La Fe Cristiana: Espíritu Santo
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La Gracia del Espíritu Santo


Sermón para el domingo de Pentecostés por el P. Francis Hunolt, SJ.

"El Espíritu Santo viene realmente al alma que recibe la gracia santificante, y permanece en ella mientras esa alma se mantiene en gracia. (...) ¡Qué felicidad para un alma en la que el Espíritu Santo ha establecido su morada permanente! ¡Qué felicidad para un pobre mortal estar así lleno del gran Dios!"

Fuente:
Short Sermons of Father Francis Hunolt
Pentecost Sunday
"The Grace of the Holy Ghost"
Sermón leído por AM
Holy Family Publications
https://jmjsite.com/

Los hijos del Espíritu Santo y los Hijos del mundo (Sermones del Santo Cura de Ars)


"Los hijos del Espíritu Santo y los Hijos del mundo" Sermón para el domingo después de Pentecostés por el Santo Cura de Ars.

"Sin duda, queridos hermanos, ese cristiano es un hijo del Espíritu Santo el que evita todos los pecados graves, porque el Espíritu Santo solo puede morar en un alma desunida del pecado grave; Él es el Espíritu más puro a cuyos ojos el pecado es una abominación."

Fuente: "The Sunday Sermons of the Cure of Ars" Pentecost Sunday (Whitsunday) "Children of the Holy Ghost and Children of the World" Sermon read by AM. Holy Family Publications https://jmjsite.com/

Condiciones de la Oración



En el sermón XXXIX demostraré la necesidad que tenemos de orar, y que la oración es un medio eficacísimo para obtener todas las gracias que puedan ayudarnos a conseguir la salvación eterna. San Cipriano escribe, que la oración es omnipotente, y siendo una, todo lo alcanza: Omnipotens est oratio, et una cum sit, omnia potest. Dijo antes el Eclesiático: que ninguno ha invocado jamás la ayuda de Dios que no haya sido escuchado: Quis invocavit eum, et despexit illum ? (Eccl. 2,12.) Y en efecto, no puede dejar de suceder; porque el Señor prometió oír a quien le invoca, cuando dijo: Pedid y recibireis: Petite et accipietis. Pero esto se entiende cuando nosotros le pedimos como se le debe pedir. Muchos piden, pero no alcanzan lo que suplican, porque no piden como deben pedir: Petitis et non accipitis, eo quod mate petatis. (Jac, 4,3.) Para obtener lo que deseamos debemos pedir
Con humildad. Punto I.
Con confianza. Punto II.
Con perseverancia. Punto III.

PUNTO I.
Se debe pedir con humildad.

1. Santiago dice, que Dios no escucha las súplicas de los soberbios: Deus superbis resistit, humilibus autern dat gratiam. (Jac. 4. 6.) Dios no puede sufrir a los soberbios , y por eso se resiste a escuchar sus súplicas y no las oye. Tengan presente esto aquellos hombres soberbios que confían en sus propias fuerzas, y se creen mejores que los otros; y sepan que sus oraciones no serán oídas del Señor.

2. Al contrario , el Señor oye las súplicas de los humildes: Oratio humiliantis se, nubes penetrabit, et non discedet, donec Altissimus aspiciat. (Eccl. 35,21.) Y David escribió, que Dios atiende a la oración de los humildes: Respexit Deus in orationem humilium. (Psal. 101,18.) La oración de aquel que se humilla, sube al cielo, y no vuelve sin que Dios la oiga y la atienda. Humilias te, Deus venit ad te, dice S. Agustín: exaltas te, Deus fugit a te. Cuando nos humillamos, Dios mismo viene a abrazarnos espontáneamente; pero si nos ensoberbecemos y engreímos de nuestra misma sabiduría y de nuestras acciones, Dios nos abandona a nosotros mismos y se aparta de nosotros.

3. Dios no sabe despreciar, ni aun a los pecadores que han sido los más disolutos, cuando se arrepienten de corazón de sus pecados, y se humillan delante de Dios, confesando que son indignos de sus gracias: Cor contritum et humiliatum, Deus non despicies. (Psal. 50, 19.) Pasemos a tratar del punto segundo, sobre el cual tenemos mucho que decir.

PUNTO II.
Se debe pedir con confianza.

4. El Eclesiastés (2. 11.) dice: Nullus speravit in Domino, et confusus est: que ninguno que haya confiado en el Señor, ha sido confundido. ¡O como alientan a los pecadores estas palabras! Por muchas iniquidades que haya cometido, jamás ha habido uno que haya puesto su confianza en Dios que el Señor haya abandonado. El que le ruega con confianza, obtiene todo cuanto le pide: Omnia quaecumque orantes petitis, credite quia accipietis, et evenient vobis. (Marc. 11,24.). Cuando las gracias que pedimos son espirituales y útiles al alma, estemos seguros de que las alcanzaremos. Por esto el Señor nos enseñó, que cuando le pidamos alguna gracia, le llamemos con el nombre de Padre; Pater noster: para que recurramos a él con aquella confianza con que suele recurrir un hijo a un padre que le ama.

5. Si atendemos pues a la promesa que nos ha hecho Jesucristo de oír a quien le ruega, ¿quién puede rezelar, dice S. Agustín, que falte a su promesa la misma verdad? Quis falli metuet, dum promittit veritas? ¿Es por ventura Dios, dice la Escritura, semejante a los hombres, que prometen y no cumplen, o porque mienten al prometer, o porque mudan de parecer después de haber prometido? Non est Deus quasi homo, ut mentiatur, nec ut filius hominis ut mutetur; dixit ergo, et non faciet? (Num. 23,19.) Nuestro Dios no puede mentir, porque es la misma verdad; no puede mudarse, porque es la justicia, la rectitud y sabe las consecuencias de cuanto dispone. ¿Cómo pues ha de dejar de cumplir lo que nos prometió?

6. Por lo mismo que desea tanto nuestro bien, nos exhorta y excita a que le pidamos las gracias que necesitamos. Por eso nos dice por S. Mateo (7. 7.): Pedid y se os dará; buscad y hallareis; llamad y se os abrirá: Petite et dabitur vobis: quaerite et invenietis: pulsate et aperietur vobis. ¿Y como nos había de exhortar a que le pidamos gracias, dice S. Agustín, si no tuviese voluntad de dárnoslas? Non nos hortaretur, ut peteremus, nisi dare vellet. (De Verb. Dom. serm. 5.) Y debemos estar tanto más confiados en que nos dará lo que le pedimos, en cuanto él mismo so obligó a oír nuestras súplicas: Prometiendo debitorrem se fecit. (S. Aug. ibid. serm. 2.)

7. Pero dirá alguno: Yo tengo poca confianza en Dios porque soy pecador: le he sido muy ingrato, y conozco que no merezco ser oído. Pero Sto. Tomás le dice, que nuestras súplicas no se apoyan en nuestros méritos, sino en la divina misericordia: Oratio in impetrando non innititur nostris meritis, sed soli divinae misericordiae (S. Thom. 2 , 2. qu. 178. o. 2, ad 1.) Siempre que le pedimos cosas útiles a nuestra eterna salvación y le suplicamos con confianza, Dios nos escucha. He dicho cosas útiles a la salvación, porque si fuesen cosas nocivas a nuestras almas, el Señor no nos oye ni puede oírnos. Por ejemplo, si alguno quisiese vengar una injuria, o llevar a cabo una ofensa de Dios y le pidiese su auxilio con este fin, seguramente el Señor no le oiría, porque en tal caso, dice San Juan Crisóstomo, es una ofensa de Dios la misma súplica; y nunca debemos pedir a Dios cosas malas o injustas: Qui orat et peccat, non rogat Deum, sed eludit. (S. Joan. Chrys. Hom. 11. in Matth. 6.)

8. Del mismo modo, si imploráis el auxilio divino y queréis que el Señor os ayude, es preciso que vosotros no pongáis ningún impedimento que os haga indignos de ser oídos. Por ejemplo, si pidiereis a Dios que os dé fuerzas para no reincidir en el pecado y no quisieseis evitar las ocasiones de pecar, ni absteneros de ir a aquella casa, ni alejaros de aquel objeto, o de aquella mala compañía, Dios no os escuchará; porque ponéis un impedimento para que Dios oiga vuestra súplica: Opposuisti nubem tibi ne transeat oratio. (Thren. 3,44.) Si después pecais, no debéis quejaros de Dios, diciendo: He suplicado al Señor para que me diera fuerzas para no recaer en el pecado, pero no me ha oído. Porque esto seria no ver que vosotros pusisteis impedimento, no quitando la ocasión, inutilizando de este modo vuestra súplica y haciendo que Dios no la oyera.

9. Es preciso también advertir, que la promesa que hizo Jesucristo de oir al que le suplica, no se entiende respecto de las gracias temporales que le pedimos, como ganar un pleito, tener una buena cosecha, librarnos de alguna enfermedad o persecución; porque aunque Dios concede también estas gracias cuando se las pedimos, esto solamente lo concede cuando es útil a nuestra salud espiritual, pues de otro modo nos lo niega porque nos ama, viendo que tales gracias serían desgracias para nosotros y dañarían a nuestra alma. Dice S. Agustín (tom. 3. cap. 212.) que lo que es útil al enfermo lo conoce mejor el médico, que el enfermo mismo : Quid infirmo sit utile, magis novit medicus, quam aegrotus. Añade, que Dios niega a algunos por misericordia, lo que concede a otros por castigo: Deus negat propitius, quae concedit iratus. Por esto S. Juan Damasceno dice, que cuando no conseguimos las gracias que pedimos, debemos alegrarnos porque es mejor para nosotros que tales gracias nos sean negadas, que concedidas: Etiam si non accipiat, non accipiendo accepisti, interdum enim non accipere, quam accipere satius est. (S. Joan. Damasc. Paral. lib. 3, cap. 15.) Sucede en efecto que muchas veces pedimos el veneno que nos ha de matar. ¡Cuantos por ejemplo se hubiesen salvado, si hubieran muerto durante el estado de aquella enfermedad o pobreza que sufrían! Pero porque recobraron la salud, o porque consiguieron grandes honores y dignidades, se aumentó su soberbia, se olvidaron de Dios y se condenaron. Por este motivo nos exhorta San Juan Crisóstomo a dejar a la voluntad de Dios que nos conceda lo que le pedimos, si es que nos conviene: Orantes in ejus potestate ponamus, ut nos illud, petentes exaudiat, quod ipse nobis expedire cognoscit. (Hom. 15, in Matth.) Debemos por tanto pedir a Dios las gracias temporales siempre con la condición de que sean útiles a nuestra alma.

10. Al contrario , las gracias espirituales, como son el perdón de los pecados, la perseverancia en la virtud, el amor de Dios, debemos pedirlas absolutamente y sin condición, con firme esperanza de obtenerlas: Si vos cum sitis mali, nostis bona data dare filiis vestris, quanto magis Pater vester de caelo dabit spiritum bonum petentibus se? Dice Jesucristo por S. Lucas (11.13.) que si los hombres, siendo malos, saben lo que deben conceder a sus hijos que no les sea perjudicial, mucho mejor sabrá el Padre celestial dar la virtud, el arrepentimiento de las culpas, el divino amor, la conformidad con la divina voluntad a los que le piden estas cosas. ¿Y como podrá Dios, dice S. Bernardo, negar a los que le piden las gracias convenientes a su salvación, cuando él mismo nos exhorta a todos a que le pidamos? Quando Deus negabit, petentibus, qui etiam non petentes hortatur ut petant. (S. Bern. serm. 2, de S. Andr.)

11. Cuando al Señor se le pide, no atiende a si es justo o pecador el que le suplica; porque él mismo dijo generalmente respecto de todos: Omnis enim, qui petit, accipit. (Luc. 11,10.) El autor de la Obra imperfecta interpreta estas palabras y dice: Omnis, quiere decir todo hombre, sea justo o pecador. (Hom. 18.) Y Jesucristo para animarnos a pedir con gran confianza estas gracias espirituales, nos dijo: En verdad os digo, que mi Padre os concederá cuanto le pidiereis en mi nombre: Amen, amen dico vobis , si quid petieritis Patrem in nomine meo, dabit vobis. (Joan. 16, 23.) Como si dijera: Pecadores, si vosotros no merecéis obtener las gracias, yo tengo grandes méritos ante mi Padre; pedid en mi nombre, es decir por mis méritos, y os prometo, que obtendréis cuanto pidáis.

PUNTO III.
Se debe pedir con perseverancia.

12. Sobre todo debemos pedir con grande perseverancia hasta la muerte, sin cansarnos jamás de hacerlo. Esto nos dan a entender aquellos textos de la santa Escritura: Oportet semper orare. (Luc. 18, 1.) Vigilate itaque semper orantes. (Luc. 21, 36.) Sine intermissione orate. (1. Thess. 5, 17.) Conviene que oréis siempre. Velad siempre orando. Orad sin interrupción. Por esto el Eclesiástico nos amonesta diciendo: Non impediaris orare semper. (Eccl. 18, 22.) Que no solamente debemos orar continuamente, sino también procurar siempre quitar los impedimentos que nos estorban la oración; porque dejando de orar, nos privaremos de los auxilios divinos, y quedaremos vencidos por las tentaciones. La perseverancia en la gracia de Dios, es un don absolutamente gratuito que no podemos merecer nosotros, como declaró el Concilio de Trento (sess. 6. cap. 13.); pero S. Agustín dice: que este don puede merecerse suplicando, o por medio de la oración: Hoc Dei donum suppliciter emereri potest, idest supplicando impetrare. (S. Aug. de Donopersev. cap. 6.) Y por esto dice el cardenal Belarmino, que la gracia de la perseverancia debe pedirse todos los dias, para obtenerla todos los dias: Quotidie petenda est, ut quotidie obtineatur. De otro modo, caeremos en pecado el dia que dejemos de pedirla al Señor.

13. Si queremos pues perseverar y salvarnos, porque sin la perseverancia ninguno se salva, debemos pedir continuamente. Nuestra perseverancia hasta la muerte, no solamente depende de un auxilio, sino de muchos, los cuales esperamos alcanzar de Dios durante toda nuestra vida, para conservarnos en su santa gracia. Pues a esta cadena de los auxilios divinos, debe corresponder la cadena de nuestras súplicas, sin la cual el Señor no suele dispensar las gracias. Y si nosotros rompemos la cadena de las súplicas , y dejamos de pedir, el Señor interrumpirá también la cadena de los auxilios, y perderemos la perseverancia. Dice S. Lucas (cap. 11,5.): Si un amigo va a vuestra casa de noche, y os dice: Prestadme tres panes, porque han llegado a mi casa muchos huéspedes, y no tengo que darles a comer: seguramente le responderéis: Ahora estoy en la cama, la puerta, está cerrada, no puedo levantarme. Pero si él insiste en llamar a la puerta y no quiere irse; al fin, ya que no por su amistad, al menos porque no os importune más, os levantareis y le daréis los tres panes que necesita: Etsi non dabit Mi surgens, eo quod amicus ejus sit, propter improbitalem tamen ejus surget, et dabit illi quotquot habet necessarios. (Luc. 11,8.) Pues si al amigo le dais los panes para que no os moleste, ¿cuanto mejor, dice S. Agustín, nos dará Dios lo que le pedimos con instancia cuando nos exhorta a que le pidamos, y se disgusta si no le pedimos?

14. Los hombres se incomodan cuando se les importuna pidiéndoles alguna cosa; pero Dios nos exhorta a que le pidamos repetidamente y no se incomoda, antes se complace de ver que le pedimos incesantemente. Escribe Cornelio a Lapide (in Luc. 11.) que el Señor quiere que perseveremos, pidiéndole hasta serle importunos: Vult nos esse perseverantes in oratione, usque ad importunitatem. Y antes que él dijo S. Jerónimo, que esta importunidad con Dios es oportuna , porque él mismo nos dijo por S. Lucas (11,9.): Pedid y recibiréis; buscad y hallaréis; llamad y seos abrirá. Bastaba que nos hubiese dicho, petite, pedid; pero quiso añadir, quaerite, pulsate; buscad , llamad: porque con esto quiso darnos a entender lo que debemos hacer siempre al pedirle alguna gracia, es decir, lo mismo que hacen los pobres mendicantes cuando piden limosna; que aunque se les despida no dejan por eso de pedir y de insistir hasta que se les da.

13. Si queremos pues que Dios nos conceda la perseverancia , debemos pedírsela hasta serle importunos: al levantarnos por la mañana, cuando oramos, cuando oímos misa, cuando visitamos el Santísimo Sacramento, cuando nos vamos a dormir, y especialmente cuando nos induce el demonio a cometer algún pecado; de modo que debemos estar siempre con la boca abierta, suplicando y diciéndole : Señor, ayudadme, asistidme, iluminadme, dadme fuerza, no me abandonéis. Y esta importunidad con que le suplicamos, no le incomoda, como dice Tertuliano : Haec vis grata Deo, sino que le es muy agradable, y le mueve a concedernos cuanto le suplicamos. Y por lo mismo que se complace mucho de ver honrada a su divina Madre, quiere, como dice S. Bernardo , que recibamos por intercesión de ella todas las gracias que nos dispensa. Por eso dice el mismo Santo: Quaeramus gratiam, et per Mariam quaeramus; quia Mater est, et frustrari non potest: Pidámosle la gracia por medio de María; porque es su madre y no puede negarle cosa alguna. (S. Bern. de Aquocd.) Ea, pues, amados oyentes míos, si queréis que Dios os conceda la perseverancia en la virtud, y la gracia divina que necesitáis para salvaros, pedidla con confianza a Dios incesantemente cuando os levantáis, cuando coméis, cuando os acostáis, de noche, de dia, y especialmente cuando os veáis tentados por el enemigo de vuestras almas; y poned por mediadora a la Virgen María su purísima Madre, que es el cariño de su Hijo, el consuelo de los pecadores, el auxilio de los afligidos y la fuente de toda gracia."


Fuente: "Sermones abreviados para todas las dominicas del año", San Alfonso María de Ligorio, Tomo I, 1847 - [Negrillas son nuestras.]

Nuestra salud eterna está en la oración



"La oración no solo es útil, sino necesaria para nuestra salvación; así es que Dios, que quiere que nos salvemos todos, nos la impone como un precepto: Pedid y os será concedido (Mt 7,7). Uno de los errores de Wiclef, condenado por el concilio de Constanza, era decir, que la oración es de consejo y no de precepto para nosotros. Pero san Lucas dice : Hemos de orar; y adviértase que no dice, es provechoso, ni conveniente, sino hemos de orar. De donde se sigue que los doctores enseñan con verdad, que comete falta grave el que descuida el corazón en darse a Dios, al menos una vez al mes, y en todas las ocasiones en que lucha con alguna tentación violenta.

La razón de esta necesidad de encomendarnos a Dios a menudo, nace de nuestra insuficiencia para hacer ninguna buena obra, y formar por nosotros mismos ningún buen pensamiento. Esta convicción hacia decir a San Felipe Neri que no confiaba en sí mismo. Dios, dice San Agustín, no desea otra cosa sino derramar sus gracias; pero no las concede sino a los que las piden. Y añade el santo Doctor particularmente, que la gracia de la perseverancia no se franquea mas que al que la busca.

Ya que el demonio no cesa de dar vueltas a nuestro alrededor para devorarnos, debemos buscar continuamente nuestra defensa en la oración, como dice Santo Tomás. Jesucristo es el primero que lo ha enseñado así: Conviene orar de continuo y no desfallecer (Lc 18,1). De lo contrario, ¿como podríamos nosotros resistir a las continuas tentaciones que experimentamos de parte del mundo y del infierno? Es un error de Jansenio, condenado por la Iglesia, asegurar que hay preceptos que nos es imposible observar, y que nos falta a veces la gracia que debe hacérnoslos posibles. Dios es fiel, dice San Pablo, y no permite que las asechanzas de la tentación sean mayores que nuestras fuerzas (1 Co 10,13). Pero quiere que acudamos a él cuando nos asalta la tentación y le pidamos el auxilio necesario para resistirla. Nosotros no podríamos observar la ley sin la gracia, Dios nos ha dado la ley para que busquemos la gracia, y nos concede después la gracia para que cumplamos la ley. Esto precisamente inculca el concilio de Trento, cuando dice: Dios no ordena lo imposible; pero cuando ordena algo, nos advierte que hagamos cuanto esté de nuestra parte, y que pidamos lo que no podemos, y nos ayudará para que podamos.

El Señor, pues, se halla enteramente dispuesto a prestarnos su auxilio para que no sucumbamos en la tentación; pero no concede estos auxilios sino a los que acuden a implorarlos para no sucumbir, particularmente contra los estímulos de la carne. Así dice el Sabio: Y como llegué a entender que de otra manera no podría ser continente, si Dios no me lo otorgaba, acudí al Señor y se lo pedí con fervor (Sb 8,21). Ello es que nosotros no tenemos la fuerza suficiente para domar los apetitos carnales, a no ser que nos lo otorgue Dios, esto es: a no ser que Dios venga en nuestro auxilio; pero Dios no vendrá, sino después que le roguemos. Y nuestros ruegos nos alcanzarán fuerza bastante para resistir a todo el infierno por la virtud de este Dios que nos sostiene, como dice san Pablo (Flp 4,13).

Es también importante para obtener la gracia del Señor el recurrir a la intercesión de los santos, que pueden mucho con Dios, mayormente cuando ruegan por sus más fieles devotos. No es este un acto de devoción arbitraria, sino un deber, como lo ha dicho expresamente santo Tomás. Según este Santo el orden de la ley exige que recibamos los socorros necesarios para salvarnos mediante
la intercesión de los Santos.

Todavía se obtienen más fácilmente por la mediación de la santa Virgen María, cuyos ruegos valen mas que todos los de los santos reunidos, con tanto mayor motivo, dice San Bernardo, cuanto por la gracia de María es como logramos acceso hasta Jesucristo nuestro maestro y Salvador.  Pienso, pues, haber probado suficientemente en mi obra sobre las Glorias de María, Cap. 5, 1 y 2, así como en mi escrito sobre la oración, Cap. 1. este parecer de San Bernardo, sostenido por muchos teólogos, tales como el Padre Alejandro y el Padre Contenson, que todas las gracias que recibimos de Dios las obtenemos por la mediación de María. San Bernardo añade : Busquemos la gracia, y busquémosla por medio de María, porque el que busca encuentra, y no puede salir frustrado su ruego. San Pedro Damiano, San Buenaventura, San Bernardino de Sena, San Antonino son igualmente de este parecer.

Roguemos, pues, y roguemos con confianza dice el Apóstol (Hb 4,16). Jesús, sentado ahora en el trono de la gracia para consolar a todos los que recurren a él, ha dicho: Pedid, y os será dado. En el día del juicio estará también sentado en un trono, pero este trono será el de la Justicia. ¡Que insensato es aquel que pudiendo librarse de su miseria, recurriendo a Jesús que le ofrece su gracia, espera el día del juicio en que Jesús será su juez y no usará ya de misericordia! Nos dice ahora que nos concederá todo cuanto le pidamos (Mc 11,24) ¿Qué mas pudiera uno decir a un amigo para probarle su afecto? Pídeme cuanto quieras, yo te lo daré.

Santiago añade : Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, que la da a todos copiosamente, y no zahiere : y le será concedida (St 1,5). La sabiduría de que se trata aquí es la sabiduría de la salvación: para alcanzar esta sabiduría, es preciso pedir al Señor las gracias necesarias a la salud espiritual. ¿Y nos las concederá el Señor? Sí, nos las concederá y nos concederá con profusión mas de las que le habremos pedido. Téngase presente que se ha dicho, que no zahiere a nadie. Si el pecador se arrepiente de sus culpas, pida a Dios su salud. Dios no hará como los hombres, que afean a un ingrato su ingratitud, le zahieren por ella, y le niegan lo que les pide; sino que le concederá sin demora todo lo que le habrá pedido y mucho más. Si pues queremos salvarnos, es menester que hasta la muerte no cese la oración en nuestros labios y que digamos: ¡Dios mio, socorredme! ¡Misericordia, Jesús! ¡Misericordia, oh Virgen María! Si abandonamos la oración, nuestra perdición es segura. Roguemos, pues; roguemos también cada día por las santas almas del purgatorio: estas santas prisioneras son muy agradecidas a las oraciones que por ellas se hacen. Cada vez que oremos pidamos al Señor su gracia por los méritos de Jesucristo, porque el Señor ha dicho que nos concedería todo cuanto le pediríamos en su nombre (Jn 16,23).

¡Dios mio! ved ahí la gracia, que os pido en el día de hoy, por los méritos de vuestro divino Hijo; haced que durante toda mi vida, y sobre todo en mis tentaciones, recorra a vos y espere que me ayudareis por el amor de Jesús y de María. Virgen Santa! alcanzadme esta gracia de que depende mi salud".

Fuente: " Reflexiones piadosas sobre diferentes puntos espirituales dispuestas para las almas que desean crecer en el Amor Divino". (San Alfonso Maria de Ligorio) - [Negrillas son nuestras.]

¿Cómo Prepararse para recibir el Espíritu Santo?



San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia, nos enseña como nos debemos preparar y que disposiciones debemos tener para recibir al Espíritu Santo. Nos dice al respecto lo siguiente: “Lo primero que conviene para que el Espíritu Santo venga a nuestras almas, es que sintamos gran necesidad de Él y que creamos que puede hacer mucho bien en nuestros corazones. Por desconsolada que esté un alma, basta Él para consolarla; por pobre que esté, para enriquecerla; por tibia que esté, para encenderla; por indevota que esté, para inflamarla en ardentísima devoción. ¿Remedio para que venga el Espíritu Santo? Sentir de Él muy magníficamente. Y así dice hablando de la grandeza del Espíritu Santo (Ecl 3,21): «El poder de Dios es muy grande, y de solos los humildes es honrado».

Lo segundo, conviene mucho para que el Espíritu Santo tenga por bien de venir a nuestros corazones, para que no nos deseche y nos tenga en poco, es tener deseo de recibirle y que sea nuestro convidado, un cuidado muy grande, un deseo muy firme y ansioso. ¡Oh si viniese el Espíritu Santo! ¡Oh si viniese aquel consolador a visitar y consolar mi alma! (…) Dice San Bernardo: «Delicada es la consolación Divina y muy sutil, y no se da a los que admiten consolaciones humanas. Despéguese toda alma de consuelo humano, si quiere que el Espíritu Santo la consuele, y éste siempre con ella. Con mucha razón quiere el Espíritu Santo ser deseado». (…)

¿Qué hará el Espíritu Santo, que quiere que el hombre que lo quisiere tenga gran deseo, y también quiere que lo deseen? ¡Cuán deseado fue nuestro Redentor antes que viniese al mundo! Deseólo Adán, deseólo Noé, deseólo Abraham, Isaac, Jacob, deseáronlo los Profetas y Patriarcas; todos lo desearon. (…) Jesucristo fue muy deseado en gran manera, y así quiere el Espíritu Santo ser deseado; porque aquella merced cuadra bien, que antes que venga es bien deseada; y el manjar que por sí es bueno, es mal empleado en quien no tiene gana de comer. (…) No vendrá el Espíritu Santo a ti si no tienes hambre de Él, si no tienes deseo de Él. Y los deseos que tienes de Dios, aposentadores son de Dios, y señal es que si tienes deseos de Dios, presto vendrá a ti. No te canses de desearlo, que, aunque te parezca que lo esperas y no viene y aunque te parezca que lo llamas y no te responde, persevera siempre en el deseo y no te faltará.

Hermano, ten confianza en Él, que aunque no viene cuando tú le llamas, el vendrá cuando vea que te cumple. Porque debes, hermano mío, asentar en tu corazón que, si estás desconsolado y llamas al Espíritu Santo y no viene, es porque aún no tienes el deseo que conviene para recibir tal Huésped. Y si no viene, no es porque no quiere venir, no es porque te tiene olvidado, sino para que perseveres en este deseo, y perseverando hacerte capaz de Él, ensancharte ese corazón, hacer que crezca la confianza, que de su parte te certifico que nadie lo llama que se salga vacío de su consolación. ¡Y cómo dice esto el Real Profeta David! «El deseo de los pobres no lo menospreció Dios, oyólo el Señor». (Sal 21,25) ¿Quién es pobre? «Pobre es aquél que desconfía de sí mismo y confía sólo en Dios»; pobre es aquel que desconfía de su parecer propio y fuerzas, de su hacienda, de su saber, de su poder; aquel es pobre que conoce su bajeza, su gran poquedad; que conoce ser un gusano, una podredumbre, y pone juntamente con esto su arrimo en sólo Dios y confía que es tanta Su Misericordia, que no le dejará vacío de su consolación. Los deseos de estos tales oye Dios.

(…)

¿En qué estamos? ¿Qué es menester para que el Espíritu Santo venga a nuestras almas? No sólo lo hemos de desear, hemos de aderezar la casa limpia. Y esto hacéis cuando os ha de venir un huésped a vuestra casa, ¿cuánta más razón es que esté vuestra alma limpia, que no tengáis malos pensamientos, ni malas palabras, ni malas obras, y que estéis adornados de las virtudes, porque el huésped que esperáis es limpísimo en gran manera? Mirad, más es menester que llamar al Espíritu Santo, más es menester que aderezar la posada; es necesario que aderecéis la comida. Habéis de echar mano a la bolsa, no os ha de doler el gastar mucho, habéis de ser largo y muy liberal. Cuando tenéis un huésped, no os duele comprar sólo lo que a él basta, pero aún compráis para que le sobre; así es menester, hermano; esperáis a este santísimo Huésped, pues Él es tan liberalísimo para con vos, sedlo vos para con Él; Echad mano a la bolsa, y no deis poquedades, dad de comer al hambriento, vestid al huérfano y a la viuda, haced oficio de padre con todos los necesitados.

(…)

Dale de comer al Espíritu Santo, y dale para comer tu corazón, que carne come; pero mira que es carne mortificada lo que come. ¿Qué cosa sería si le pusieses a tu convidado un ave viva? «¿Cómo?» te diría, «Quítala, que esa ave no es para comer». Sube al Cielo muchas veces, y suplícale te lo abrase con fuego de amor; muerta ha de estar tu carne y manida, castigada y mortificada, adornada con ayunos y disciplinas; has de estar muerto al mundo, has de tener tu corazón guardado, en Dios tus pensamientos y deseos levantados. (…) Mira lo que hizo la paloma que echaron del Arca de Noé, echáronla fuera, fue volando, cuando salió, ya había cesado el diluvio, había en la tierra muchos cuerpos muertos, y no se quiso sentar sobre ninguno de ellos, ni descanso entre ellos, sino subióse a una oliva, cogió un ramito con el pico, y volvióse con él al Arca. Así ha de hacer el alma del Cristiano, no asentarse sobre ningún cuerpo muerto, ni tus pensamientos han de estar en cosas muertas, ni perecedera, ni hediondas, mas han de estar en el Cielo, puestos donde está tu tesoro Jesucristo, allí este todo tu corazón. (…)

Dirá alguna alma que se ve tan acorralada y tan medrosa, que hubiere cometido tantos pecados: «Padre ese Espíritu Santo que decís, es Dios, es un Dios Todopoderosos, Dios terrible, yo soy un gusano, una hormiga; ¿cómo querrá venir ese Espíritu Santo a mi posada tan mal aderezada?» Temo que no querrá venir. Si miras a ti, razón tienes por cierto, que no querrá venir el Espíritu Santo; ¿pero sabes que has de hacer? Poner en medio de ti y de Él a Jesucristo y a sus merecimientos, y viendo el Espíritu Santo lo que Jesucristo pasó por ti, por amor de Él, luego vendrá. (…) Ten pues hermano, confianza en estos merecimientos que Jesucristo tuvo; no pienses que es voz muda la que tienes en el Cielo en tu defensa, los merecimientos de Jesucristo está allá abogando por ti; ni tampoco es voz muda si alegas para que el Espíritu Santo venga. No desconfíes, que si los merecimientos de Jesucristo tú das por ellos, te darán el Espíritu Santo.

(…)

Y pues ves hermano, que por los merecimientos de Jesucristo se da el Espíritu Santo, no ceses de pedirlo, no dejes de desearlo con grande deseo, sintiendo de él que vendrá a tu alma; y será tanto consuelo para ti, que nadie bastará a quitártelo. Apareja tu posada, apareja la comida para este huésped, pues tan bien la merece y tantas obligaciones le tienes; hagamos muchas limosnas a los pobres; hagamos misericordia a nuestros prójimos; abstengámonos de todo pecado y de toda falta (…); tengámonos nuestros sentidos muy sujetos; y todos estemos con verdadera confianza, que por su misericordia vendrá en fuego de amor, fortalecerá nuestros corazones, y darnos sus dones".

Fuente: "Obras del Venerable Maestro Juan de Ávila, Clérigo, Apóstol de la Andalucía". Tomo 2. 1792. [Negrillas son nuestras.] / Imagen: music4life - Licencia: CC0 Public Domain

Sobre la Oración del Padre Nuestro


San Pedro Crisólogo, Padre de la Iglesia, y Doctor de la Iglesia, fue Obispo de Ravenna (Italia), en unos de sus sermones, se refiere a la oración dominical, el Padre Nuestro, nos enseña lo siguiente: "Hermanos queridísimos, habéis oído el objeto de la fe; escuchad ahora la oración dominical. Cristo nos enseñó a rezar brevemente, porque desea concedernos enseguida lo que pedimos. ¿Qué no dará a quien le ruega, si se nos ha dado Él mismo sin ser pedido? ¿Cómo vacilará en responder, si se ha adelantado a nuestros deseos al enseñarnos esta plegaria?

(...)

Sienta el corazón que Dios es Padre, lo confiese la lengua, proclámelo el espíritu y todo nuestro ser responda a la gracia sin ningún temor, porque quien se ha mudado de Juez en Padre desea ser amado y no temido.

Padre nuestro, que estás en los cielos. Cuando digas esto no pienses que Dios no se encuentra en la tierra ni en algún lugar determinado; medita más bien que eres de estirpe celeste, que tienes un Padre en el cielo y, viviendo santamente, correspondes a un Padre tan santo. Demuestra que eres hijo de Dios, que no se mancha de vicios humanos, sino que resplandece con las virtudes divinas.

Sea santificado tu nombre. Si somos de tal estirpe, llevamos también su nombre. Por tanto, este nombre que en sí mismo y por sí mismo ya es santo, debe ser santificado en nosotros. El nombre de Dios es honrado o blasfemado según sean nuestras acciones, pues escribe el Apóstol: es blasfemado el nombre de Dios por vuestra causa entre las naciones (Rm 2, 24).

Venganos tu reino. ¿Es que acaso no reina? Aquí pedimos que, reinando siempre de su parte, reine en nosotros de modo que podamos reinar en Él. Hasta ahora ha imperado el diablo, el pecado, la muerte, y la mortalidad fue esclava durante largo tiempo. Pidamos, pues, que reinando Dios, perezca el demonio, desaparezca el pecado, muera la muerte, sea hecha prisionera la cautividad, y nosotros podamos reinar libres en la vida eterna.

Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Éste es el reinado de Dios: cuando en el cielo y en la tierra impere la Voluntad divina, cuando sólo el Señor esté en todos los hombres, entonces Dios vive, Dios obra, Dios reina, Dios es todo, para que, como dice el Apóstol, Dios sea todo en todas las cosas (1 Co 15, 28).

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy. Quien se dio a nosotros como Padre, quien nos adoptó por hijos, quien nos hizo herederos, quien nos transmitió su nombre, su dignidad y su reino, nos manda pedir el alimento cotidiano. ¿Qué busca la humana pobreza en el Reino de Dios, entre los dones divinos? Un padre tan bueno, tan piadoso, tan generoso, ¿no dará el pan a los hijos si no se lo pedimos? Si así fuera, ¿por qué dice: no os preocupéis por la comida, la bebida o el vestido? Manda pedir lo que no nos debe preocupar, porque como Padre celestial quiere que sus hijos celestiales busquen el Pan del Cielo. Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo (Jn 6, 41). Él es el pan nacido de la Virgen, fermentado en la carne, confeccionado en la pasión y puesto en los altares para suministrar cada día a los fieles el alimento celestial.

Y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si tú, hombre, no puedes vivir sin pecado y por eso buscas el perdón, perdona tú siempre; perdona en la medida y cuantas veces quieras ser perdonado. Ya que deseas serlo totalmente, perdona todo y piensa que, perdonando a los demás, a ti mismo te perdonas.

Y no nos dejes caer en la tentación. En el mundo la vida misma es una prueba, pues asegura el Señor: es una tentación la vida del hombre (Job 7,1). Pidamos, pues, que no nos abandone a nuestro arbitrio, sino que en todo momento nos guie con piedad paterna y nos confirme en el sendero de la vida con moderación celestial.

Más líbranos del mal. ¿De qué mal? Del diablo, de quien procede todo mal. Pidamos que nos guarde del mal, porque si no, no podremos gozar del bien.

Fuente: San Pedro Crisólogo - La oración dominical (Sermón 67) - [Negrillas son nuestras.] Video: caparrav / Imagen: The Sermon on the Mount by Carl Heinrich Bloch.

Amar a Dios


Monseñor Isidro Puente Ochoa nos invita a amar a Dios verdaderamente, con todas nuestras fuerzas. Al referirse sobre el otro mandamiento que nos dio Nuestro Señor Jesucristo "amar al prójimo como a ti mismo", nos dice que no es fácil amar a los enemigos, a los que nos odian, a los que nos hacen daño, pero hay que hacerlo.

"Se te manda que ames a Dios de todo corazón, para que le consagres todos tus pensamientos; con toda tu alma, para que le consagres tu vida; con toda tu inteligencia, para que consagres todo tu entendimiento a Aquel de quien has recibido todas estas cosas. No deja parte alguna de nuestra existencia que deba estar ociosa, y que dé lugar a que quiera gozar de otra cosa. Por lo tanto, cualquier otra cosa que queramos amar, conságrese también hacia el punto donde debe fijarse toda la fuerza de nuestro amor. Un hombre es muy bueno, cuando con todas sus fuerzas se inclina hacia el bien inmutable". (San Agustín; Catena Aurea, Mt 22,34-40)

Fuente Video: ecumenicas1