, y los da a quien le ofrece el corazón desocupado de todo lo que es mundo, y sabe a mundo. Y si cesa esta celestial consolación, es porque cesas tú de darle vaso vacío, en que ese Divino licor se derrame.

Cuando cesó el aceite, no fue por culpa del magnífico dador, sino por falta de vasos vacíos. Creeme, que si Dios no te da las gracias que dio a sus grandes amigos, que no es porque no es ahora tan magnífico como entonces, sino porque no dispones tu voluntad como aquellos Santos la disponían y daban a Dios. Entrégate todo a él, quebrando de todo con el mundo, y verás lo mucho que del Señor recibes. Pocos son los que perfectamente renuncian al mundo y a sí mismos. Muchos quieren tener dos respetos, y entregándose a Dios reservan los cumplimientos que tienen con el mundo. No te sea grave apartarte de los amigos y parientes, pues no sirven, sino de impedir el camino del Cielo. No revela Dios al alma sus íntimos secretos delante de testigos, ni quiere conversar con el bullicioso, que en muchos negocios se ocupa. Ninguno es amado del mundo sino el que es desechado de Cristo y ninguno es querido de Cristo sino aquel que el mundo desprecia. David recibió al siervo egipcio a quien su amo había desechado. Así recibe Dios a los que el mundo desecha. Presto oyen la voz de Dios los que no tienen en este mundo cosas que los deleitan. No puedes perfectamente amar a Dios si no desprecias a tí mismo, y al mundo, por Dios. En esto verás si amas a Dios, echando la cuenta con el amor que tienes al mundo. Cuanto a Dios más amares, tanto estimarás en menos las cosas de la tierra. No quiere el Señor nuestro corazón partido ni dividido, sino entero. Por no perder un bien tan verdadero, ten en poco estos falsos bienes: y alcanzarás la perfecta consolación del espíritu."

Fuente: "Tratado de la vanidad del mundo", Fray Diego de Estella, 1787 - [Negrillas son nuestras.]

La Obligación de la Limosna



"La limosna, es una obra de obligación, no de supererogación. Dios no se contenta con aconsejárnosla, sino que nos la manda; pues condena al Infierno a los que no la hacen: Yo he tenido hambre en la persona de los pobres (dice el Salvador) y no me habéis dado de comer; id, pues, al fuego eterno (Mt 25,31-46). Este era todo el pecado del Rico Avariento, el Evangelio no señala, que fuese ni violento, ni injusto, pero era duro con los pobres, y esto basto para condenarle. (...) Es hurtar, el no dar limosna; porque esta es un tributo, que pagamos a Dios, como a nuestro Soberano; los pobres son los receptores; las manos de ellos, su erario; es rebelarse contra su príncipe, el negarle el tributo; el rico, solo es administrador de sus bienes; Dios es el Señor; el administrador, roba a su amo, cuando no emplea sus rentas en los gastos de su casa.

(...)

La abundancia del rico (dice el Apóstol) debe suplir a la necesidad del pobre, y lo superfluo de uno, es lo necesario del otro; negárselo, es robarle en alguna manera. El pan que se echa a perder en tu casa; el dinero, que te es inútil, no es tuyo, dice San Basilio: Si el pobre muere, por falta de este socorro, tú tienes culpa en su muerte. Su miseria pide con gritos la venganza contra tú dureza, y arma a la misericordia misma contra ti; si la misericordia te condena, ¿Adónde hallaras asilo?

A la dureza del rico, nunca faltan pretextos para justificarse. Los tiempos, se suele decir, son muy miserables, y muy calamitosos; bien está, pero por eso los pobres tienen más que sufrir, y necesitan más que los socorras. (...) No nos acordamos de la miseria de los tiempos cuando es menester satisfacer al lujo o la pasión; solamente nos acordamos de eso, cuando se trata de dar alguna cosa a Jesucristo en sus miembros, y emplear lo que sobra; pero ¿dónde está, se dice, lo que sobra, o lo superfluo? Nadie tiene hoy nada de sobra. No hay duda, que nada tienen de sobra o de superfluo la avaricia, la vanidad, la ambición; pero si lo tienen, la modestia y la caridad. Modera tus pasiones, y hallarás, que te sobra mucho. Acuérdate, que eres Cristiano, y que por esta calidad te obligaste a renunciar a las vanidades, y pompas del siglo; tú hallarás en la práctica de esta renuncia, a que estas obligado, un fondo suficiente para socorrer la necesidad de los pobres. El juego y las diversiones han arruinado muchas familias, no se sabe, que la limosna las haya desacomodado, antes si, sabemos muchas, que las ha restablecido".

Fuente: "Pensamientos o Reflexiones Cristianas, para todos los días del año", Padre Francisco Nepueu, Tomo III, Julio, Día XVII - [Negrillas son nuestras.] / Imagen: Slovenian Ethnographic Museum / Licencia foto: CC0 Public Domain

La Vanidad del Mundo



San Alfonso María de Ligorio, al referirse sobre la vanidad del mundo nos recuerda que: «Todos los bienes de la tierra, las riquezas, los honores, los placeres deleitan los sentidos del cuerpo, pero no pueden saciar al alma que fue criada por Dios y para Dios, y este solo puede contentarla» y nos demuestra la triste y engañada vida que tienen los amadores de este mundo; y el gran peligro en que se encuentran de pasar otra todavía más infeliz en la eternidad. Al respecto nos dice lo siguiente:
El real Profeta exclama contra los mundanos, diciéndoles: «Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo tendréis el corazón pegado a la tierra? ¿Por qué amáis la vanidad, y andáis tras la mentira?» (Sal 4,5). ¿Creéis acaso que encontrareis la paz en los bienes del mundo? Pero ¿cómo habéis de hallarla, si abandonáis el camino de la verdadera paz, y seguís los caminos de la aflicción y de la infelicidad? Por eso dice David: «Siguieron por el camino de la aflicción y de la desgracia, y no conocieron el de la paz» (Sal 15,5). Vosotros, pecadores, esperáis conseguir la paz del mundo; pero ¿cómo ha de daros el mundo la paz que buscáis, si dice San Juan que «el mundo está lleno de iniquidades» (Jn 5,19)?. Por eso los mundanos viven esclavos del demonio; y por eso el Señor ha declarado que no hay paz en el mundo para los impíos que viven privados de su gracia (Is 48,22).

Los bienes del mundo, son bienes aparentes que no pueden saciar jamás el corazón del hombre. (...) Y en efecto, si los bienes de este mundo contentasen al hombre, serian enteramente felices los poderosos y los ricos; pero la experiencia demuestra todo lo contrario: ella nos hace ver, que estos son los más desgraciados y que viven siempre oprimidos del temor, de la envidia, y de la tristeza. Oigamos al rey Salomón que abundó de estos bienes, y sin embargo dice: «Todas las cosas de este mundo son vanidad y aflicción de espíritu» (Ecl 14,1). Y no solamente son vanidad y aflicción, sino tormento de la pobre alma que no halla en los bienes de la tierra ninguno que la contente, sino que todos la afligen y la llenan de amargura. (...) Así es en efecto: piensa el hombre que los bienes terrenos podrán saciar su corazón ; pero como ve por experiencia, que a medida que los adquiere, observa el mismo vacío, jamás está contento , y cada día desea más. Dichoso aquel que no busca sino a Dios; porque Dios, como dice David, «sabrá saciar todos los deseos de su corazón» (Sal 56,4). Por eso dijo San Agustín: «¿Qué buscas en los bienes de este mundo, hombrecillo? busca a aquel bien que los contiene a todos». Y habiendo el Santo conocido por experiencia, que los bienes de este mundo no contentan nuestro corazón, sino que le afligen más, volviéndose hacia Dios, le decía: «En todos hallo aflicción, tú solo eres mi descanso». (...) Y en efecto, porque la paz que goza el que no quiere más que a Dios, vale más que todo el placer que pueden causar las criaturas, que si bien recrean el sentido, no pueden sin embargo contentar el corazón del hombre.

(...)

El profeta Oseas nos advierte, que «el mundo tiene en la mano una balanza engañosa» (Os 12,7). Es preciso pues que pesemos los bienes en la balanza de Dios, y no en la del mundo, que hace que las cosas parezcan lo que no son. ¿Qué son en limpio las cosas de esta vida, o los bienes del mundo? Los días de mi vida, dice Job, pasaron con más velocidad que un caballo que corre, como las naves que conducen frutas (Job 9,25-26.) Las naves significan la vida del hombre que pasa ligera, y corre hacia la muerte: pero si el hombre atendió solamente a adquirir bienes terrenos, estos no son más que frutas, que se marchitan a la hora de la muerte, y no se pueden llevar al otro mundo. Falsamente, dice San Ambrosio, llamamos bienes nuestros aquellos que no podemos llevarnos con nosotros a la eternidad, donde hemos de vivir siempre, y a donde solamente nos ha de acompañar la virtud. (...)

¡O si los hombres tuviesen siempre presente aquella gran sentencia de Jesucristo que dice: «¿Qué aprovecha al hombre juntar todas las riquezas del mundo, si pierde su alma?» (Mt 6,26). Seguramente que dejaría de amarlas. Porque ¿de qué le servirán todas ellas a la hora de la muerte, si su alma es condenada al infierno por toda la eternidad? ¿A cuántos movió esta sentencia a encerrarse en los claustros, o retirarse a los desiertos, y a exponerse a los tormentos y a la muerte, como hicieron los santos mártires? (...) Este mismo pensamiento de la vanidad del mundo movió a San Francisco de Borja a retirarse de él; el cual al ver el desfigurado cadáver de la emperatriz Isabel, que había muerto en la flor de su juventud, determinó servir únicamente a Dios, diciendo: «¿Con que este es el fin que tienen las grandezas y las testas coronadas de este mundo? Quiero pues desde hoy en adelante servir a un amo que no pueda morir». El día de la muerte se llama día de perdición en el Deuteronomio (52.55). Y lo es en efecto; porque en aquel día hemos de perder y abandonar todos los bienes del mundo, todas las riquezas, todos los honores, todos los placeres. Las sombras de la muerte hacen desaparecer todos los tesoros y las grandezas terrenas, y reducen a la nada las púrpuras y las coronas. Decía sor Margarita de Santa Ana, carmelita descalza, hija del emperador Rodolfo II: «¿De qué sirve el ser rey a la hora de la muerte?» Y en efecto la hora funesta de la muerte pone fin a todas las delicias y pompas de la tierra. San Gregorio dice que son «falaces todos aquellos bienes que no pueden permanecer siempre con nosotros, ni saciar todos nuestros deseos». (...)

Bien confiesan esta verdad, aunque inútilmente, los infelices condenados en el infierno, en donde exclaman llorando sin cesar: «¿De qué nos aprovechó la soberbia, o la jactancia que cifrábamos en las riquezas? Todas aquellas cosas se desvanecieron como la sombra» (Sab 5,8-9). En verdad, se desvaneció para estos desgraciados, y solo les queda llanto y desesperación eterna. En vista de esto, abramos los ojos, oyentes míos, y procuremos salvar esta alma que poseemos, porque si la perdemos, ya no podemos salvarla en la otra vida. (...) Procuremos proveernos en esta vida de aquellos bienes que no puede arrebatarnos la muerte. Porque si hemos atesorado solamente bienes terrenos, en aquella última hora seremos llamados necios, y nos dirán lo que se dijo a aquel hombre rico de quien hace mención San Lucas. Este rico había recolectado una buena cosecha en sus campos y se decía a sí mismo: «Alma mía, tienes muchos bienes amontonados para muchos años; descansa, come, bebe y diviértete» (Lc 12,19). Pero Dios le dijo al punto: «Necio, esta noche te pedirán el alma; y todo eso que has amontonado ¿de quién será?» (Lc 12,20). Dice, te pedirán, porque al hombre no se le ha dado el alma en dominio, de modo que pueda disponer de ella a su arbitrio, sino en depósito, para que la guarde para Dios y se la vuelva después cuando se presente al tribunal del supremo Juez. Y después concluye el Evangelio: Lo mismo sucede al que procura hacerse rico de bienes terrenos, y no de amor de Dios y de virtudes (Lc 12,21). Por eso dice San Agustín: «¿Qué es lo que tiene el rico si no tiene caridad? ¿Y qué le falta al pobre que la tiene?».  El que tiene todos los tesoros de la tierra y no tiene a Dios, es el más pobre del mundo; pero el pobre que tiene a Dios, todo lo tiene, aunque le falten los bienes de la tierra.

Cosa extraña, dice Jesucristo: «los hijos de este siglo, o amadores del mundo, son en sus negocios, mas sagaces que los hijos de la luz, o del evangelio, en el negocio de su eterna salud» (Lc 16,8) (...) ¡Cuántas incomodidades sufren los hombres por adquirir esta posesión, o aquel empleo! ¡Cuánto cuidado ponen en conservar la salud del cuerpo! Consultan al mejor médico, toman las mejores medicinas, observan con el mayor rigor cuanto se les manda. Pues por la salud del alma son tan descuidados los cristianos que no quieren sufrir la menor incomodidad. Pero a la luz de la candela de la muerte, en aquel tiempo que se llama tiempo de verdad, porque entonces se desvanecen todas nuestras ilusiones, conocen y confiesan los mundanos toda su locura. Entonces es cuando dicen todos: Ojalá me hubiese santificado. Ojalá hubiese abandonado todas las cosas del mundo y amado solamente a Dios. (...)

¿Y qué otra cosa es nuestra vida presente sino un drama que termina en un momento? Drama que puede terminar cuando menos lo esperamos. (...) Puesto que nuestra permanencia en esta tierra es breve, y todo ha de terminar con la muerte, sirvámonos de este mundo únicamente para despreciarle, como si no viviésemos en él, y procuremos adquirirlos tesoros eternos del Paraíso, en donde, como dice el Evangelio, «no hay polilla que los consuma, ni ladrones que los roben»(Mt 6,20). Por eso decía Santa Teresa, que no debemos hacer aprecio de lo que termina con la vida; el verdadero modo de vivir, es vivir de modo que no temamos la muerte. Aquel no la temerá, que viva desengañado de las vanidades de este mundo, y se ocupe únicamente en adquirir aquellos bienes que pueda llevar consigo a la eternidad, y le hagan feliz por los siglos de los siglos, amen".

Fuente: "Sermones abreviados para todas las dominicas del año", San Alfonso María de Ligorio, Tomo I, 1847. [Negrillas son nuestras.] / Imagen: "Vanitas Still-Life" by Evert Collier - Public Domain

Vanidad del Mundo (Preparación para la Muerte - Parte 13)




La "Vanidad del Mundo" es la decimotercera meditación del libro "Preparación para la muerte o consideraciones sobre la verdades eternas" de San Alfonso María de Ligorio, en la cual nos enseña la nula utilidad en esta vida de buscar las riquezas, honores, placeres; dado que ninguna de ellas, pueden saciar totalmente el alma, y en la hora de la muerte, ninguna de ella servirá de algo. "¿De qué sirve, pues —dice Jesucristo (Mt. 16,26)—, ganar todo el mundo, si en la hora de la muerte, perdiendo el alma, se pierde todo?"

"¡Ah Redentor mío!... Habéis sufrido por amarme tantos trabajos e ignominias, y yo he amado tanto los placeres y vanidades del mundo, que por ellos mil veces he pisoteado vuestra gracia. Mas ya que cuando os desprecié no dejabais Vos de buscarme, no puedo temer, Jesús mío, que me abandonéis ahora que os busco y os amo con todo mi corazón, me duelo más de haberos ofendido que si hubiese padecido cualquier otro mal.

¡Oh Dios de mi alma! No quiero ofenderos nuevamente ni en lo más mínimo. Haced que conozca lo que os desagrada, y no lo haré por nada del mundo. Haced que sepa lo que he de hacer para serviros, y lo pondré por obra. Amaros quiero de veros; y por Vos, Señor, abrazaré gustoso cuantos dolores y cruces me enviéis. Dadme la resignación que necesito. Quemad, cortad... Castigadme en esta vida, a fin de que en la otra pueda amaros eternamente.

María, Madre mía, a Vos me encomiendo; no dejéis de rogar a Jesús por mi.". (San Alfonso María de Ligorio, Preparación para la muerte.)


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Audio: Extra Ecclesiam Nulla Salus / Imagen: "Self-portrait with Vanitas Symbols" por David Bailly.