La Fe Cristiana: Penitencia
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La necesidad del ayuno como penitencia (Sermón del P. Francis Hunolt)


Sermón para el segundo domingo Cuaresma por el P. Francis Hunolt, SJ.

"¿Dónde, entonces, pregunto de nuevo, está vuestra penitencia? ¿Dónde está la expiación a Dios por las injurias que le has hecho? ¿Dónde está el castigo por tus repetidas rebeliones contra él? ¡Cristianos autocomplacientes y mimados! ¿No tendréis miedo de comparecer ante vuestro Juez crucificado, que enseñó a los hombres con la palabra y el ejemplo, que solo la violencia puede arrebatar el reino de los cielos? ¿Acaso queréis dejar el castigo de vuestros pecados para la otra vida? ¡Ah, pobre de ti, si es así, porque allí te esperan instrumentos de penitencia mucho más terribles y un ayuno más riguroso!"

Fuente:
Short Sermons of Father Francis Hunolt
Second Sunday of Lent
"The Necessity of Fasting, as a Penance"
Sermón leído por AM
Holy Family Publications
jmjsite.com

Carta del P. Demaris a los Católicos (Consolaciones para Tiempos Difíciles)


Carta a los católicos que sirve para los tiempos de persecución, cisma, herejía o para el tiempo como el actual, en la que es difícil asistir a la Santa Misa o recibir los Sacramentos.

La carta del Pbro. Demaris, profesor de teología, y Misionero de San José (Lyon, Francia), dirigida a los católicos que durante la Revolución Francesa, se vieron privados de lugares de culto por su destrucción, como también porque Obispos, Sacerdotes y fieles, fueron objeto del martirio en un gran número, o por haber sido encarcelados, enseña a los católicos que a pesar de esa privación, los Sacramentos y la consolación espiritual siguen manifestándose, a través de otras vías.

Esta carta nos sirve en la actual crisis en la que nos encontramos, en la que la mayoría de los católicos puede que no tengamos acceso a sacerdotes que celebren la Santa Misa, administren los Sacramentos y proclamen el Evangelio y la Sana Doctrina sin ambigüedades.

☑️ Si necesita ir a la Confesión, y actualmente no le es posible hacerlo, porque las Iglesias están cerradas o no están permitiendo con facilidad asistir al Sacramento de la Penitencia, le recomendamos el vídeo: "La Contrición Perfecta: Llave de oro al Paraíso"

Fuente:
"LETTER OF FATHER DEMARIS"
Sermon read by AM.
Holy Family Publications
https://jmjsite.com/

La Confesión Pascual (Sermones del Santo Cura de Ars)


"La Confesión Pascual" Sermón para el primer domingo después de Pascua por el Santo Cura de Ars.

"Déjenme decirles lo que es necesario para una buena confesión, y se convencerán de que una confesión una vez al año no puede ser satisfactoria. Para obtener el perdón, su confesión debe ser sincera y humilde, acompañada de un verdadero dolor por la ofensa hecha a Dios y el firme propósito de no pecar más en el futuro."

Fuente: "The Sunday Sermons of the Cure of Ars" Low Sunday – Easter Confession Sermón leído por AM Holy Family Publications https://jmjsite.com/

De la Penitencia Necesaria a Todos



"Considera que el Cielo se conquista con violencia. Renunciar la penitencia, y la mortificación, es renunciar el Cielo. Es menester renunciar el mundo, y sus placeres: es menester llevar su cruz, vencer las inclinaciones, resistir a las pasiones, domar el amor propio: es menester amar a los enemigos, aborrecerse, y perseguirse a sí mismo: este es el camino derecho que guía al Cielo: él está sembrado de espinas, pero no hay otro, y es menester seguir éste, si queremos llegar allá. Cualquiera otro camino, cualquiera otra senda desvía de aquel término. ¿Y no es esta la que nosotros seguimos? ¿No marchamos por un camino enteramente opuesto? ¿Y en ese caso cuál será nuestro paradero? Es indispensable necesariamente seguir este camino real. Somos pecadores, preciso es hacer penitencia: somos cristianos, preciso es seguir a Jesucristo: fuimos criados para el Cielo, preciso es llegar allá, cueste lo que costare.

No nos parezca que estás razones se hicieron para los demás, y que no hablan con nosotros. Pero según se vive, y se discurre el día de hoy, parece que se reputan estas grandes verdades como verdades de antaño, que ya no rigen. Esa penitencia indispensable a todos los pecadores, ¿es por ventura en estos tiempos la virtud de las gentes del mundo? Esa penitencia indispensable a los mismos justos, ¿es por ventura en nuestros días la virtud familiar a todos los cristianos? Pero este camino sembrado de cruces, y de espinas, solo es áspero a los que tímidos, y cobardes no se atreven a entrar por él; mas una vez que le emprendan con resolución: una vez que comiencen a caminar con fervor, todo se les allana: no solo se les hace suave, sino gustoso. Las flores de que al parecer está sembrado el camino de los malos, muchas veces se convierten en espinas; ¿pues por qué las espinas, de que parece sembrado el camino de los buenos, no se convertirán también en flores muchas veces? La virtud que se ejercita, la gracia de Dios que nos sostiene, la esperanza tan bien fundada de llegar al dichoso término de la carrera, quitan a la penitencia todo lo áspero, todo lo duro, todo lo amargo que tiene. Aunque nos parezca intratable este camino, acordémonos de que los Santos anduvieron por él con alegría, animándolos el ejemplo de Jesucristo. Sigámoslos con valor, y con fidelidad, y experimentaremos las, mismas dulzuras, los mismos consuelos, y la misma facilidad.

Considera la necesidad que todos tenemos, no solo de amar la penitencia, sino de hacer frutos dignos de penitencia. Frecuentemente recaemos en las mismas faltas; en todas las confesiones nos acusamos siempre de los mismos pecados, porque no nos aplicamos a descubrir el origen de ellos, a fondear nuestro corazón, a poner en ejecución los medios eficaces para corregirnos. Acusamonos de las distracciones, de las negligencias ordinarias en el servicio de Dios, de las imperfecciones acostumbradas, y no pensamos en sufocar ese espíritu de orgullo, y de vanidad, de que estamos poseídos; esas secretas aversiones, esas emulaciones malignas, ese desordenado amor de nosotros mismos, inficionadas fuentes de todos nuestros pecados. Cortamos las ramas, pero dejamos intacto el tronco, que rompe luego en nuevos retoños. ¿Queremos lograr el intento? Pues cortemos hasta las más pequeñas raíces. Recaemos con frecuencia en las mismas faltas, porque antes de confesarnos paramos poco la consideración en la gravedad, y en las consecuencias del pecado. Recaemos en ellas, porque nos falta la contrición necesaria, la sincera y la eficaz resolución que debiéramos tener. Nos avergonzaríamos, si faltásemos a la palabra dada a un hombre de consideración. Pídenos Dios que tengamos con su Majestad este mismo miramiento: ¿Será esto pedirnos demasiado? Pidenos que nuestra penitencia, cuya indispensable necesidad tenemos tan conocida, dé en fin algunos frutos, ya que hasta aquí solo ha dado hojas y flores, y que estos frutos lleguen a madurar, que sean dignos de presentársele, que sean en fin frutos dignos de penitencia. Comencémoslos a hacer desde hoy mismo hasta la muerte. Destruyamos en nosotros el reino del pecado: huyamos con presteza todas las ocasiones de cometerle: ejercitémonos continuamente en las buenas obras que corresponden a nuestro estado, satisfagamos a la justicia de Dios con perpetua penitencia: tengamos siempre un corazón contrito, y humillado, con verdadero deseo de satisfacer a la divina justicia, aceptando por lo menos con amor, y sin quejarnos los trabajos de esta vida debidos a nuestros pecados.

Esta es, Señor, la gracia que os pido, para hacer aquella penitencia saludable, de que no están dispensados aun los mismos justos.".

Fuente: "Año cristiano o ejercicios devotos para todos los días del año" por el P. Juan Croisset, Día 17, Tomo: Septiembre - [Negrillas son nuestras.] / Licencia Imagen: FreeImages.com/phaser4

El Juicio Particular


San Juan María Vianney, conocido como el Cura de Ars, en este sermón al referirse sobre el juicio particular, nos recuerda que los días de nuestra vida, están contados. Más aún, ignoramos la hora en que nuestro Soberano Juez tiene decretado citarnos ante su tribunal, el cual será el momento en que menos lo esperemos o aquél en que menos dispuestos nos hallemos para rendir una rigurosa cuenta de todas nuestras acciones, omisiones, pensamientos, tanto buenos y malos. Posteriormente, señala cuáles son las medidas que podemos tomar para prevenir el rigor de aquella cuenta.

"Considera, que es de fe que acabando de morir será presentada tu alma en el tribunal de Cristo, para ser juzgada sobre toda la serie de tu vida, en pensamientos, palabras, obras y omisiones; donde se ha de decidir, si has de arder en el Infierno o reinar en el Cielo por toda la eternidad. ¡Oh punto terrible! Más ciertamente has de pasar por aquí. Lo que en aquel tribunal te causará más horror, será la verdad que allí reina desnuda. ¡Oh cuanta es tu necesidad en vivir olvidado de esta extrema apretura, de la cual no puedes escapar! (...) Allí la verdad te descubrirá bien claramente la obligación que tenía de amar y servir a Dios, que te favoreció con tantos beneficios, la enormidad del pecado, la hermosura de la virtud, y quedarás asombrado, que teniendo lumbre de fe, hayas vivido como si no la tuvieses. ¿Por cuánto no quisieras entonces haber cometido algún pecado? Procura pues, desde ahora poner cobro en las cosas de tu alma, antes de comparecer en la presencia del divino Juez". ("Manual de Piadosas Meditaciones", elaborado por la casa de la Congregación de la Misión San Vicente de Paul en Barcelona. 1833)

Fuente Video: Efrain Hurtado / Licencia Imagen: "Last Judgement" por Hans Memling - CC0 Public Domain

No Dilatar la Penitencia



"El primer carácter de la verdadera penitencia es la prontitud en corresponder al movimiento de la gracia cuando se trata de conversión; la dilación y la deliberación en esta materia da motivo para temer que jamás llegue el caso de convertirse. Confesar que es preciso hacerlo, y dilatarlo para otro tiempo es, una de dos, o no dársele a uno nada por morir sin convertirse, y esta es impiedad, o prometerse que tendrá tiempo para hacerlo, y esta es presunción. Huye de la una y de la otra. Pocos hay que no tengan necesidad de vencer alguna pasión, de reformar sus costumbres, de romper algún mal hábito, de corregir algún vicio, de hacer alguna restitución, y de calmar los justos remordimientos de la conciencia con una buena confesión; en una palabra, pocos que no tengan necesidad de convertirse. No dilates un momento tu penitencia. ¡Qué dolor seria el tuyo si estos saludables consejos que estás leyendo fueran los últimos avisos que te daba Dios! Él es el que te da este pensamiento, y le hace esta advertencia; no los desprecies; cargado estás de maldades y de deudas a su divina justicia; bien sabes dónde has de encontrar al Salvador; no dilates para mañana el ir a buscarle, y arrojarte a sus pies.

Preciso es, dice san Pablo, que lo que fue materia del pecado lo sea de penitencia; aquello mismo que diste al mundo cuando eras esclavo suyo, se lo has de dar ahora a Dios; las mismas cosas que sirvieron a la vanidad y al deleite han de servir en adelante a la virtud y a la religión; sin esto la conversión es dudosa, es caduca, es aparente. ¡Cuántas galas costosas! ¡Cuántos muebles superfluos! ¡Cuántos gastos inútiles! Haz pedazos esos vasos de alabastro, derrama esos bálsamos preciosos a los pies de Jesucristo; es decir, redime con limosna tus pecados. ¡Qué consuelo será el tuyo a la hora de la muerte si hubieses vendido esas joyas, ese aparato de la vanidad y, de ha profanidad para adorno de los altares, y para sustento de los pobres! ¿Consolará mucho a un moribundo dejar a sus hijos con que eternizar la profanidad en la familia? Sacrifica al Señor antes que la muerte todo lo que ha servido de fomento al orgullo".

Fuente: "Año cristiano o ejercicios devotos para todos los días del año" por el P. Juan Croisset, Día 22, Tomo: Julio, 1804. - [Negrillas son nuestras.] / Licencia Imagen: nile - CC0 Public Domain

El Juicio Particular



Cuando el alma haya abandonado el cuerpo y se presente ante el tribunal de Dios para ser juzgada por todas sus obras, buenas y malas, San Alfonso María de Ligorio, nos señala que se llenará de terror, en tres momentos: 1) Cuando se presente a ser juzgada; 2) Cuando sea examinada; 3) Cuando sea condenada.

Nos dice, sobre el Juicio particular, lo siguiente: "De los bienes que hemos recibido de Dios, bien sean dones de naturaleza, o de gracia, no somos dueños de manera que podamos disponer de ellos a nuestro antojo, sino solamente administradores; por lo que debemos emplearlos según la voluntad de Dios, que es el verdadero dueño de ellos y de nosotros mismos. De aquí resulta que hemos de darle cuenta de ellos a la hora de la muerte. Porque, como nos dice Jesucristo por San Pablo, hemos de presentarnos en el tribunal de Dios para que cada uno reciba el premio o el castigo, según los administró, bien o mal. (…) Dice San Buenaventura «No eres dueño, sino administrador de las cosas que te se han confiado, y por lo mismo has de dar cuenta de ellas».

1. Terror cuando se presente a ser juzgada.
Determinado está, dice San Pablo, que los hombres mueran, y que después sean juzgados (Hb 9,27). Es de fe que hemos de morir, y que después de la muerte debemos ser juzgados de todas las acciones de nuestra vida. ¿Cuál será pues nuestro pavor y aturdimiento a la hora de la muerte, pensando en el juicio que nos espera luego que el alma se haya separado del cuerpo? (…)

Es sentencia común de los teólogos, que en el mismo momento y en el mismo sitio en que el alma se separa del cuerpo, se alza el divino tribunal, se lee el proceso, y da la sentencia el supremo juez Jesucristo, haciendo ver a cada alma todas sus obras buenas y malas, y el premio o castigo que merece por ellas. A este tribunal hemos de presentarnos todos para dar cuenta de todos nuestros pensamientos, palabras, obras y deseos, como dice San Pablo: «todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba lo que mereció durante su vida mortal, conforme a lo que hizo, bueno o malo» (2 Co 5,10). (…) ¡O cuanto mayor será la pena y la confusión que tendrá el alma al comparecer ante Jesucristo irritado, por haber sido despreciado por ella mientras vivía! (…) Verán entonces a Jesucristo con las mismas heridas, con las cuales se subió a los cielos. (…) ¡Cuanto consolarán aquellas heridas a los justos! ¡Que grande espanto infundirán a los pecadores, viendo en ellas el grande amor que les tuvo el Redentor, y la grande ingratitud con que le correspondieron!

¡Cuán llena de espanto estará el alma que se presente manchada con el pecado, ante tan justo juez la primera vez que le ve, viéndole irritado! (…) ¿Qué responderá pues a Jesucristo el pecador, cuando le diga: Yo soy aquel tu Redentor y tu juez a quien tú despreciaste tanto? ¿Dónde huirá entonces el desgraciado, pregunta San Agustín, cuando vea sobre sí al juez irritado, a sus pies abierto el infierno , a un lado los pecados que le acusan, y al otro los demonios que le arrastran al suplicio, y la conciencia que le despedaza interiormente? ¿Quizá entonces pensará hallar piedad? Pero ¿cómo podrá esperar piedad, dice Eusebio Emiseno, cuando ante todas cosas deberá dar cuenta del desprecio que hizo de la piedad que tuvo con él Jesucristo?

2. Terror que tendrá el alma cuando se examinada
Luego que el alma se presente al tribunal de Jesucristo, le dirá este benignísimo Señor: Dame ahora cuenta de todas las obras de tu vida. Dice el Apóstol que para hacerse el alma digna de la salud eterna, debe conformar su vida con la de Jesucristo (Rm 8,29-30). Por esto escribió San Pedro, que en el juicio que ha de hacer Jesucristo, apenas se salvará el justo que haya observado la ley divina, perdonado a sus enemigos, respetado a los Santos, y sido casto y manso de corazón. Y luego añade: ¿Cuál será la suerte del pecador y del impío? (1 Pe 4,18) ¿Cómo se salvarán los vengativos, los blasfemos, los deshonestos, y los maldicientes? ¿Y cómo se salvarán aquellos cuya vida ha sido siempre contraria a la vida de Jesucristo?

El juez ante todas cosas pedirá cuenta al pecador de los beneficios y de las gracias que le hizo para salvarle, de las cuales él no supo aprovecharse. Le pedirá cuenta de los años que le concedió para servir a Dios, y él los gastó en ofenderle. En seguida se la pedirá de los pecados. Los pecadores cometen las culpas, y luego se olvidan de ellas; pero no las olvida Jesucristo, que tiene contadas todas nuestras iniquidades. (…) Dice San Anselmo: Se pedirá cuenta hasta de una mirada; y según San Mateo, de toda palabra ociosa (Mt 12,56).

El profeta Malaquías dice, que así como se purifica el oro, separándose de la escoria, así el día del juicio se examinarán todas nuestras acciones, y se castigarán las que no sean buenas y arregladas a la ley divina (Ml 3,3). (…) Si han de ser juzgadas las miradas y las palabras ociosas, como hemos dicho, ¿con cuanto rigor se juzgarán las acciones deshonestas, las blasfemias, las murmuraciones graves, los hurtos y los sacrilegios? En aquel día, dice San Jerónimo, cada alma verá por sí misma con grande confusión suya toda la fealdad de sus acciones

(…)

Entonces el infeliz pecador se verá acusado por el demonio, que, como dice San Agustín, repetirá ante el tribunal de Jesucristo las palabras con que prometemos ser buenos; y nos echará en cara todo lo que hicimos, y en que día y hora pecamos. Nos recordará en efecto el demonio todas nuestras malas obras, señalando el día y la hora en que las hicimos; y terminará la acusación y el proceso con estas palabras que el mismo Santo pone en boca de Jesucristo: Yo no sufrí bofetadas y azotes por este ingrato. Como si dijera: Padre mío, yo nada sufrí por este ingrato pecador, que os ha vuelto las espaldas por hacerse esclavo del demonio. También se presentará a acusarle el ángel custodio, como escribe Orígenes, y dirá: Yo he trabajado tantos años a su lado, pero él, despreció todos mis consejos é inspiraciones. Entonces, pues, hasta los amigos despreciarán al alma condenada en el juicio. Y la acusarán sus mismos pecados, como dice San Bernardo, y dirán: «Tú nos cometiste, obra tuya somos, no te abandonaremos».

Veamos ahora que excusas podrá alegar el pecador. Dirá que la mala inclinación natural le indujo al mal: pero se le responderá, que si bien la carne le inclinaba al pecado, ninguno le forzaba a cometerle; antes al contrario, si hubiese recurrido a Dios cuando se veía tentado, el Señor le hubiese dado fuerzas para resistir por medio de su gracia. Con este fin Cristo instituyó los sacramentos; y no habiendo querido valernos de ellos, ¿de quién podemos quejarnos sino de nosotros mismos? (…) Dirá para excusarse, que el demonio le tentó; pero San Agustín dice, que el enemigo está atado con cadenas como un perro, y que no puede morder a ninguno, sino al que se acerca a él con demasiada confianza. Puede el demonio ladrar, pero no morder sino a aquel que se acerca a él y le presta oídos: por lo cual añade el Santo: Ved, pues, cuan necio es aquel a quien muerde el perro que está atado a la cadena. Alegará quizá para excusarse el mal hábito, pero no le valdrá tampoco, porque el mismo San Agustín añade, que aunque es difícil resistir a los malos hábitos, sin embargo, si uno no se rinde, los vencerá con la ayuda de Dios. El Señor, como dice San Pablo, no permite que ninguno sea tentado más allá de lo que puede resistir (1 Co 10,15).

(…)

3. Terror del alma cuando sea condenada.
Cuanta será la alegría de un alma cuando sea recibida por Jesucristo a la hora de su muerte con aquellas dulces palabras: «¡Bien, criado bueno y fiel!; has sido fiel en lo poco, te confiaré lo mucho. Entra en el gozo de tu señor» (Mt 25,21) tan grande será la pena y la desesperación del alma condenada que se vea desechada por el juez con aquellas: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno» (Mt 25,41) (…) Dice Santo Tomás de Villanueva que algunos oyen hablar del juicio y de la condenación de los réprobos; pero hacen tan poco caso de ella, como si estuviesen seguros que no les ha de caber esta suerte, o como si el día del juicio no hubiese de llegar para ellos. Y añade: «Pero ¡que locura es tener seguridad en una cosa tan peligrosa!». Algunos, aunque vivan en pecado, dice San Agustín, no pueden imaginarse que quiera Dios enviarlos al infierno, y dicen: ¿Será cierto que Dios nos ha de condenar? No, hijos, dice el Santo, no digáis eso: muchos condenados no creían que habían de ser enviados al infierno, pero murieron, y fueron arrojados a él, según la amenaza hecha por Ezequiel: «Ya llega tu fin, porque yo desencadeno mi ira contra ti. Te juzgaré según tus obras y te pediré cuenta de todas tus horribles acciones» (Ez 7,3).

Pecador, ¿quién sabe si el castigo que te espera está ya próximo, y tú te burlas y haces paz con el pecado? ¿Quién no temblará oyendo aquellas palabras del Bautista? «Ya está la segur amenazando a la raíz del árbol; el árbol pues que no da buen fruto, será cortado, y echado al fuego». (Mt 5,10). ¿Cual es este árbol que no da buen fruto, sino el pecador que no sigue la recta senda que Jesucristo le trazó, y semejante a una bestia que sigue sus instintos y apetitos naturales, no piensa más que en ofenderle, obrando como un gentil y no como un cristiano? (…)

Busquemos a Dios ahora que podemos hallarle, porque vendrá tiempo en que querremos encontrarle, y no podremos: Me buscareis, y no me hallareis (Jn 7,56); porque entonces ya habrá expirado el plazo que Dios nos ha concedido para hacer penitencia y asegurar nuestra salvación. Por eso dice San Agustín: que el juez que ha de juzgarnos se ha de aplacar antes del juicio, pero no en el juicio. Obrad pues bien mientras tenéis luz, es decir, mientras vivís, porque no os sorprendan las sombras de la muerte. Ahora, ahora, podemos aplacar a Jesucristo, enmendando nuestra vida, abandonando la senda de los vicios y recobrando la gracia divina que perdimos por la culpa; porque cuando nos presentemos al juez, si nos encuentra en pecado, por lo mismo que es justo se verá precisado a hacer justicia, y no habrá remedio ninguno para nosotros.

¿De qué os servirá entonces haber nacido en el seno del cristianismo? ¿De que los sacramentos instituidos por Jesucristo para vuestra salvación? ¿De qué la sangre de Cristo derramada en el árbol sacrosanto de la cruz? De hacer más intolerables las penas del infierno, contemplando que pudisteis salvaros tan fácilmente, y os condenasteis por vuestra culpa. Despertad pues de ese letargo criminal en que os tiene adormecidos el demonio: volveos a Jesucristo a quien habéis abandonado por seguir a Lucifer; y él os recibirá de nuevo en su amistad, y os abrazará amoroso, como abrazó su padre al hijo pródigo del Evangelio, que volvió a la casa paterna cuando se vió perdido y sin recurso en el mundo, oprimido del hambre, y del gusano roedor de la conciencia".

Fuente: "Sermones abreviados para todas las dominicas del año", San Alfonso María de Ligorio, Tomo I, 1847. [Negrillas son nuestras.] / Imagen: "Last Judgement" por Hans Memling

Sobre la Conversion que algunos difieren a la Vejez



En uno de los sermones recopilados por San Antonio Maria Claret nos indica la importancia de no dilatar la conversión para el tiempo en el cual no es fácil producir buenos frutos, esto es, el tiempo de la vejez. Para ello, recuerda la advertencia que Nuestro Señor Jesucristo dijo a sus discípulos de cuidarse de los falsos profetas que vienen a vosotros vestidos de ovejas; pero interiormente son lobos carniceros; y también que no puede un árbol bueno dar malos frutos: ni un árbol malo dar buenos frutos. Indica el sermón: "Por los falsos profetas de que Jesucristo advierte a sus discípulos que se guarden, se deben entender no solo los herejes que niegan las verdades de fe, sino también todos los falsos doctores que engañan a los débiles, y quieren hacerles creer que para salvarse no es necesario violentarse ni privarse de los placeres de la vida; en una palabra, deben entenderse todos aquellos que pueden corromper a los demás con sus malas máximas y peores ejemplos; y por esto los verdaderos cristianos deben evitar con el mayor cuidado su compañía y conversaciones. La parábola del buen árbol y del malo nos enseña que para salvarnos no basta rezar algunas oraciones, sino que es menester hacer buenas obras. También dice Jesucristo en el mismo Evangelio: No todos los que me dicen Señor, Señor, entrarán en el reino de los cielos. Esto nos demuestra, fieles míos, que no se debe dilatar la conversión para el tiempo en que no se está ya en estado de llevar buenos frutos, cual es el tiempo de la vejez.

El esperar convertirse en la vejez, es cosa incierta, difícil y menos fructuosa.
Digo lo primero incierta, porque sabéis todos que Dios es el dueño de sus bienes, y que da sus dones a quien es su voluntad. Decís que os convertiréis de aquí a algún tiempo, que por ahora nada os urge; pero sabed que nunca os convertiréis sin una gracia particular de Dios; sabed también que a nadie la debe, y que a ningún pecador la promete; y si vosotros diferís dejar vuestra mala vida, le dais motivo para que os la niegue, pues desperdiciáis el tiempo, las ocasiones y las inspiraciones que el Señor os da. ¿Y quién os ha dicho que os las dará en adelante, en la vejez?

De todo disponéis como si no dependierais más que de vosotros mismos, y habláis de vuestra conversión como sí dependiera de vosotros solos. Decís: ahora quiero darme buena vida, satisfacer esta pasión, vengarme de este enemigo, adquirir una herencia; después me convertiré. ¿Os imagináis acaso que Dios se acomodará a vuestros miserables proyectos, y que reglará sus designios por los vuestros? Pero ¡ah, y cómo os engañáis! Esperáis convertiros en la vejez: y si os morís en la flor de la edad y antes de haberos convertido, ¿qué será de vosotros? Y aun cuando no seáis sorprendidos de una muerte repentina, y aun cuando vuestra vida fuera de cien años, ¿no es una locura creer que os convertiréis más fácilmente en la última estación de vuestra edad? Rara vez sucede que un hombre se retire en su vejez del camino que ha llevado cuando joven. (…) Las malas inclinaciones, los hábitos viciosos que no se dejan a tiempo, cuando se empieza a tener una edad razonable, como a los veinte y cinco o treinta años, se conservan hasta la vejez; y como esta es débil y perezosa, y en la que no se puede uno hacer violencia, ni piensa sino en mantener la poca vida que le queda, rara vez se deshace de sus malos hábitos: pongo por testigo de esta verdad los viejos que me escuchan; ¿no experimentan los mismos hábitos que tenían cuando jóvenes, y que son tan inclinados a jurar, a hablar mal, a la ira y a la avaricia como lo eran a los treinta años?  (...).

Diferencia en la resurrección de la niña y de Lázaro ... así la conversión
Se ha notado juiciosamente que para resucitar el Hijo de Dios a Lázaro se portó muy de otro modo que para resucitar a la hija del príncipe de la Sinagoga; para resucitar a esta joven no hizo más que tomarla suavemente de la mano, y decirle: Niña, levántate; como si la hubiera despertado de un dulce sueño. Más para resucitar a Lázaro gimió dos veces en su ánimo, se turbó, lloró y clamó en voz alta: Lázaro, sal fuera. No fue esto porque tuviese más trabajo en resucitar al uno que al otro, pues al fin de los siglos resucitará a lodos los hombres en un momento, en una vuelta de ojos, como dice el Apóstol: fue únicamente para mostrar que unos pecadores se convierten más difícilmente que otros. Un hombre sepultado y agarrotado de sus malos hábitos, como Lázaro lo estaba de sus ligaduras, cubierto con la piedra de su endurecimiento, no vuelve a la vida de la gracia tan fácilmente; son menester favores, gritos, lloros, grandes esfuerzos y violencias sobre sí mismo; y como la costumbre disminuye mucho el sentimiento de un mal, no procura declararse la guerra y vencerse a sí misma.

¿Qué hizo el Hijo de Dios para salvarnos? Empleó toda su vida
Oíd, pues, y practicad el consejo que os da el Sabio en la Escritura: Acuérdate de tu Criador en los dios de tu juventud, antes que te lleguen los años de que dirás: este tiempo me desagrada; antes que el polvo vuelva a entrar en la tierra de que había sido sacado, y que el espíritu se vuelva a Dios, que lo había dado (Ecl 12,1). El que por mi boca convida a convertiros es Dios que os ha criado; ¿no es suya vuestra existencia? Para redimiros el Hijo de Dios ofreció su divina y preciosa vida; para salvaros empleó todos los años, todos los meses, días y momentos de ella, desde el primer instante hasta el último suspiro; y vosotros no queréis darle sino lo último y lo peor de vuestra vida.

¿Que ofrecéis a Dios? ¿Los años de la vejez?
En los días de tu juventud, cuando tienes fuerza y vigor para dar frutos de penitencia: ¿y no es razón que Dios tenga lo más bello, la flor, las primicias de tu vida? Antes que llegues o los años de que dirás: este tiempo me desagrada. ¿Piensas que Dios querrá aceptar el tiempo de tu vejez, que te será desagradable? Tú no le quieres presentar sino esta edad que te desagradará: ¿y un don tan indigno podrá agradar a Dios? El Sabio añade que después de estos días irá el hombre a la casa de su eternidad. San Agustín dice muy bien que para merecer una eternidad de descanso y de gozo sería menester una eternidad de trabajos y de penas. El Señor no os obliga a tanto; por una bondad inefable se contenta con el tiempo de vuestra vida, que es tan corto; y aun así vosotros queréis cercenarle una gran parte.

El tiempo de esta vida lo destina Dios a su servicio; el tiempo venidero está destinado a vuestra bienaventuranza. Si empleáis en los deseos de vuestra carne, en contentar vuestro amor propio el tiempo destinado al servicio del Señor, el que estaba destinado para vuestra felicidad será empleado en vuestro castigo. Deseo que estas verdades os hagan impresión, y os lleven a abrazar el servicio de Dios, que es el modo de merecer una eterna recompensa".

Fuente: "Colección de pláticas dominicales" - San Antonio María Claret - Tomo 1, 1862 [Negrillas son nuestras.] / Imagen: "The beggar carved" by zzt126 - Licencia foto: CC0 Public Domain

Orar por las Almas del Purgatorio



"Es artículo de fe que todos los que mueren en gracia, pero sin haber satisfecho plenamente a la justicia de Dios, van a purificarse, y a expiar sus culpas en las penas del Purgatorio; esto es, que antes de entraren el Cielo, donde no se admite la más ligera mancha, indispensablemente han de padecer tormentos en la otra vida por las más mínimas faltas que no hayan satisfecho en ésta, hasta extinguir enteramente la deuda contraída a favor de la Justicia Divina.

En virtud de una verdad tan constante, así por la Sagrada Escritura, como por los Concilios y por la Tradición, la Santa Iglesia, gobernada siempre por el Espíritu Santo, en todas las Misas hace particular oración por los difuntos. (…) De manera, que además de la oración que se hace en el Sacrificio de la Misa por las almas de aquellos que nombran en particular, dispone la Iglesia que todos los días se pida en general a Dios por todas las almas que están en el Purgatorio. Esta buena Madre pide por aquellas benditas y afligidas almas, en primer lugar el refrigerio por el fuego en que se abrasan; después la luz por las tinieblas que las circundan; y finalmente, la paz por las agitaciones que padecen. Esta oración por los difuntos en el Santo Sacrificio de la Misa se halla en todas las liturgias más antiguas, tanto de la Iglesia Griega, como de la Latina, y es de Tradición Apostólica, como lo testifica Tertuliano en el libro de la corona del soldado; San Cipriano en la Epístola 66, San Cirilo de Jerusalén, San Epifanio, San Crisóstomo, San Ambrosio, San Agustín, y todos los Santos Padres; como también el cuarto Concilio de Cartago, el segundo de Vaison, el de Orleans, el de Braga, y las Liturgias de todos los siglos.

Ciertamente cuando se examina sin preocupación el dogma Católico sobre la oración por los difuntos, apenas se puede comprender cómo ha habido entendimientos que se hayan amotinado contra un dictamen tan antiguo, tan autorizado, tan conforme a la luz de la razón, y aun a los mismos impulsos de la naturaleza. Parece que por este medio quiso la divina Providencia humillar nuestra presunción, haciéndonos conocer hasta dónde es capaz de descaminarse; y al mismo tiempo fortificar nuestra fe, dando ocasión para que sucesivamente se fuesen profundizando todos los puntos, y confirmándose mas. Y este es el provecho que se puede decir ha sacado la Iglesia de las herejías suscitadas en todos los siglos.

(…)

San Agustín en el Sermón 172, sobre las palabras del Apóstol San Pablo, exhorta vivamente a los fieles a que con oraciones, limosnas, y especialmente con el Santo Sacrificio de la Misa, soliciten el alivio de los difuntos que están pagando en el Purgatorio aquellas ligeras culpas por las cuales no dieron en vida plena satisfacción a la Divina Justicia.

Todas estas fúnebres pompas, dice este gran Santo, esos numerosos acompañamientos, esas magníficas exequias, esos ricos y soberbios mausoleos, son cierta especie de consuelo para los vivos; pero no son ni sufragio ni alivio para los muertos. Lo que sin duda los sirve de alivio y de sufragio son las oraciones de la Iglesia, el Santo Sacrificio de la Misa, y las limosnas que por sus almas se reparten a los pobres. Esto sirve para que Dios los trate con más piedad y con más misericordia que la que merecían sus pecados. Es antigua costumbre, establecida en toda la Iglesia, según la tradición de los Padres (prosigue el Santo Doctor) hacer oración por aquellos que murieron en la comunión del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, singularmente en aquella parte del Sacrificio donde se hace conmemoración de ellos, como también especificar los nombres de aquellos por quienes particularmente se ofrece. Pero cuando estas oraciones por los difuntos van acompañadas con obras de misericordia, ¿quién duda que le son muy provechosas? No se puede negar que todo esto ayuda mucho a aquellos difuntos que mientras estuvieron en vida merecieron ser socorridos con estos auxilios después de muertos; pero no te persuadas, (añade el Santo) que todas las oraciones que se rezan, todas las buenas obras que se hacen, y todas las Misas que se ofrecen por tales, y por tales muertos, las acepta siempre Dios en favor de aquellos por quienes se aplican. De esa manera saldrían mejor librados en la otra vida los grandes del mundo, que de ordinario salen de ella más deudores a Dios, y serian preferidos a otros pobrecitos más virtuosos, que fueron de inferior condición y de humilde fortuna. Porque es de advertir que a los difuntos no les añaden nuevos méritos las buenas obras que se ofrecen por ellos. Si queremos que después de muertos nos sirvan todas las oraciones y todas las buenas obras que se apliquen por nosotros, vivamos de manera que merezcamos las acepte, y nos las aplique el Señor después de muertos. ¡Y después de todo esto, aún habrá hombres tan prevenidos, y tan preocupados del espíritu del error, que todavía se empeñen en defender que el hacer oracion, por los difuntos es invención de los postreros siglos!

Pide la Justicia divina que todos los pecados sean castigados, pero con alguna proporción; de manera, que el castigo de una culpa leve no sea tan grande como el de una culpa grave; pues como no se puede negar que en los que mueren en gracia se hallan algunas culpas tan ligeras que no merecen los suplicios eternos, es preciso convenir que necesariamente ha de haber en la otra vida algunas penas distintas de las del Infierno, a lo menos en la duración, para el castigo de estas ligeras culpas. La muerte no priva a la justicia de Dios de su derecho, ni a su misericordia de poder usar alguna gracia con las almas que están en su amistad. Pero ellas ya no pueden merecer por sí mismas ni el alivio de las penas, ni la gracia de que se las abrevien. Son como aquellos que están presos por deudas, y no tienen con que pagarlas, las cuales recurren a sus parientes y a sus amigos para que satisfagan por ellos. El comercio que hay entre todos los fieles unidos por el vínculo de la caridad obliga a aquellas pobres almas a recurrir a sus amigos y a sus deudos para que satisfagan por ellas a la justicia de Dios, porque en la cárcel donde se hallan padecen extrema necesidad. Respecto de ellas, todos, por decirlo así, somos ricos; nos sobran medios y recursos para socorrerlas; oraciones, limosnas, buenas obras, Misas, ayunos, penitencias, todo es caudal con que podemos solicitar la libertad de aquellas pobres almas. ¡Y qué reconocidas no estarán a sus bienhechores y libertadores aquéllas cuyas penas se aliviaron o se abreviaron por sus caritativos oficios! En el Cielo, donde está en su perfección la caridad, nunca olvidarán lo que debieron a los que aceleraron su dicha, satisfaciendo por ellas. Y aquel gran Dios, que promete el Cielo a quien diere en su nombre y por su amor un vaso de agua; aquel Divino Salvador, que agradece como si se hiciera a su misma persona lo que se hace con el más mínimo de sus siervos, ¿con qué ojos mirará esas Misas, esas penitencias, esas oraciones, esas buenas obras que se ofrecen por aquellas almas predestinadas, que le son tan gratas, y que está tan pronto como propenso a libertarlas? ¿Hay obra de misericordia más meritoria que la que se ejercita con los difuntos? ¿Hay devoción más sólida ni más conforme al espíritu, al corazón de un cristiano que la devoción con las Almas del Purgatorio?

Admiremos en este punto de nuestra religión la infinita sabiduría y la maravillosa providencia de Dios, que queriendo componer un solo cuerpo de todos los fieles, supo hacer perpetua la unión de los miembros de la Iglesia, juntando por ese comercio de caridad los que todavía viven en la tierra con los que la muerte separó de su compañía corporal. Por este medio se estableció, y se conserva una continua comunicación de beneficios entre los vivos y los muertos, igualmente útil a los unos y a los otros, haciéndoles a todos participantes de los méritos de su amable Redentor. Nuestras oraciones y nuestras buenas obras libran a los difuntos de los mayores males, y su intercesión nos solícita a nosotros los mayores bienes; nosotros los hacemos participantes de todo lo bueno que obramos, y ellos en la Gloria se empeñan eficazmente para que tengamos parte en la dicha que gozan. De manera, que la caridad, el agradecimiento y la ternura se perpetúan entre los hijos de Dios, y recíprocamente se ayudan a bendecir, admirar y alabar por toda la eternidad las infinitas perfecciones del Padre Celestial".

Fuente: "Año cristiano o ejercicios devotos para todos los días del año" por el P. Juan Croisset, Día 9, Tomo: Julio, 1804. - [Negrillas son nuestras.] / Imagen: Rohrbach parish church. Altar of All souls Wolfgang Sauber / Licencia: CC BY-SA 3.0

La Indispensable Necesidad de hacer Penitencia



"Considera la energía, la precisión y la universalidad de este oráculo: Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis (Lc 13,5). Necesidad, por decirlo así, tan indispensable como la de la fe, la del bautismo y la de la gracia final para salvarse. Hablase respecto de los adultos. No hay edad, no hay condición, no hay estado que se exima de ella. La proposición es general, y también lo es la necesidad. O eres pecador, o eres inocente. Si pecador, ¿cómo te atreverás a prometerte el perdón sin la penitencia? Si inocente, y aún no has pecado, puedes pecar; y esto basta para que la penitencia te sea indispensable. (...)

¡O mi Dios, y cuántos enemigos tenemos siempre alerta y emboscando siempre! En la vida todo es peligros, todo lazos, escollos todo. Dentro de nosotros mismos llevamos el enemigo de nuestra salvación, siempre de inteligencia con los sentidos, siempre dócil a la impresión de los objetos exteriores, siempre de acuerdo con el amor propio. En la misma sangre contraemos la inclinación a lo malo. Todo es tentación, y la vida del hombre es una continua guerra que solo se acaba con la muerte. El que no quiere ser vencido, no puede dejar las armas de la mano; y si no se vela sin cesar contra un enemigo que jamás se duerme, es preciso que nos sorprenda. El aire que respiramos es contagioso; son pocos los objetos que no despidan de sí algunos hálitos malignos; no puede estar seguro el que se expone a ellos sin preservativos y sin precauciones. Esos preservativos, sin los cuales corre peligro la vida; esas armas, sin cuya defensa seguramente nos herirá el enemigo; esa vigilancia, esos esfuerzos, esa violencia, de que ninguno debe considerarse dispensado, es la penitencia; es preciso velar y orar sin cesar; es preciso mortificar el cuerpo del pecado, reprimir los sentidos, domar las pasiones, todas a cual más rebeldes. ¿Qué te parece? ¿Conservase por largo tiempo la inocencia sin el auxilio de la penitencia? Y si se ha pecado, ¿se podrá excusar este socorro? El incomprensible rigor de las penas del infierno y su eterna duración aun no son suplicio excesivo para castigar un solo pecado mortal; y una alma manchada con millares de millares de gravísimas y de feísimas culpas, ¿presumirá conseguir el perdón sin hacer penitencia? ¡Qué locura! Cuéntase con los méritos de nuestro Señor Jesucristo: es así porque sin estos méritos, qué podíamos nosotros esperar; pero ese mismo Salvador, ese Padre de las misericordias nos declara expresamente, que con toda su misericordia si no hacemos penitencia, todos pereceremos infaliblemente. ¿Has comprendido bien la fuerza y el sentido de este oráculo?

Considera que la condición habla con todos los estados. Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis. La generalidad es sin excepción. Grandes del mundo, criados en el seno de la delicadeza y del esplendor, ante quienes todos se doblan, todos se arrodillan, todos se postran, y que ignoráis hasta las voces de mortificación; si no hiciereis penitencia, todos pereceréis.

Poderosos del siglo, vosotros que vivís en medio de la abundancia, rodeados de la magnificencia, anegados en gustos, nadando en diversiones; vosotros, a quienes todos lisonjean, todos aplauden, todo se muestra risueño, pasando los días en la ociosidad, en la alegría y en el regalo; si no hiciereis penitencia, todos pereceréis; todos, sin que se tenga respeto ni a la grandeza de vuestro nombre, ni al esplendor de vuestro nacimiento, ni a la delicadeza de vuestra complexión.

Damas del mundo, a quienes estremece, a quienes pone horror el nombre solo de penitencia, vosotras, que consumís todos los días de la vida en eternas inutilidades, en juegos, en cortejos, en pasatiempos, en espectáculos; vosotras, que a costa de infinitos afanes cultiváis la hermosura, la brillantez, la frescura y la viveza del color; vosotras, que promovéis la sensualidad hasta lo más refinado de la delicadeza; si no hiciereis penitencia, todas pereceréis, todas sin excepción.

Hombres de negocios, comerciantes, pobres oficiales, a quien ocupa toda la vida la codicia, el amor al interés y el ansia de hacer fortuna; si no hiciereis penitencia, todos pereceréis; hasta los más infelices mendigos, hasta los que viven como abismados en lo profundo de la miseria, si se han de salvar, han de hacer penitencia.

Argúyase, sutilícese, interprétese cuanto se quisiere; es un oráculo que no se puede eludir, es un decreto claro y preciso, que de todos se deja entender. Vosotros, seáis lo que quisiereis, si no hiciereis penitencia, y una penitencia proporcionada a vuestras culpas, a vuestras necesidades, y una penitencia sincera y constante, todos pereceréis. Por más que te quieras atolondrar, por más que te quieras aturdir, por más que te quieras revolver contra este moral, no hay cosa más cierta ni más infalible que este oráculo. Los cielos y la tierra pasarán; pero las palabras de Jesucristo se mantendrán inmutables.

(...)

Espanta el nombre solo de penitencia. Ayunos, abstinencias, cilicios, sacos, disciplinas, maceración de la carne, industrias ingeniosas de mortificación, todo asusta, todo sobresalta nuestra delicadeza. ¿Pero nos dispensará ésta en la obligación de hacer penitencia? ¡Cosa extraña! Se peca, se vive divertidamente, delicadamente, regaladamente, y se muere sin haber hecho ninguna penitencia. ¿Pues cuál ha de ser nuestra suerte? O hemos de ser eternamente condenados, o va por tierra la palabra de Jesucristo. Considera, si puedes, nuestra impenitente vida con esta infalible predicción: Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis. No te engañes miserablemente; de cualquiera edad, de cualquiera estado, de cualquiera condición que seas, ten por cierto que infaliblemente te condenarás, si no hicieres penitencia; y comiénzala a hacer sin dilatar un solo día, si no quieres ser condenado. Da principio por un vivo y sincero dolor de tus culpas, que es la penitencia del corazón; pero no basta eso por lo común; esa contrición, ese dolor, ese arrepentimiento y esa penitencia de corazón acompáñala con la mortificación del cuerpo, de los sentidos y de la delicadeza.

Las penitencias, por decirlo así, de obligación, han de preceder a todas las demás; ayunos de la Iglesia, que son penitencias de precepto, cuaresmas, cuatro témporas y días de abstinencia, en esto nunca te has de dispensar. ¿Pero te incomodan un poco estos preceptos? mejor; eso es lo que pretende la Iglesia; por eso se imponen los ayunos y las abstinencias para incomodar la sensualidad y el amor propio; no pretende la Iglesia matarte, sino mortificarte. Si no sintieras algún trabajo, no sería penitencia. ¿Pero serán legítimas todas esas dispensaciones? ¿Muchas de ellas no serán subrepticias? (...)

No te contentes con las penitencias de obligación, añade a ellas algunas voluntarias. Buena penitencia es sufrir sin hablar palabra, llevar con paciencia el mal humor de aquellos con quien vives y con quien tratas, sus contradicciones, sus injurias y sus desprecios. Los instrumentos de mortificación para macerar la carne no se hicieron solamente para los claustros religiosos, también son muy convenientes a los seglares; razón es que donde hay más pecados haya también mas penitencia. Si lo consultas con tu amor propio, no habrá penitencia que no te haga daño; consulta el punto con tus enormes culpas, y hallarás que por más penitencias que hagas, por austera y por mortificada que sea tu vida, siempre quedarás deudor a la divina Justicia. La penitencia debe ser una virtud ordinaria a todos los cristianos; no se pase día sin que hagas alguna; mortifica tus sentidos, tus ojos, tu lengua, tu apetito, tu gusto y tus pasiones; haz algún sacrificio cada día, acordándote siempre que irremisiblemente perecerás si no hicieres penitencia. El reino de los cielos padece fuerza, y solamente le arrebatan los que se hacen violencia".

Fuente: "Año cristiano o ejercicios devotos para todos los días del año" por el P. Juan Croisset, Día 6, Tomo: Julio, 1804. - [Negrillas son nuestras.] / Imagen: "El retorno del hijo pródigo" por Bartolomé Esteban Murillo / Licencia: CC0 Public Domain