La Fe Cristiana: Purgatorio
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Los novísimos: Charla sobre la Resurrección, el Juicio Universal y el Infierno


Jack Tollers, en esta cuarta charla sobre el tema de "Los Novísimos" o las postrimerías del hombre, aborda el tema de la Resurrección de los muertos, el Juicio Universal y el Infierno.

"La fe nos enseña que hay un fuego eterno, un fuego que obra así sobre el alma como sobre el cuerpo, un fuego que abrasa sin consumir: esto es lo que tenemos que temer. Pero lo que más me asombra es que una verdad tan formidable nos persuada tan poco, y que algunos de vosotros tal vez no se hayan persuadido jamás de ella; lo que me asombra es que siendo tan delicados, tan amantes de nosotros mismos y tan sensibles al dolor, haga en nosotros tan poco efecto el recuerdo de este fuego, que tiene encendido la ira de Dios para castigar nuestros pecados" ("Tesoro de Oratoria Sagrada: Diccionario Apostólico". Aquí puede leer: Cuán insensatos somos en no apartarnos del pecado, creyendo en la existencia del infierno)


Fuente Video: Jack Tollers

Los novísimos: Charla sobre Juicio particular, purgatorio, finimondo y Parusía


En esta Tercera charla sobre el tema de "Los Novísimos" o las postrimerías del hombre, Jack Tollers se refiere al Juicio particular, el purgatorio, finimondo y la Parusía.

Nos dice, San Alfonso María de Ligorio, sobre el Juicio particular, lo siguiente: "De los bienes que hemos recibido de Dios, bien sean dones de naturaleza, o de gracia, no somos dueños de manera que podamos disponer de ellos a nuestro antojo, sino solamente administradores; por lo que debemos emplearlos según la voluntad de Dios, que es el verdadero dueño de ellos y de nosotros mismos. De aquí resulta que hemos de darle cuenta de ellos a la hora de la muerte. Porque, como nos dice Jesucristo por San Pablo, hemos de presentarnos en el tribunal de Dios para que cada uno reciba el premio o el castigo, según los administró, bien o mal. (…) Dice San Buenaventura «No eres dueño, sino administrador de las cosas que te se han confiado, y por lo mismo has de dar cuenta de ellas»" ("Sermones abreviados para todas las dominicas del año". Este sermón lo puede leer aquí: El Juicio Particular)


Fuente Video: Jack Tollers

Los novísimos: Charla sobre la muerte


Jack Tollers en esta segunda charla sobre el tema de "Los Novísimos" o las postrimerías del hombre, se refiere a la muerte.

“Acuérdate de que eres polvo y en polvo te convertirás. Piensa que dentro de pocos años, quizá dentro de pocos meses o días, no serás más que gusanos y podredumbre. Con tal pensamiento se hizo Job (17, 14) un gran santo. A la po­dredumbre dije: Mi padre eres tú, y mi madre y mi her­mana a los gusanos.

Todo ha de acabar. Y si en la muerte pierdes tu alma, todo estará perdido para ti. Considérate ya muerto —dice San Lorenzo Justiniano—, pues sabes que necesaria­mente has de morir. Si ya estuvieses muerto, ¿qué no desearías haber hecho?... Pues ahora que vives, piensa que algún día muerto estará" (San Alfonso María de Ligorio, "Preparación para la Muerte o consideraciones sobre la verdades eternas")


Fuente Video: Jack Tollers

El Drama de Nuestro Tiempo


En esta primera charla, Jack Tollers en forma de introducción al tema de "Los Novísimos" (Muerte, Juicio (Particular e Universal), Infierno, Purgatorio y Cielo), habla sobre el verdadero drama de nuestro tiempo en el que se ha perdido el sentido trágico de la vida. Indica que actualmente a diferencia de lo que ocurría hasta hace muy poco, la mayoría de los hombres no piensan, nunca, o lo hacen muy poco, o de un modo enteramente superficial y frívolo, acerca de su fin, de cómo han de terminar, de cómo se termina todo, y cuándo. Señala que tampoco quienes deberían hablar sobre las postrimerías, especialmente los sacerdotes y Obispos, lo están haciendo.

“Las meditaciones de las postrimerías del hombre, que son muerte y sepultura, juicio particular y universal, infierno, purgatorio y gloria, son eficacísimas para movernos al aborrecimiento de nuestros pecados y al propósito eficaz de nunca mas volver a ellos. Por lo cual dijo el Eclesiástico (c. 7,40): En todas tus obras acuérdate de tus postrimerías, y nunca pecarás. Y por la misma razón dijo Moisés a su pueblo (Deut. 32,29): Ojalá supiesen y entendiesen y se previniesen para sus postrimerías; dando a entender, que nuestra verdadera sabiduría, inteligencia y providencia, está en meditar y rumiar bien las cosas que nos han de suceder al fin de la vida, y prevenirnos para ellas; y en especial la meditación de la muerte" (V.P. Luis de la Puente, "Meditaciones Espirituales" Tomo 1; Meditaciones de la vía purgativa. Principios de la Iluminativa, o para purificar el corazón y obtener la perfecta imitación de Jesucristo, 1865)


Fuente Video: Jack Tollers

Jack Tollers: Charlas sobre los Novísimos o Postrimetrías del hombre

Jack Tollers en estas charlas trata el tema de Los Novísimos o Postrimerías del Hombre (Muerte, Juicio Particular e Universal, Infierno, Purgatorio y Cielo)

1. El Drama de Nuestro Tiempo
2. La Muerte
3. Juicio Particular, Purgatorio, finimondo y Parusía
4. La Resurrección, el Juicio Universal y el Infierno
5. El Cielo

Orar por las Almas del Purgatorio



"Es artículo de fe que todos los que mueren en gracia, pero sin haber satisfecho plenamente a la justicia de Dios, van a purificarse, y a expiar sus culpas en las penas del Purgatorio; esto es, que antes de entraren el Cielo, donde no se admite la más ligera mancha, indispensablemente han de padecer tormentos en la otra vida por las más mínimas faltas que no hayan satisfecho en ésta, hasta extinguir enteramente la deuda contraída a favor de la Justicia Divina.

En virtud de una verdad tan constante, así por la Sagrada Escritura, como por los Concilios y por la Tradición, la Santa Iglesia, gobernada siempre por el Espíritu Santo, en todas las Misas hace particular oración por los difuntos. (…) De manera, que además de la oración que se hace en el Sacrificio de la Misa por las almas de aquellos que nombran en particular, dispone la Iglesia que todos los días se pida en general a Dios por todas las almas que están en el Purgatorio. Esta buena Madre pide por aquellas benditas y afligidas almas, en primer lugar el refrigerio por el fuego en que se abrasan; después la luz por las tinieblas que las circundan; y finalmente, la paz por las agitaciones que padecen. Esta oración por los difuntos en el Santo Sacrificio de la Misa se halla en todas las liturgias más antiguas, tanto de la Iglesia Griega, como de la Latina, y es de Tradición Apostólica, como lo testifica Tertuliano en el libro de la corona del soldado; San Cipriano en la Epístola 66, San Cirilo de Jerusalén, San Epifanio, San Crisóstomo, San Ambrosio, San Agustín, y todos los Santos Padres; como también el cuarto Concilio de Cartago, el segundo de Vaison, el de Orleans, el de Braga, y las Liturgias de todos los siglos.

Ciertamente cuando se examina sin preocupación el dogma Católico sobre la oración por los difuntos, apenas se puede comprender cómo ha habido entendimientos que se hayan amotinado contra un dictamen tan antiguo, tan autorizado, tan conforme a la luz de la razón, y aun a los mismos impulsos de la naturaleza. Parece que por este medio quiso la divina Providencia humillar nuestra presunción, haciéndonos conocer hasta dónde es capaz de descaminarse; y al mismo tiempo fortificar nuestra fe, dando ocasión para que sucesivamente se fuesen profundizando todos los puntos, y confirmándose mas. Y este es el provecho que se puede decir ha sacado la Iglesia de las herejías suscitadas en todos los siglos.

(…)

San Agustín en el Sermón 172, sobre las palabras del Apóstol San Pablo, exhorta vivamente a los fieles a que con oraciones, limosnas, y especialmente con el Santo Sacrificio de la Misa, soliciten el alivio de los difuntos que están pagando en el Purgatorio aquellas ligeras culpas por las cuales no dieron en vida plena satisfacción a la Divina Justicia.

Todas estas fúnebres pompas, dice este gran Santo, esos numerosos acompañamientos, esas magníficas exequias, esos ricos y soberbios mausoleos, son cierta especie de consuelo para los vivos; pero no son ni sufragio ni alivio para los muertos. Lo que sin duda los sirve de alivio y de sufragio son las oraciones de la Iglesia, el Santo Sacrificio de la Misa, y las limosnas que por sus almas se reparten a los pobres. Esto sirve para que Dios los trate con más piedad y con más misericordia que la que merecían sus pecados. Es antigua costumbre, establecida en toda la Iglesia, según la tradición de los Padres (prosigue el Santo Doctor) hacer oración por aquellos que murieron en la comunión del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, singularmente en aquella parte del Sacrificio donde se hace conmemoración de ellos, como también especificar los nombres de aquellos por quienes particularmente se ofrece. Pero cuando estas oraciones por los difuntos van acompañadas con obras de misericordia, ¿quién duda que le son muy provechosas? No se puede negar que todo esto ayuda mucho a aquellos difuntos que mientras estuvieron en vida merecieron ser socorridos con estos auxilios después de muertos; pero no te persuadas, (añade el Santo) que todas las oraciones que se rezan, todas las buenas obras que se hacen, y todas las Misas que se ofrecen por tales, y por tales muertos, las acepta siempre Dios en favor de aquellos por quienes se aplican. De esa manera saldrían mejor librados en la otra vida los grandes del mundo, que de ordinario salen de ella más deudores a Dios, y serian preferidos a otros pobrecitos más virtuosos, que fueron de inferior condición y de humilde fortuna. Porque es de advertir que a los difuntos no les añaden nuevos méritos las buenas obras que se ofrecen por ellos. Si queremos que después de muertos nos sirvan todas las oraciones y todas las buenas obras que se apliquen por nosotros, vivamos de manera que merezcamos las acepte, y nos las aplique el Señor después de muertos. ¡Y después de todo esto, aún habrá hombres tan prevenidos, y tan preocupados del espíritu del error, que todavía se empeñen en defender que el hacer oracion, por los difuntos es invención de los postreros siglos!

Pide la Justicia divina que todos los pecados sean castigados, pero con alguna proporción; de manera, que el castigo de una culpa leve no sea tan grande como el de una culpa grave; pues como no se puede negar que en los que mueren en gracia se hallan algunas culpas tan ligeras que no merecen los suplicios eternos, es preciso convenir que necesariamente ha de haber en la otra vida algunas penas distintas de las del Infierno, a lo menos en la duración, para el castigo de estas ligeras culpas. La muerte no priva a la justicia de Dios de su derecho, ni a su misericordia de poder usar alguna gracia con las almas que están en su amistad. Pero ellas ya no pueden merecer por sí mismas ni el alivio de las penas, ni la gracia de que se las abrevien. Son como aquellos que están presos por deudas, y no tienen con que pagarlas, las cuales recurren a sus parientes y a sus amigos para que satisfagan por ellos. El comercio que hay entre todos los fieles unidos por el vínculo de la caridad obliga a aquellas pobres almas a recurrir a sus amigos y a sus deudos para que satisfagan por ellas a la justicia de Dios, porque en la cárcel donde se hallan padecen extrema necesidad. Respecto de ellas, todos, por decirlo así, somos ricos; nos sobran medios y recursos para socorrerlas; oraciones, limosnas, buenas obras, Misas, ayunos, penitencias, todo es caudal con que podemos solicitar la libertad de aquellas pobres almas. ¡Y qué reconocidas no estarán a sus bienhechores y libertadores aquéllas cuyas penas se aliviaron o se abreviaron por sus caritativos oficios! En el Cielo, donde está en su perfección la caridad, nunca olvidarán lo que debieron a los que aceleraron su dicha, satisfaciendo por ellas. Y aquel gran Dios, que promete el Cielo a quien diere en su nombre y por su amor un vaso de agua; aquel Divino Salvador, que agradece como si se hiciera a su misma persona lo que se hace con el más mínimo de sus siervos, ¿con qué ojos mirará esas Misas, esas penitencias, esas oraciones, esas buenas obras que se ofrecen por aquellas almas predestinadas, que le son tan gratas, y que está tan pronto como propenso a libertarlas? ¿Hay obra de misericordia más meritoria que la que se ejercita con los difuntos? ¿Hay devoción más sólida ni más conforme al espíritu, al corazón de un cristiano que la devoción con las Almas del Purgatorio?

Admiremos en este punto de nuestra religión la infinita sabiduría y la maravillosa providencia de Dios, que queriendo componer un solo cuerpo de todos los fieles, supo hacer perpetua la unión de los miembros de la Iglesia, juntando por ese comercio de caridad los que todavía viven en la tierra con los que la muerte separó de su compañía corporal. Por este medio se estableció, y se conserva una continua comunicación de beneficios entre los vivos y los muertos, igualmente útil a los unos y a los otros, haciéndoles a todos participantes de los méritos de su amable Redentor. Nuestras oraciones y nuestras buenas obras libran a los difuntos de los mayores males, y su intercesión nos solícita a nosotros los mayores bienes; nosotros los hacemos participantes de todo lo bueno que obramos, y ellos en la Gloria se empeñan eficazmente para que tengamos parte en la dicha que gozan. De manera, que la caridad, el agradecimiento y la ternura se perpetúan entre los hijos de Dios, y recíprocamente se ayudan a bendecir, admirar y alabar por toda la eternidad las infinitas perfecciones del Padre Celestial".

Fuente: "Año cristiano o ejercicios devotos para todos los días del año" por el P. Juan Croisset, Día 9, Tomo: Julio, 1804. - [Negrillas son nuestras.] / Imagen: Rohrbach parish church. Altar of All souls Wolfgang Sauber / Licencia: CC BY-SA 3.0

La necesidad de orar a Dios, y dar limosna por las Almas del Purgatorio



"Es de Fe que los fieles que mueren en gracia, sin haber satisfecho suficientemente en esta vida por las penas debidas a sus culpas, satisfacen por ellas en la otra, padeciendo terribles tormentos en el Purgatorio.

Los Herejes de estos últimos tiempos, enemigos de la penitencia, no contentos con desterrarla en esta vida, la excluyeron también de la otras, y cegándolos el amor a la disolución, tanto del corazón, como de las costumbres, conspiraron en negar el Purgatorio contra el testimonio auténtico de la Sagrada Escritura, y de la Tradición: esto es, no quieren confesar que padezcan penas algunas aquellas almas que pasaron de esta vida a la otra, sin estar bastantemente purificadas para entrar desde luego en el Cielo. Si creyeran esto se considerarían obligados a mortificarse, a macerar su carne, a cumplir las penitencias que se les impusiesen, y esto no se componía bien con la licencia a que aspiraban, siendo este el verdadero origen de todos sus errores. En medio de eso es cierto que no hay punto mejor establecido, ni más claramente demostrado así en la Escritura, como en la Tradición.

Es cosa santa, y saludable rogar a Dios por los Difuntos para que sean libres de sus pecados, dice el Espíritu Santo en el segundo libro de los Macabeos. Hay algunos pecados, dice Cristo, que no se perdonan en este mundo, ni en el otro. (...) Es cierto que no se perdonan en el Cielo, donde no entra cosa manchada: tampoco se perdona en el Infierno, de donde esta desterrado todo perdón, y toda misericordia; con que es preciso que solo en el Purgatorio se perdonen. San Pablo dice, que algunos fieles no se salvarán hasta que pasen por el fuego; y San Agustín, San Cipriano, San Ambrosio, San Jerónimo, y hasta el mismo Orígenes entienden este tránsito por el fuego del Purgatorio: Gran dolor es que haya hombres tan preocupados del error, que se resistan a reconocer esta verdad.

Tampoco se puede poner en duda la tradición del Purgatorio, porque esta es, y fue siempre la doctrina de todas las iglesias del mundo desde Jesucristo acá. Hace evidencia de este punto el testimonio autentico de los Santos Padres, que florecieron en todos los siglos, por el cual no solo consta cual fue la Fe de la Iglesia en todos los tiempos sobre este  artículo, sino también cual fue en todos los siglos su ardiente caridad, y su celo por el alivio de los fieles difuntos.

(...)

San Juan Crisóstomo, una de las más resplandecientes antorchas de la Iglesia, que floreció hacia la mitad del siglo cuarto, en la Homilía 21, sobre los Hechos de los Apóstoles, dice: no penséis que son inútiles las oraciones, las limosnas, ni las ofrendas que se hacen a Dios por los difuntos (...). El mismo Dios fue el que instituyó entre los fieles este piadoso comercio de caridad, para que recíprocamente nos ayudásemos los unos a los otros (...) No se contenta el Ministro del Altar con clamar al Señor, implorando su misericordia en favor de los que murieron en la Fe de Jesucristo (...) Ofrece también por ellos el Divino Sacrificio. Nosotros, pues, hermanos míos, convencidos de esta verdad, consideramos lo mucho que podemos aliviar aquellas afligidas almas (...) No, no las aliviaremos ni con las lágrimas, ni con los suspiros, ni con los soberbios sepulcros, sino con las oraciones, y con las limosnas que hiciéremos por ellas (...) para que ellas, y nosotros lleguemos, por la gracia, y por la misericordia de nuestro Salvador Jesucristo, a la eterna bienaventuranza que nos esta prometida (...).

Hay difuntos, dice San Agustín, a quienes de nada le sirven las oraciones, ni los Sacrificios, porque murieron en desgracia de Dios (...) Hay otros, que no necesitan de ellos, porque ya gozan del Señor en la Patria Celestial (...) Pero muchos hay que habiendo muerto en gracia, sin haber satisfecho enteramente a lo que debían a la Divina Justicia, pagan en la otra vida lo que no pagaron en esta, y a estos les son de gran provecho las oraciones de la Iglesia.

Leemos en los libros de los Macabeos, continúa el Santo Doctor, que se ofrecía sacrificio por los difuntos (...). Pero aunque no nos dieran este testimonio las Escrituras bastaría para autorizarlo la práctica de la Iglesia universal, pues nadie ignora, que cuando el Sacerdote ofrece por el Pueblo el Sacrificio del Altar, siempre hace conmemoración de los fieles difuntos (...).

Sería cosa larga referir aquí lo mucho que dicen los demás Santos Padres sobre la caridad que se debe tener con aquellas dichosas almas, que habiendo muerto en gracia, pero sin satisfacer enteramente lo que debía a la justicia de Dios, van a satisfacerlo en las penas del Purgatorio (...) Lo asombroso es, que los Herejes de nuestros tiempos no quieran reconocer en esto sus errores, aunque no ignoran, ni pueden ignorar la autoridad de esta tradición; y que apretado el mismo Calvino con la fuerza de tantos, y tan evidentes testimonios tuviese desvergüenza para decir, que todos los Santos Padres, desde los Apóstoles acá, se engañaron groseramente, y cayeron en error (...) al mismo tiempo que en otros cien lugares asegura, que la Fe se conservó en su pureza en los Padres de los seis primeros siglos.

Si son inexcusables los herejes que no quieren creer en el Purgatorio, lo serán menos los Cristianos, que creyéndole se niegan, o se olvidan de aliviar las almas de sus hermanos, que están padeciendo tan crueles penas en aquel calabozo de tormentos. ¡Qué crueldad! ¡Qué impiedad! tener tan en la mano el modo de aliviarlas de abreviar sus penas de libertarlas de ellas y no querer hacerlas este importantísimo bien. ¡Mi Dios! Cuanto es de temer, y que justo será que algún día digáis a estos durísimos corazones: (...) ¿Dime, no era mucha razón que tú te compadecieses de tu compañero, de tu amigo, de tus hermanos, de tus hermanas, de tu padre, y de tu madre? (...) Y el Señor justamente irritado te entregara a los ministros de su Divina Justicia, para que te atormenten hasta que le pagues todo lo que debes, hasta el último maravedí. (...) Porque al que no tuvo misericordia, ni compasión de otros, es muy debido que se le juzgue sin compasión, y sin misericordia."

Fuente: "Año cristiano o ejercicios devotos para todos los días del año" por el P. Juan Croisset, Tomo: Junio, 1764 / Imagen: catbirdinamerica

El Purgatorio es Dogma de Fe


El sacerdote Jorge Loring en el programa "Cuestiones de Fe" de Ewtn habla sobre el Dogma de Fe del Purgatorio. Recuerda que en la Biblia se indica que al Reino del Cielo no puede entrar nada manchado y que quien muere sin pecado mortal pero tiene pecados veniales debe pasar por el Purgatorio. Menciona que la Iglesia siempre ha orado por los difuntos, y que esta oración esta destinada a las Almas que están en el Purgatorio, pues los que están en la Gloria ya no la necesitan y para los que están en el Infierno es inútil.

Sucede que algunos mueren sin haber podido satisfacer totalmente la penitencia debida por sus pecados, de los que ya se han arrepentido. No es congruente con la divina justicia que no satisfagan [...]. Asi, pues, padecen esta pena después de la muerte, pero no en el infierno, en el cual padecen los hombres por sus pecados mortales, ya que sus pecados mortales han sido perdonados por la penitencia [...]. Es necesario, pues, admitir que existen penas temporales y purgatorias después de esta vida y antes del juicio final. (Santo Tomás, Las razones de la fe (De rationibus fidei))