La Fe Cristiana: Demonio
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Sobre los que callan pecados en la Confesión (Sermón de San Alfonso María de Ligorio)


Sermón para el tercer Domingo de Cuaresma por San Alfonso Maria de Ligorio.

"Pero tú tienes tantos miedos, y no temes condenar tu propia alma por el enorme crimen de ocultar los pecados en la confesión. Temes la reprimenda de tu confesor, y no temes la reprimenda que recibirás de Jesucristo, tu Juez, a la hora de la muerte. Temes que se conozcan tus pecados lo cual es imposible, y no temes el día del juicio, en el que, si los ocultas, serán revelados a todos los hombres."

Fuente:
Third Sunday Of Lent: On Concealing Sins In Confession
Saint Alphonsus de Liguori
http://traditionalcatholicsermons.org/

De los falsos atractivos que usa el diablo para engañarnos



"Punto Primero. — Considera que el amor de los deleites, el amor de las honras y el amor de las riquezas son las tres grandes máquinas que dan impulso a las operaciones de los hombres, y ponen en movimiento todas las pasiones. Como el enemigo de la salvación conoce muy bien la violenta inclinación del corazón humano a estos tres objetos, no cesa de combatirle por estos tres flancos. El ejemplo solo de Salomón debiera bastar para nuestro desengaño. Este poderoso Rey no negó gusto alguno a sus sentidos; colmado de bienes, de honras, de aplausos y de deleites, se vio precisado a confesar, cuando estaba como anegado en un golfo de delicias, que todo cuanto había hallado en la tierra era vanidad y aflicción de espíritu; y todas las mayores brillanteces del mundo, engaño, trampantojos, apariencia e ilusión. Con efecto, ¿qué otras cosas se pueden encontrar en este destierro? Es cierto que el mundo promete siempre riquezas y grandes honores; pero ¿de cuándo acá fue el árbitro ni el distribuidor de esos bienes? Empeña en grandes gastos a los que siguen su partido; pero ¿qué fruto sacan de ellos? ¿cuál es su recompensa? ¿Acaso fueron nunca herencia de los mundanos la paz, el gusto ni la dulce tranquilidad de la vida? Promételes el mundo deleites; pero ¿no les emboca en vez de deleites amargas pesadumbres? ¿Brindales jamás con algún deleite que no se le de desleído en hiel? ¿disfrutase alguno tras el cual no venga el arrepentimiento y el dolor? Promete el mundo grandes honras; pero ¿acaso es dueño de ellas? Y ¿podrá uno prometerse sincera veneración donde todo está lleno de envidiosos, de malignos y de concurrentes?

De la Deshonestidad



"Ecce homo quidam hydropicus erat ante illum. «Y he aquí que se puso delante de Él un hombre hidrópico». (Luc. XIV, 2)

El hombre deshonesto es semejante al hidrópico, que cuanto más bebe, más acosado se ve de la sed; pues lo mismo es el maldito vicio de la deshonestidad, la cual no se sacia jamás, como dice Santo Tomás de Villanueva: Sicut hudropicus, cuanto magis abundant humore, tanto amplius sitit; sic fluctus carnalium voluptatum. Por tanto, suministrándome asunto el Evangelio de hoy para hablaros de este vicio, os haré ver en el presente discurso:
Punto 1º: El engaño de los que dicen que el pecado de la deshonestidad merece algún disimulo.
Punto 2º: El engaño de los que dicen, que este pecado lo tolera Dios y no lo castiga.

Punto 1
Engaño de los que dicen que el pecado de la deshonestidad merece algún disimulo.
1. Dice el hombre deshonesto, que este pecado es digno de disimulo, aunque todos conocen su fealdad y le detestan. El sólo no la ve ni la conoce, semejante al animal inmundo, como dice San Pedro, que se revuelca en el cieno: Sus lota in volutabro luti. (2 Petr. 2,22). Dime tú, pecador deshonesto, que hablas de ese modo, ¿me negarás, acaso, que el pecado de la deshonestidad es culpa grave? Si me lo niegas, eres un hereje declarado, puesto que dice San Pablo, que ni los fornicarios, ni los adúlteros, ni los afeminados han de poseer el reino de Dios: Nolite errare : neque fornicarii, neque idolis servientes, neque adulteri, neque molles ... regnum Dei possidebunt. (1 Cor. 6, 9 et 10). Y si es pecado mortal, y no despreciable, lo mismo que el hurto, la murmuración, la infracción del ayuno y los demás pecados mortales; ¿cómo te atreves a decir que es poco importante? ¿Acaso te parece poco importante un pecado mortal? ¿Crees que es cosa de poca importancia despreciar la gracia de Dios, volverle las espaldas y perder su amistad por un breve placer, propio de bestias?

2. El angélico doctor Santo Tomás escribe, que el pecado mortal contiene en sí una malicia infinita, por ser un desprecio que se hace a un Dios infinito. ¿Y dirás, tú, hombre deshonesto, que un pecado mortal es de poca importancia? Antes digo yo, que es una culpa tan grave, que si todos los ángeles y todos los santos, los apóstoles, los mártires y la misma Madre de Dios, ofreciesen todos sus méritos en satisfacción de un sólo pecado mortal, no serían suficientes para satisfacer por él, puesto que esta satisfacción sería finita y la ofensa es infinita, porque hace relación a un Dios infinito. En verdad os digo, que el odio que tiene Dios al pecado de obscenidad, es gravísimo. Si una dama halla un cabello en su plato, no come aquél día por las náuseas que le produce. Dios, pues, que es la misma santidad y la misma pureza, ¿con cuánto horror mirará la deshonestidad licenciosa, prohibida por la santa ley? Sabemos que Él ama infinitamente la pureza, y por consiguiente, que aborrece en la misma proporción la sensualidad.

3. Dice Santo Tomás, que Lucifer, que se cree fue el mismo demonio que tentó a Jesucristo en el desierto, le quiso inducir a otros pecados; pero tuvo a menos inducirle al pecado de la deshonestidad. Digan los deshonestos enhorabuena, que este vicio merece disimulo; más yo les pregunto ¿es disimulable, que un hombre que tiene una alma racional, enriquecida por Dios con tantas gracias, se haga por este pecado semejante a las bestias? ¿No se hace por él indigno de la redención y de la misericordia de Dios? Sobre todo; ¿no infringe, abandonándose a este vicio; el sexto precepto del Decálogo, que nos prohíbe todo acto deshonesto? Dice San Jerónimo (in Oseam. c. 4): «La fornicación y la deshonestidad trastornan los sentidos y convierten al hombre en un bruto». En el deshonesto se verifica más propiamente aquella sentencia de David, cuando asegura que el hombre se ha igualado con los insensatos jumentos y se ha hecho como otro de ellos. Decía San Jerónimo, que no hay cosa más vil y despreciable que dejarse el hombre vencer de la carne. ¿Será también cosa de poca importancia olvidarse el hombre de Dios y desterrarle de su alma, por dar un goce pasajero al cuerpo, goce de que se avergüenza el propio pecador luego de que pasó? De este pecado se lamenta el Señor cuando dice por Ezequiel (23,35) a los hombres deshonestos: «Os habéis olvidado de mí, y me habéis pospuesto a vuestro cuerpo». Y Santo Tomás, en el capítulo 31 sobre Job, dice: que todo vicio hace al hombre enemigo de Dios, especialmente el vicio de la deshonestidad.

4. Añadamos a lo dicho, que este pecado llega a ser un mal inmenso por la facilidad con que se toma fuerzas y se multiplica. Un blasfemo no blasfema siempre, sino sólo cuando se embriaga de furor y encoleriza. Un ladrón no roba todos los días, sino solamente cuando se presenta ocasión. Un asesino, cuyo oficio es matar a sus semejantes, comete, cuando más, ocho a diez asesinatos. Pero el deshonesto es un torrente continuo de pecados, de pensamientos, de palabras, de miradas, de tentaciones; de manera, que si va a confesarse, no puede explicar el número de pecados que ha cometido. A los que adolecen de este vicio les presenta el demonio los objetos obscenos, no solamente como están despiertos, sino también mientras duermen, para que consientan en el pecado cuando despierten. Y cuando ellos se hicieron esclavos ya del demonio, le obedecen y consienten fácilmente. La razón de esto es, porque en este pecado es fácil contraer el mal hábito; pues a los otros vicios de blasfemar, de quitar la fama al prójimo y de matar, no está inclinado el hombre; pero a éste le inclina la misma naturaleza. Por esto dice Santo Tomás, que ningún pecador se halla tan dispuesto a despreciar a Dios, como el hombre deshonesto, que le desprecia y le vuelve las espaldas en cuantas ocasiones se le presentan. Este pecado arrastra, además, a otros crímenes, que causan infamia a quienes los comete, como los hurtos, los odios, los homicidios y la ostentación del mismo vicio. y es más odioso todavía por el escándalo que da al prójimo. Los otros crímenes, como la blasfemia, el homicidio y el perjurio, generalmente causan horror; la deshonestidad, empero los atrae y les hace caer en la red, porque son de carne y están inclinados a ese vicio por naturaleza.

5. Escribe San Cipriano, que por este vicio triunfa el demonio de todo el hombre, es decir, del cuerpo y del alma. Triunfa de la memoria, porque hace que recuerde ciertos placeres para deleitarse el entendimiento, haciéndole desear las ocasiones de pecar. Triunfa de la voluntad, moviéndola a amar la deshonestidad como su último fin, y como si no hubiese Dios. El santo Job tenía horror a ese vicio, que decía: «Hice pactos con mis ojos de ni siquiera pensar en una virgen; porque de otra suerte, ¿que comunicación tendría conmigo desde arriba Dios, ni que parte me daría el Todopoderoso de su celestial herencia?». San Gregorio escribe, que de la deshonestidad nace la ceguedad del alma, el odio de Dios, y la desesperación de la vida eterna. (San Greg. Mor. lib. 13). Y San Agustín hablando del deshonesto, dice: que aunque él envejezca, no envejece el vicio. Y por esto afirma Santo Tomás: que de ningún pecado se alegra tanto el demonio, como de la impureza; porque a ningún pecado está tan inclinada la naturaleza como a éste; de suerte que el apetito no puede saciarse. ¿Y todavía diréis, hombres deshonestos, que es disimulable este vicio? Yo os aseguro que no hablaréis así a la hora de la muerte. Entonces cada pecado de impureza os parecerá un monstruo salido del Infierno. Y mucho menos hablaréis de este modo ante el tribunal de Jesucristo, que os responderá con estas palabras del Apóstol: «Ningún impúdico será heredero del reino de Cristo» (Ephes. 5,5). Y en verdad, no es digno de habitar con los ángeles quien quiso vivir como las bestias.

6. Pidamos siempre a Dios, amados oyentes míos, que nos libre de este vicio, porque de otro modo perecerán nuestras almas. El vicio de la impureza lleva en sí mismo la obcecación y la obstinación. Todos los vicios hacen al hombre duro e insensible, pero más que todos ellos la deshonestidad. Por eso dice Oseas en el capítulo 4 vers. 11, que la deshonestidad, el vino y la embriaguez quitan  el buen sentido. Y Santo Tomás afirma, que el deshonesto no vive razonablemente. Si el que adolece de este vicio, pues, pierde la luz y no ve que obra mal, ¿como puede detestar su culpa y enmendarse? Dice también el profeta Oseas, que a los obscenos, porque están dominados del espíritu de la fornicación, ni aún les ocurre la idea de convertirse a su Dios, sino que le desconocen. Acerca de este vicio escribe San Lorenzo Justiniani, que por la delectación de la carne nos olvidamos de Dios. Y San Juan Damasceno escribe igualmente que el hombre carnal no puede ver la luz de la verdad. De ahí es, que el hombre impuro no conoce lo que significa ya la gracia de Dios, Juicio, Infierno ni Eternidad. He aquí porque unos algunos impúdicos, obcecados ya con el vicio, se atreven a decir que la fornicación con las mujeres libres no es pecado, puesto que no lo era, según ellos dicen, en la ley antigua; y citan a Oseas cuando le dijo Dios: Anda, cásate con una mujer ramera y ten hijos de ramera: Vade, sume tibi uxorem fornicationemet fac tibi filios fornicationum (Oseæ. 1,2) Más este es un error que les sugiere su ciega pasión; porque la fornicación siempre fue pecado, así en la ley antigua, como en la nueva. ¿Y que resulta de estas cavilaciones sutiles para convertir el vicio en virtud? que sus confesiones son nulas, porque las hacen sin verdadero dolor. ¿Y cómo pueden tener dolor, si no conocen ni detestan sus pecados?

7. Lleva además consigo este vicio la obstinación y dureza de corazón. Para no ser vencido por las tentaciones deshonestas debemos recurrir a la oración como nos lo encarga el Señor: Vigilate et orate, ut non intretis in tentationem (Marc. 24,38) Pero ¿cómo ha de pedir a Dios el hombre deshonesto que le libre de ta tentación, cuándo él mismo está buscando las ocasiones de ser tentado; y tal vez se abstiene de pedir esto, temiendo ser oído y sanado de este vicio, que desea que dure arraigado en su alma, como confesaba el mismo San Agustín? Temía -dice- no me oyeses y me sanases presto del vicio de la concupiscencia, el cual quería más ver saciado que extinguido. (San Aug. Conf. lib. 8 cap. 7). San Pedro llamó a este vicio pecado continuo, con respecto a la obstinación con que se arraiga en el alma. (2 Petr. 2,14). Algunos dicen: Yo siempre me acuso de este vicio en la confesión. Esto es lo peor, porque tornando siempre al pecado, es señal que no le detestan. Si ellos creyesen que este pecado les puede conducir al Infierno, difícilmente dirían: yo no quiero dejarle, y no importa que me condene. Pero el demonio les engaña: Cometedle, les dice, que después os confesaréis. Más, para que la confesión sea buena, es necesario el arrepentimiento de corazón y el propósito de la enmienda. Y ¿en donde, pregunto yo, está el arrepentimiento y el propósito de aquél pecador deshonesto que vuelve todos los días al vómito? ¿Que importa que siempre lo confiese, si siempre vuelve a pecar, manifestándose así, que se confiesa por mera ceremonia? Si tuviese verdadero dolor y hubiese recibido la gracia de las confesiones anteriores, no reincidiría tan brevemente. Si siempre recae el vicioso a los ocho, a los diez días, o quizás antes, ¿que señal os parece que es esta? Es señal de que siempre ha vivido en pecado mortal. Cuando un enfermo vomita presto los remedios que toma, es señal de que la enfermedad es incurable.

8. Dice San Jerónimo, que el vicio deshonesto, cuando ha llegado a ser habitual en alguno, solamente termina en el Infierno. Los impúdicos son semejantes a los buitres, que prefieren dejarse matar por los cazadores antes que abandonar los podridos cadáveres de que se están alimentando. Esto hizo una joven como refiere el P. Segneri (Crist. Istr. Rag. 24, n. 10) la cual, después de haber tenido trato deshonesto con un joven, cayó en una enfermedad y daba muestras de haberse arrepentido, pidiendo al confesor licencia para llamar al joven, con el fin de exhortarle de mudar de vida a vista de su muerte. El confesor, poco prudente, se la concedió y le indicó lo que debía decirle cuando llegase. pero oid lo que sucedió. Cuando la desgraciada le vió a su lado, se olvidó de la promesa hecha al confesor, y lo que debía decir al joven. Se sentó en la cama, extendió los brazos  hacia él y luego le dijo: Amigo siempre te he amado, y te amo ahora mismo que me voy a morir; veo que me voy al Infierno por ti, pero no me importa condenarme por tu amor. Dicho esto cayó sobre el lecho y expiró. Muy difícil es que se enmiende, y se convierta de corazón a Dios, y que no vaya al Infierno, como esta joven desgraciada, quien se ha entregado habitualmente a este vicio.

Punto 2
Engaño de los que dicen que este pecado lo disimula Dios
9. Dicen los hombres deshonestos, que Dios disimula este pecado, cuando, por el contrario, afirma Santo Tomás de Villanueva; que ningún pecado castiga a Dios con tanto rigor como el de la deshonestidad. Por este pecado leemos en las santas Escrituras, haber enviado Dios un diluvio de fuego sobre las cuatro ciudades de Pentápolis, que abrasó en un momento, no solamente a los hombres, sino hasta las piedras. Y San Pedro Damian refiere, que un hombre y una mujer que estaban pecando, fueron hallados abrasados por el fuego, y negros como el carbón.

10. Varios doctores escriben también que el diluvio universal fué enviado sobre la tierra, especialmente, para castigar este vicio, lloviendo cuarenta días y cuarenta noches, de manera, que las aguas se elevaron quince codos sobre los montes más altos para castigar este vicio. En castigo de este desorden quiso Dios, que solamente se salvasen ocho personas en el arca de Noé, y que todas las demás pereciesen. Pero reflexionad sobre las palabras de Dios antes de imponer al mundo el castigo por este pecado: «No permanecerá mi espíritu en el hombre para siempre, porque es muy carnal» (Gen. 6,3); como si dijera: porque está inclinado a la carne, y se deja llevar de sus desordenados apetitos. La cólera de Dios no es como la del hombre, que turba el espíritu y le induce a cometer excesos; sino que es un juicio justo y tranquilo, en el cual el rigor de la pena es proporcionado a la grandeza de la culpa. Y para que nosotros entendiésemos cuanto aborrece Dios la deshonestidad, añadió: que le pesaba haber creado al hombre que tanto le ofendía con este vicio.

11. Según San Remigio pocos de los adultos se salvan a causa de este vicio, solamente están libres de él los niños. En confirmación de estas palabras del santo, tuvo revelación una alma santa, que así como la soberbia llenó el Infierno de demonios, así también la deshonestidad le llena de hombres. Y la razón que de esto da San Isidoro, es: porque ningún otro pecado hace a los hombres tan esclavos del demonio como la impureza. Y por lo mismo, observa San Agustín, que la lucha es general, y la victoria de muy pocos: Communis est pugna et rara victoria.

12. Todo lo que acabo de decir, oyentes míos, no lo he dicho para que desesperen de su salvación los deshonestos que se hallen entre vosotros, sino para que procuren sanar de su enfermedad. Tratemos ahora, pues, de los remedios que hay para sanar el vicio de la impureza. Dos son los principales: la oración y la fuga de las ocasiones. En cuanto a la oración, San Gregorio Niceno dice: que ella es la defensa y el escudo de la pureza. Y antes que él lo dijo el sabio Salomón de éste modo: Y luego que llegué a entender que no podría ser continente si Dios no me lo otorgaba, acudí al Señor y se lo pedí con fervor. (Sap. 8,21). Y en efecto, no es posible resistir a este vicio sin el auxilio divino. Por tanto, el remedio para vencer las tentaciones es: recurrir a Dios inmediatamente que nos sentimos tentados, repitiendo muchas veces los nombres santísimos de Jesús y María, que tienen una virtud especial para desterrar para desterrar de nuestra imaginación los malos pensamientos. Es preciso también desechar inmediatamente el mal pensamiento de la imaginación, con la misma ligereza con que sacudimos la chispa de fuego que nos cae en la mano, y decir al punto: Jesús y María, ayudadme.

13. En cuanto a la fuga de las ocasiones, solía decir San Felipe Neri, que en esta especie de guerra vencen los cobardes; es decir, los que no quieren luchar con la tentación, sino que huyen de ella; y por lo mismo, conviene, ante todas las cosas refrenar la vista para no mirar a personas jóvenes, pues de otro modo, difícil es evitar este vicio como dice Santo Tomás: Luxuria vitari vix potest, nisi vitetur aspectus mulieris pulchrœ. (San Thom. 1, 2 q. 167, a. 2) Por eso decía Job, que hizo pacto con sus ojos de ni siquiera pensar en ninguna mujer (Job 31,1). Temía con razón mirar a las mujeres, porque fácilmente se pasa de la vista al deseo, y del deseo a la obra. Acerca de esto decía San Francisco de Sales, que no tanto daña el mirar a las mujeres, como el mirarlas con detención y curiosidad: In medio mulierum noli commorari (Eccl 42,12). Porque entonces el demonio, si no pudo vencer al principio, vencerá al fin. Advierte Salomón en los Proverbios, que teme el sabio y desvía; pero el insensato se presume seguro y cae: Sapiens timet ... stultus confidit (Prov 14,16).

¡Ea, pues, oyentes míos, los que por desgracia estáis poseídos del vicio de la deshonestidad! romped por fin los lazos en que os tiene enredados el demonio, y volveos a nuestro Divino Redentor, que os espera con los brazos abiertos para abrazaros. Haced presto una confesión humilde y dolorosa de todas vuestras culpas, y el Señor os admitirá nuevamente en su redil, aunque habéis estado tanto tiempo apartados de Él, como ovejas sarnosas destinadas al infierno. Pero, después que os hayáis confesado, huid con cuidado de las ocasiones de pecar, puesto que en esta lid sólo se vence huyendo, como ya hemos dicho. Hacedlo así, oyentes míos, y Dios os dará ayuda que necesitéis para perseverar en su santa amistad, y después la gloria eterna."

Fuente: "Sermones abreviados para todas las dominicas del año", San Alfonso María de Ligorio, 1847 - [Negrillas son nuestras.]

¿ Cómo es posible no pensar en el infierno?



"Extraña ceguedad es no pensar en el infierno; el pensar en él y no temerlo es un furor monstruoso; el pensar en él, temerle y no hacer todo lo imaginable para evitarlo es deplorable locura. Pensemos pues en el infierno para temerlo, y temámosle para no caer en él, dice S. Juan Crisóstomo; porque es casi imposible que una alma que piensa seriamente en el fuego eterno, se resuelva a pecar, al menos con tanta facilidad. Ese pensamiento es una barrera que la contiene; un freno que la sujeta y un obstáculo que le opone la gracia para impedir que vaya adonde la llevan el demonio y sus pasiones. Ese pensamiento la hace más humilde, más circunspecta y mas vigilante, y me atrevo a decir, prosigue S. Juan Crisóstomo, que ninguno de los que tienen a la vista el infierno caerá en él, así como ninguno de los que le desprecian se escapará de el: Nemo eorum qui gehennam ob oculos habent, in gehennam incidet. Nemo gehennam contemnentium, gehennam effugiet. El temor saludable de Dios que, según David, es el principio de la sabiduria: Initium saptentiae timor Domini; este temor, digo, es un camino para llegará su amor: después de haberle temido como Juez se le ama como a Padre, se confía en su infinita misericordia, se le exponen las fragilidades y miserias, se le pide humildemente perdón de los pecados, se implora su gracia, se busca su amistad, y se forma la resolución de no ofenderle más, aunque importara todo el mundo."

Fuente: "Tesoro de Oratoria Sagrada: Diccionario Apostólico" [Tomo 2], 1858 - [Negrillas son nuestras.]

En el día del Juicio Final todos verán claramente nuestros pecados



"¿De qué os sirve, hombres inicuos, disimular ahora el fraude con la prudencia, la violencia con la falsa equidad, la usura con un fingido amor al prójimo, y buscar para la perpetración de vuestros crímenes los lugares mas recónditos y tenebrosos? ¿De qué aprovecha, digo, vuestro disimulo, si en aquel día de general inquisición, verán todos claramente, sin que vosotros se lo podáis impedir, las buenas obras que omitisteis, los malos pensamientos que tuvisteis, las maldades que cometisteis, en una palabra el número, las causas y circunstancias de todos vuestros pecados? Ostendam gentibus nuditatem tuam, et regnis ignominiam tuam. ¿No oís las quejas de aquella doncella seducida, de aquel cliente burlado, de aquel inocente atropellado y de tantas otras victimas de la rapacidad, de la impostura, del odio y de todas vuestras malas pasiones? .

¡Oh Dios, qué terrible espectáculo! ¿Visteis alguna vez llevar enjaulada de ciudad en ciudad una fiera alimaña, famosa por el espanto y la desolación que sembró en los campos y comarcas? Hombres y mujeres, niños y ancianos. todos se apiñan a su alrededor, y procuran pellizcarla, herirla y atormentarla de mil maneras, recordando indignados la consternación de los pastores, el destrozo de los rebaños y las devastaciones causadas por el feroz animal. Pues no de otra manera se agrupan al rededor del inicuo, llenos de furor, los ángeles y los demonios, los hombres buenos y los malos, todos a un tiempo. Mirad, mirad aquel hombre que despreciaba el auxilio de Dios, y ponía toda su confianza en su propio poder: ved ahora como anda cabizbajo y confuso. Hija mía. ¿ves aquella vieja? Si, es aquella mujer que me dieron por guardadora, y quiso convertirse en instrumento de mi deshonra. Criado, ¿conoces a aquel que fué tu amo? ¿SI lo conozco, dices? Bien a pesar mió le conozco, pues le serví muchísimos años, y me negó los salarios. Artesano, ¿sabes quién es aquel magnate? Ojalá no lo supiese. Trabajé por él día y noche, y me pagó con amenazas. Pupilos, menores, discípulos, ¿no veis allí bajo vuestros tutores y maestros? Demasiado los vemos, y pluguiera a Dios que nunca los hubiésemos visto. Ellos fueron causa de que no vistiéramos aquel hábito religioso, de que no frecuentáramos aquella Iglesia, de que no cultiváramos aquellos ejercicios piadosos ; ellos soltaron las riendas a nuestras pasiones, dando ocasión a que corriéramos desenfrenados por el sendero de la perversidad; y si alguno de nosotros se sustrajo a su fatal dominación, llevó impresas las señales de sus crueles manos, cual pájaro que escapa de las garras del gavilán. Míranos, cruel Nerón, nosotros somos aquellos infelices a quienes quemaste vivos. Nosotros somos, bárbaro Diocleciano, aquellos cuyas carnes palpitantes arrancaste a pedazos, gozándole en nuestros tormentos. Nosotros, oh heresiarcas, somos aquellos a quienes perseguisteis. Nosotros, en fin, oh católicos, somos aquellos desgraciados infieles que nacimos y morimos fuera del gremio de la Iglesia; pero ¿qué fruto habéis sacado vosotros, codiciosos, soberbios y lujuriosos, qué fruto habéis sacado de vuestra religión augustísima? ¡Ah! si entre nosotros hubiese brillado aquella luz que a vosotros os iluminaba, no hay duda que nos hubiéramos aprovechado de ella para convertirnos y salvarnos. Justo es, pues, el tremendo castigo que os prepara la cólera de Dios: Unusquisque ad proximum tuam stupebit: facies combustae vultus eorum."

Fuente: "Tesoro de Oratoria Sagrada: Diccionario Apostólico" [Tomo 9], 1860 - [Negrillas son nuestras.]

El día del Juicio Final para los impíos será día de terrible espanto



"¿Hasta cuándo ha de durar la perversa locura del hombre? Hace ya más de seis mil años que la divina clemencia derrama a manos llenas sus dones por todos los ámbitos del mundo; inunda de luz los espacios, cubre la tierra de verdura, siembra tesoros en los abismos y adorna con innumerables bellezas el reino todo de la naturaleza. Y esto no obstante, el hombre peca. Redobla aquella su amorosa solicitud, procurando atraerse con el estimulo de las gracias la mente y el corazón del hombre, restituyéndole a la vida eterna, nombrándole hijo suyo y heredero de su Inmortal reino. ¡Y sin embargo, el hombre vuelve a pecar! Mas, no por esto desiste la clemencia divina de su generoso propósito, antes bien persiste en él con la mayor insistencia: otorga al hombre nuevas gracias, halágale con nuevos favores, concédele dilaciones y perdones, calla, disimula, espera a que llegue el día de su arrepentimiento. Pero el hombre, insensible a tantas demostraciones de amor, se obstina más y más en el pecado; prueba evidente de la loca osadía, de la aleve ingratitud y de la negra perfidia que abriga en su corazón y le mueven a pecar.

Pero ¡ay de los que así provocan la cólera de aquel Dios en cuya presencia tiemblan y se inclinan los cielos! ¡Ay de los pecadores impenitentes! porque este omnipotente Dios ha señalado un día, último en la sucesión de los siglos, en que callará la clemencia y solo triunfará la justicia. Justicia vengadora y tremenda, como emanada de la suprema Majestad ultrajada; justicia estrepitosa y potente, que tiene a las criaturas todas por ministros; justicia inmensa e incontrastable, que viniendo cual impetuoso rio sobre los pecadores, vengará el honor ultrajado de Dios y convertirá la osadía en espanto, la ingratitud en confusión y la perfidia en ruina: Dies Domini, dice Isaías, quasi vastitas a Domino veniet. Propter hoc omnes manus dissolventur, et omne cor hominis contabescet, et conteretur. Pueblos, lenguas, tribus, despertad por fin del fatal sueño en que estáis sepultados, y volviendo a mejor acuerdo, procurad evitar los males tremendos que os amenazan. El día final, para los impíos, irá precedido de horrores, y por esto será día de terrible espanto: Omnes manus dissolventur. Irá acompañado de severas acusaciones; y por esto será día de horrorosa confusión: Omne cor hominis contabescet Irá seguido de eterna condenación; y por esto será día de irreparable ruina: Omne cor hominis conteretur."

Fuente: "Tesoro de Oratoria Sagrada: Diccionario Apostólico" [Tomo 9], 1860 - [Negrillas son nuestras.]

Cuán insensatos somos en no apartarnos del pecado, creyendo en la existencia del infierno



"La fe nos enseña que hay un fuego eterno, un fuego que obra así sobre el alma como sobre el cuerpo, un fuego que abrasa sin consumir: esto es lo que tenemos que temer. Pero lo que más me asombra es que una verdad tan formidable nos persuada tan poco, y que algunos de vosotros tal vez no se hayan persuadido jamás de ella; lo que me asombra es que siendo tan delicados, tan amantes de nosotros mismos y tan sensibles al dolor, haga en nosotros tan poco efecto el recuerdo de este fuego, que tiene encendido la ira de Dios para castigar nuestros pecados; lo que me asombra es, que diciéndonos la fe que hay un infierno donde arden los malos, y están privados de Dios, nos dice también que un solo pecado nos expone a lo uno y a lo otro; que la venganza de Dios castiga igualmente a los unos que a los otros; y esto no obstante, el mayor pecado mortal lo calificamos de cosas de la juventud, de fragilidad disculpable y a veces de pasatiempo, de galantería, de agudeza y de jovialidad. ¿Es esto necedad? ¿Es inadvertencia? ¿Es locura? ¿Es fascinación? O creemos este punto fundamental del cristianismo, o no lo creemos. Si le creemos ¿dónde está nuestra prudencia? Si no le creemos ¿Dónde está nuestra religión? Digo mas; si no le creemos ¿qué es lo que creemos, supuesto que no hay una cosa mas creíble, más formalmente revelada por la divina palabra, más sólidamente fundada en la razón humana, una cosa cuya creencia sea más necesaria para contener a los hombres en el deber, y cuya duda les sea más perniciosa, pues los incita a todos los desórdenes? Pero por no creerlo o creerlo imperfectamente ¿nos ponemos más a cubierto del peligro? ¿Podremos justificarnos delante de Dios diciéndole: Yo no lo creía? ¿Evitaremos así las terribles consecuencias de este punto importante que rehusamos creer? Y si al fin lo que no queremos creer resulta ser cierto, aunque no lo hayamos creído, ¿Qué será de nosotros? ¿Es discurrir como hombres de juicio el aventurarse en este asunto?"

Fuente: "Tesoro de Oratoria Sagrada: Diccionario Apostólico" [Tomo 2], 1858 - [Negrillas son nuestras.]

El Alma en el Divino Tribunal no tendrá otra compañía que sus obras



El alma en el divino tribunal no tendrá otra compañía que sus obras.
Este Tribunal terrible se levantará tal vez en el mismo aposento, junto a la misma cama en la cual expirará el miserable pecador moribundo, y en un instante su alma se encontrará ante el Juez divino. Pero ¿quién la acompañará? ... ¿Acaso irá con ella algún sagaz y hábil abogado a defender su causa? ¿Llevará consigo sus riquezas, sus títulos y dignidades para hacerse respetar por medio del oro y del poder?¿La seguirá algún amigo fiel, un pariente cariñoso, un protector influyente? ... ¡Ah! para ella se acabaron los medios humanos: en la otra vida, en aquel Tribunal nada valen la protección, las relaciones, las amistades, el parentesco, las dignidades y las riquezas. El alma sola y sin otro acompañamiento que las obras hechas durante su vida, sin otro séquito que el de su Ángel custodio como testigo y el del demonio como acusador será presentada al Juez Divino. Pero ¿quién es capaz de imaginar el horror que le causará aquella impresión? Verse ya fuera de este mundo tan amado, delante de un Dios airado, rodeada de demonios, el infierno abierto a sus pies, con la conciencia culpable que la remuerde y despedaza al recordarle sus innumerables y enormes pecados, sin remedio, sin alivio, sin la más remota esperanza ¡Oh Dios míol ¡Qué horror! ¿Qué hará? ¿Adónde irá la infeliz?... Así lo meditaba temblando san Agustin: Superius erit judex iratus, inferius horrendum chaos, a dextris peccata accusantia, a sinistris daemonia ad supplicium trahentia, intus conscientia urens; quo fugiet peccator sic deprehensus? ¿Adónde huirá cuando verá sobre de sí su soberano Juez indignado, debajo el infierno abierto para recibirle; a un lado los pecados que le acusan, al otro los demonios que se dan prisa a ejecutar la sentencia, y dentro de sí mismo la conciencia que le roe las entrañas?

¿Qué nos dice pues el mismo Dios de su juicio?
Que ira con la antorcha en la mano registrando a Jerusalén , esto es, al alma; Scrutabor Jerusalem in lucernis (Sophon. 1,12): es decir, que con su mirada penetrante descubrirá todas las manchas, las fealdades, los defectos aun los más ocultos, los cuales formarán parte del proceso. Nos dice que en aquel día terrible habremos de darle cuenta hasta de una sola palabra ociosa, inútil, proferida sin un fin recto: Dico autem vobis quoniam omne verbum otiosum, quod locuti fuerint homines, reddent rationem de eo in die judicii (Matth. 12,36). Que juzgará las mismas justicias descubriendo como dignas de castigo aquellas obras por las cuales el hombre esperaba recompensas: Ego justitias judicabo (Psalm 74,3). Así habla el mismo Dios: al sonido de estas tremendas amenazas ¿Quién no tiembla, quién no despierta, quién no resuelve?

Reconvenciones de Jesucristo al alma culpable.
Por mi parte, hermanos míos, me horrorizo y tiemblo al pensar lo que dirá al alma infeliz un Dios omnipotente, lleno de indignación, un Dios que con un solo acto de su voluntad sacó de la nada el universo. Ciertamente que ignoro lo que le dirá; pero me imagino que serán palabras terribles. Recuerdo que cuando Jesucristo salió al encuentro de Saulo enfurecido contra los cristianos, al pronunciar aquellas solas palabras: Saule .. Ego sum Jesus, quem tu persequeris  (“Saulo ... Yo soy Jesús a quien tú persigues")(Act. 9,5), le asombró de tal suerte con un rayo de su viva luz, que cayó sin sentido y quedó ciego hasta haber recibido el bautismo. ¿Cuánto más terribles efectos causara esta expresión salida de la boca del divino Juez contra el alma pecadora? Para aquel fue una voz de misericordia, para esta será voz de Justicia; allí con esta voz Jesucristo mudaba a Saulo de perseguidor en apóstol, aquí servirá para convertir una alma, que tenia la dignidad de hija de Dios, en un tizón del Infierno. iOh cuan tremenda será esta frase! Ego sum Jesus, quem tu persequeris: ¿Me conoces, alma ingrata y pérfida? Yo soy aquel Jesús a quien has vilipendiado con tantos ultrajes, deshonrado con tantos pecados, perseguido con tantos escándalos: aquel Jesús, cuya vida te avergonzaste de seguir, de cuyas máximas te burlaste, cuyos ministros denigraste, prefiriendo los ministros de Satanás, las máximas del mundo y la vida de la carne: aquel Jesús, cuyas gracias despreciaste, cuyos sacramentos profanaste cuya sangre preciosa menospreciaste, cuyo nombre sacrosanto públicamente y tantas veces blasfemaste. Porque yo callaba ¿pensaste que era un Dios insensible, imbécil, impotente como tú? ¡Malvado! entonces callé para dar lugar a la misericordia, ahora hablaré para vindicar mi justicia."

Fuente: "Tesoro de Oratoria Sagrada: Diccionario Apostólico" [Tomo 9], 1860 - [Negrillas son nuestras.]

El Juicio Particular que se hace del Alma en el instante de la Muerte



"En esta meditación se ha de presuponer la verdad de nuestra fe, que todos los hombres, como dice san Pablo (II Cor. v, 10), hemos de ser presentados ante el tribunal de Cristo para que cada uno de razón de lo que hizo viviendo en este cuerpo, así de lo bueno como de lo malo; y este juicio se hace invisiblemente después de la muerte, porque (Hebr. ix, 27): Statutum est hominibus semel mori, et post hoc iudicium. Decreto es de Dios infalible, que todos los hombres mueran, y después se siga el juicio; y como ninguno se escapa de lo primero, tampoco de lo segundo. Ante este tribunal de Cristo me tengo de presentar en la oración, imaginando a este soberano Juez sentado en trono de fuego, como le vió Daniel (c. vii, 9), para representar la terribilidad de su ira contra los malos, o en trono blanquísimo de luz muy resplandeciente, como le vió san Juan (Apoc. xx, 11), para representar su infinita sabiduría y pureza, y la clemencia que tiene con los buenos; y de ambas figuras me puedo aprovechar al modo que se verá en el punto que se sigue.

Punto Primero. 1. Lo primero, se han de considerar las personas que asisten en este juicio, mirando las calidades y semblantes de cada una. Estas son por lo menos cuatro. La primera, es el alma que ha de ser juzgada, la cual estará sola, desnuda de su cuerpo y de todas las cosas visibles, vestida solamente de sus obras. Porque aunque se hallen a la muerte muchos deudos y amigos y muchas personas religiosas; pero en el punto que sale del cuerpo, ninguno le puede hacer compañía, ni favorecerla. Tan sola estará el alma del rey como la del labrador, la del rico como la del pobre, la del letrado como la del idiota; porque las dignidades y riquezas se quedan acá; y aunque tenga consigo las ciencias, no se hace allí caso sino de las obras (Apoc. xiv, 7), por donde veré cuán gran desatino es procurar con tanta solicitud lo que no me puede ayudar en aquel trance, con pérdida de lo que más me importa.

2. A los dos lados del alma, como se saca de la divina Escritura (Zach. iii, 1; Psalm. cviii, 6; D. Greg. hom. 39 in Evang.), estarán por lo menos el Ángel de la guarda y el demonio, con diferentes semblantes, conforme a los barruntos que tienen de lo que ha de suceder. Puedo imaginar, que a los malos asiste el demonio a su mano derecha, muy alegre por la presa que espera, y el Ángel al lado izquierdo con un semblante triste por la pérdida que teme: al contrario será en los buenos, pero siempre el demonio estará con su semblante feroz y horrendo. La cuarta persona es el Juez, que es el mismo Dios, el cual ha de hacer este juicio invisiblemente, aunque dará señales de su presencia imprimiendo terrible miedo y horror en el malo, y paz y consuelo en el bueno. Y como es infinitamente sabio, no puede engañarse en lo que juzga; y como es sumamente bueno, no puede torcer de la justicia; y como es todopoderoso, ninguno puede resistir a su sentencia; y como es supremo Juez, no hay de su tribunal apelación ni suplicación, y su sentencia siempre es definitiva e irrevocable; porque, como todo lo que se puede ver en este pleito, lo ve y comprende en la primera vista, es superflua la revista.

3. Ponderando estas cosas, imaginaré que mi alma está delante del tribunal de un tan recto Juez, como es Dios nuestro Señor, para ser juzgada; y un rato considerando mis pecados para moverme a temor, miraré al Juez indignado contra mí, con un rostro severo y un ánimo inexorable, y miraré a Satanás que está a mi lado derecho muy contento y como victorioso, aplicándome a mí lo que dice el real profeta David (Psalm. cviii 6): Prevalezca el pecador contra él, y el diablo esté a su mano derecha: cuando fuere juzgado, salga condenado, y la oración que hiciere aumente su pecado. Otro rato, para moverme a confianza, miraré al Juez benigno para conmigo con un rostro amoroso y apacible, y al Ángel de mi guarda a mi lado derecho alegre por mi victoria, imaginando que está diciendo en mi favor contra el demonio lo que refiere el profeta Zacarías (Zach. iii, 2): Reprímate el Señor, o Satanás, reprímate el Señor. ¿Por ventura este pobrecito no es un carbón sacado del fuego para que no se acabase de quemar? Pues ¿qué le quieres? o justísimo Juez y misericordiosísimo Padre, confieso que soy carbón negro y feo, por mis culpas, medio abrasado con el fuego de mis pasiones. Lávame, Señor, y blanquéame con el agua viva de tu gracia, y con ella mata este fuego que me quema, para que el día de la cuenta el demonio me deje, y el Ángel me ampare; tu misericordia me reciba, y tu justicia me corone. Amén.

Punto Segundo. 1. Lo segundo, se ha de considerar el tiempo y lugar en que se hace este juicio. El tiempo es el instante de la muerte; porque dado caso que por especial dispensación de Dios se haya visto comenzar visiblemente un poco antes de la muerte en varios casos que han sucedido para nuestro ejemplo (S. Juan Clim. c.7; S. Greg. IV Dialog. c. 37); pero de ordinario se hace invisiblemente en el mismo instante que el alma deja de informar su cuerpo, sin dilación alguna. Y en el mismo momento se concluye todo el juicio, se hace la acusación, y se da la sentencia y se ejecuta. Este momento he de traer siempre delante mis ojos, como principio que ha de ser de mis bienes o males eternos, diciendo: O momentum a quo aeternitas. O momento de donde comienza la eternidad, ¿Quién se puede olvidar de tí sin grande peligro? y ¿Quién se puede acordar de tí sin grande espanto? Acuérdate, o alma mía, de este momento, y procura no perder un momento de tiempo, pues en cada uno puedes merecer la vida que siempre ha de durar.

2. El lugar de este juicio es donde quiera que le coge la muerte a cada uno, sin que haya necesidad de ir al valle de Josafat, ni a otro lugar señalado; porque como el Juez está en todo lugar, así en todo lugar tiene su tribunal y hace este juicio, en la tierra y en el mar, en la cama y en la plaza, para que en todo lugar tema, pues no sé si aquel será el de mi juicio. Y porque la muerte mas ordinariamente sucede dentro del aposento y en la cama, cuando estoy en estos lugares he de imaginar algunas veces que allí está el tribunal y trono de Dios para juzgarme, y el Ángel bueno y malo para asistir al juicio, porque este santo pensamiento refrenará las demasías de la carne que brotan con la soledad del lugar.

3. De estas dos consideraciones he de sacar un grande temor de ofender a Dios, porque quizá el tiempo y lugar en que hago este pecado será también el tiempo y lugar en que Dios haga su juicio; como la mujer de Lot (Genes, xix, 26), que en el mismo punto y puesto que volvió a mirar a Sodoma, se convirtió en estatua de sal. Y como dice san Pablo (I Cor. xi, 29), que quien come indignamente el cuerpo de Cristo nuestro Señor, come juicio para sí; así cuando bebo la maldad como agua (Job, xiv, 16), bebo juicio para mi alma, y quizá la bebida será tan mortal, que al punto se ejecute este juicio.

Punto Tercero. 1. Lo tercero, se ha de considerar la tela y orden de este juicio; esto es, los acusadores y testigos, la probanza y examen riguroso que se ha de hacer de todas mis obras para juzgarme según ellas. Primeramente, los acusadores serán tres : el primero será el demonio, a quien san Juan (Apoc. xii, 10) llama acusador de nuestros hermanos, cuyo oficio es acusarlos delante de Dios de día y de noche; pero en este juicio postrero con mayor odio y rabia me acusará de todos los pecados que hice por su persuasión, consintiendo a sus tentaciones, y aun añadirá falsas acusaciones, no mas que por sospechas, así porque no conoce las intenciones, como porque su ira y malicia le ciegan para que tenga por verdadero lo que es falso. Por tanto, alma mía, resiste siempre al demonio y no admitas cosa suya, para que cuando venga a juicio contra tí no halle cosa propia de que asirte ni culpa verdadera de que acusarte. El segundo acusador será la propia conciencia de cada uno, la cual también será testigo y valdrá por mil, porque sus pensamientos darán latidos contra nosotros; y ellos, como dice el Apóstol (Rom. ii, 15), nos han de acusar o defender en aquella hora. Y como en la confesión yo mismo de mi voluntad soy reo, acusador y testigo contra mí, para que me absuelva el sacerdote; así entonces lo seré por fuerza, para que me juzgue Dios, y condene por lo que acá no hubiere perdonado.

2. Finalmente, el mismo Ángel de la guarda será el tercer testigo y en cierto modo acusador contra mí, por las rebeldías que tuve a sus inspiraciones y consejos. De donde sacaré lo mucho que me importa consentir siempre con las inspiraciones y buenos dictámenes de estos dos fieles compañeros, conciencia y Ángel, y rendirme a ellos cuando en esta vida me acusan y reprenden, porque después en la otra no me condenen, conforme al consejo de Cristo nuestro Señor que dice (Matth. v, 25): Consiente de presto con tu adversario, cuando andas con él por el camino y vas a parecer delante del príncipe (Luc. xii, 58), porque si entonces no te compones con él, te entregará al juez, y el juez al verdugo, y te echará en la cárcel, de la cual no saldrás hasta pagar el postrer maravedí. O Príncipe del cielo, a cuyo tribunal camino para ser juzgado; concédeme que tome tu consejo saludable, consintiendo siempre con estos dos buenos adversarios, para que, libre de la culpa, lo sea también del verdugo y cárcel eterna. Amén.

3. Pero sobre todo, he de ponderar el examen rigurosísimo del mismo Juez, en el cual hay dos cosas terribles: La primera es de ser universal de todas mis cosas, haciéndome cargo de todos los pecados de obra, palabra y pensamiento, aunque no sea mas que ocioso (Matth. xii, 36); y de las omisiones y negligencias de mi vida, de la ingratitud y mala correspondencia que tuve a los beneficios divinos, así generales como especiales, como son Sacramentos, inspiraciones, etc. Además, me hará cargo de las malas circunstancias que mezclé con mis buenas obras. Pues por esto dice (Psalm. Lxxiv, 3), que cuando llegue su tiempo, juzgará las mismas justicias, haciendo muy riguroso examen de las obras que parecen buenas. La segunda propiedad de este examen es, que será evidente al mismo examinado; porque la probanza de todos los cargos será una luz clara con que descubrirá Dios a mi alma todos sus pecados, sin dejar ninguno; aun los que tenia olvidados o pensaba que no lo eran. Y por esto dice por un Profeta (Sophon. i, 12), que escudriñará a Jerusalén con candelas; que es decir, no solamente juzgaré a los malos que viven en Babilonia, sino a los justos que viven en Jerusalén; y encenderé tanta luz para escudriñar sus almas, que ellos mismos vean los rincones de sus conciencias. ¡Oh qué afligida se hallará mi pobre alma con tan estrecho y riguroso examen! oh qué asombrada quedará con la evidencia de tan cierta y clara probanza! O Dios eterno, no entres en juicio con tu siervo; porque ninguno de los que viven, será en tu presencia justificado. Teme, oh alma mía, aunque no halles en tí culpas graves; porque quien te ha de examinar y juzgar es Dios (I Cor. iv, 1), que ve mas que tú y las puede hallar. Examínate con el mayor rigor que pudieres, y haz juicio riguroso de tí por las culpas que hallares (I Cor. xi, 31); porque si te juzgas con dolor, no serás mas juzgada para tu condenación.

4. Últimamente, he de ponderar que en este examen también descubrirá Dios al alma justa todas sus buenas obras, palabras y deseos, y aun las que tenia olvidadas, o dudaba si habían sido buenas. Allí verá sus obediencias y penitencias, sus oraciones y mortificaciones , alegrándose mucho con esta vista; pues por esto dijo la voz del cielo (Apoc. xiv, 13), ser bienaventurados los muertos que mueren en el Señor, porque sus obras irán con ellos. Y con esta consideración, comparando el examen de buenos y malos, me animaré a vivir tal vida, que en el postrer examen sea de Dios aprobada.

Punto Cuarto. 1. Lo cuarto, se ha de considerar como Cristo nuestro Señor, en el instante de la muerte, por su justa sentencia priva y desnuda a la miserable alma del pecador de las gracias y dones sobrenaturales, que le habían quedado después del pecado, para que sin ellas entre en el fuego del infierno. La terribilidad de esta sentencia, y la pena que el condenado padecerá en este trance, puedo ponderar lo que sucede a un sacerdote que ha hecho un delito, por el cual merece ser quemado; y por no afrentar la dignidad sacerdotal con tan infame castigo, le degrada primero un obispos quitándole una por una las vestiduras sacerdotales, diciendo : Pues te hiciste indigno de la honra de sacerdote, te quitamos la vestidura sacerdotal y te privamos de la honra que tenias, y así degradado, le relajan al brazo seglar y ejecutan en él la pena de fuego que merece. De esta manera puedo imaginar que Cristo nuestro Señor (I Petr. ii, 25), obispo y pastor de nuestras almas, degrada el alma del pecador, a quien dió en el Bautismo la dignidad del sacerdocio espiritual, y le adornó con vestiduras sacerdotales, privándole de ellas, porque con el pecado se hizo indigno de esta honra, desnudándose él mismo la principal vestidura de la gracia y caridad.

2. Lo primero, en aquel instante le quitará Dios la lumbre de la fe, que era su espiritual cíngulo, diciéndole: Porque te hiciste indigno de este cíngulo y no te ceñiste con él, ajustando la vida con lo que creías, yo te le quito para que permanezcas en perpetuas tinieblas, atado de pies y manos. Luego le quitará la virtud de la esperanza, diciéndole: Porque te hiciste indigno de esta virtud, por no aprovecharte bien de ella, yo te quito la esperanza de las ayudas que te había ofrecido para llevar el yugo suave de mi ley, y la estola y prendas de inmortalidad y vida eterna que te había dado, y te arranco el manípulo del llanto y penitencia para que no esperes de mí perdón de pecados, y te desnudo el amito de mi protección para que nunca mas goces de ella. También le quitará las gracias gratis dadas, que tuviere de profecía y hacer milagros, diciéndole: Porque te hiciste indigno de estas gracias, usando de ellas para tu honra vana, atropellando mi santa ley, yo te despojo de ellas y de todo lo que fuere gracia, porque para tí no habrá ya sino rigor de justicia. De esta manera quedará la desventurada alma con infame desnudez, cumpliéndose en ella la terrible amenaza de Ezequiel (Ezech. xxiii, 26): Te desnudarán todas tus vestiduras, te quitarán los atavíos de tu gloria, y te dejarán desnuda y llena de confusión. ¡Oh qué terrible confusión padecerá la desventurada alma, cuando se vea desnuda de lo que antes la adornaba! Oh Redentor del mundo, príncipe de los pastores y obispo de nuestras almas, no degrades ni desnudes la mía de las vestiduras que la diste en el Bautismo: vísteme de nuevo con la vestidura de tu gracia, que yo perdí por mi culpa, para que pueda librarme de esta desnudez y confusión eterna.

3. Luego he de ponderar, como el alma se queda con una de estas vestiduras, que es el carácter o señal del Cristianismo, que la dieron en el Bautismo, y el de la Confirmación y Sacerdocio (D. Thom. 3 p. q. 63, art. 5 ad 3), si recibió estos dos Sacramentos; pero esto será para su mayor tormento, porque los paganos y moros, que estuvieren con el cristiano en el infierno, mirando la señal del edificio que comenzó y no acabó, mofarán de él, diciéndole: o loco y desatinado, que tuviste tanto bien en las manos y le dejaste perder por tu culpa, ¿Cómo no acabaste tu edificio, pues tantas ayudas tuviste para ello? Si nosotros fuéramos cristianos, procuráramos huir de la miseria que tenemos: ¿Quién te engañó y te trajo con nosotros?

4. Finalmente, el ánima será desnudada de las virtudes morales y políticas que en esta vida ganó (D. Thom. in addit. q. 98, art. 1 ad 3, ibid. art. 7); quedará sin prudencia, ni justicia, ni fortaleza, ni otra alguna; y si la dejaren algunas ciencias que adquirió con su industria, será para mayor pena por no haber negociado con ellas la ciencia que la había de librar de tanta miseria. De este modo se cumplirá en ella aquella temerosa sentencia de Job (c. xx, 14): El pan que comiere se convertirá dentro de su vientre en hiel de áspides, vomitará las riquezas que tragó, y se las sacará Dios por fuerza. o alma mía, mira no vomites por tu voluntad las riquezas de la gracia y caridad que recibiste; porque después te harán vomitar por fuerza la fe y las virtudes que ganaste; y las ciencias que ahora ganas con deleite, se convertirán en hieles de áspides para atormentarte. Estos son los frutos principales que he de sacar de estas consideraciones, procurando negociar con los talentos que Dios me hubiere dado, porque el día de la cuenta no me los quite Dios como al siervo perezoso (Malth. xxv, 28), dejándome solamente aquellos que como áspides y dragones han de morder mi corazón cruelísimamente, por lo mal que me aproveché de ellos.

Punto Quinto. Lo quinto, se ha de considerar la última sentencia que en el mismo instante de la muerte pronuncia Cristo nuestro Señor contra el pecador, intimándosela con una voz interior y espantable, diciéndole a solas las palabras que dirá después a todos los malos en el juicio universal: Apártate de mí, maldito de mi Padre , al fuego eterno que está aparejado para Satanás y sus ángeles, que es decir: Vete de aquí, abominable pecador, que no mereces estar en mi presencia, ni entrar en mi gloria: vete al fuego eterno que tus pecados merecen, en compañía de Satanás, a cuyo brazo infernal te relajo, para que te lleve consigo. Dada esta sentencia, en el mismo instante desampara Dios al alma, y el Ángel de la guarda se va, diciéndola, como a Babilonia (Jerem. LI, 9): Harto hice por curarte, procurando tu salvación, y no quisiste; pues yo te dejo en poder de quien tomará de tí la venganza que tu rebeldía merece. Y al mismo punto, con grande regocijo, arrebatará el demonio la desventurada alma, sin admitir ni oir suplicaciones ni ruegos, y dará con ella en los infiernos. De suerte que el pecador, en un abrir y cerrar de ojo, desde la cama donde estaba con gran regalo, rodeado de muchos amigos y parientes, muere, como dice Job (c. xxi, 13), en un punto, con muerte al parecer dichosa y sosegada; pero en el mismo punto baja al infierno, pasando de un extremo de bienes temporales a otro extremo de males eternos. ¡Oh qué sentirá la desventurada alma en aquella primera entrada en el infierno, cuando vea lo que dejó y lo que halla; cuando vea y sienta la cama de fuego, los colchones de gusanos (Isai. xiv, 11), la compañía de demonios y los demás tormentos, sin esperanza de salir de ellos! O justo Juez, ten misericordia de mí: El cum veneris judicare, noli me condemnare. Cuando vinieres a juzgar, no me quieras condenar. ¡Oh alma mía, teme esta sentencia de condenación eterna, y vive de manera que merezcas ser libre de ella!.

Punto Sexto. 1. Lo sexto, se ha de considerar la sentencia que se dará al justo, diciéndole invisiblemente Cristo nuestro Redentor con una voz amorosa (Matth. xxv, 34): Ven, bendito de mi Padre, a recibir el reino que te tengo aparejado desde el principio del mundo. Ven, o siervo bueno y fiel, alégrate; que pues fuiste fiel en pocas cosas, yo te daré posesión de muchas: entra en el gozo de tu Señor. Y al mismo punto el demonio se va corrido, y el Ángel de la guarda recibe el alma, acudiendo otros Ángeles para acompañarla, como acudieron por el alma de Lázaro el pobre, y todos con gran regocijo la llevan al cielo a gozar de aquellos bienes eternos, cuando no tiene que purgar en el purgatorio. ¡Oh qué gozo tendrá el alma en aquella primera y tan deseada entrada! La que antes estaba llena de dolores, humillada con desprecios y turbada con temores, en un punto se verá muy otra, trocada toda su pena en gloria y su llanto en gozo, en compañía de Ángeles, en lugar de descanso, y engolfada en la vista de su Dios.

2. Consideradas estas cosas, haré comparación de buenos a malos, y veré como la muerte de los malos, como dice David (Psalm. xxxiii , 22), es pésima y abominable, fin de sus descansos y principio de sus tormentos; y al contrario (Psalm. cxv, 19), la de los buenos es preciosa en los ojos de Dios, fin de sus trabajos y principio de sus descansos; y con esto me animaré a procurar una buena muerte, en que reciba una buena sentencia, alentándome a la penitencia y al ejercicio de las virtudes, confiando en la benignidad del Juez que me sentenciará con misericordia, si en vida me aprovecho de ella.

3. Concluiré con un coloquio a la Virgen santísima, la cual en aquella hora no se entremete en este juicio, porque en saliendo el alma del cuerpo se cierra la puerta de la intercesión y del perdón, y se abre la de la justicia rigurosa; suplicándola, que desde luego abogue por mí y me negocie esta buena sentencia, alcanzándome obras dignas de ella. Para lo cual ayudará decir con espíritu las postreras palabras que la Iglesia pone en la oración del Ave María, y las que dice en otro himno: María mater gratiae, mater misericordias, tu nos ab hoste protege, et mortis hora suscipe. María, madre de gracia, madre de misericordia, del enemigo nos defiende y en la hora de la muerte nos recibe. O Virgen soberana, pues sois abogada de los pecadores, abogad por mí delante de vuestro Hijo; aplacad con vuestra intercesión su ira, alcanzándome lugar de verdadera penitencia, antes que se pase el tiempo de hacerla. Y pues la sentencia que se da en la muerte es irrevocable, negociad, Madre clementísima, que me sea favorable, para que pueda ver al fruto bendito de vuestro vientre Jesús, y gozar de él en vuestra compañía por todos los siglos. Amén."


Fuente: "Meditaciones Espirituales del V.P. Luis de la Puente. Tomo I: Meditaciones de la vía purgativa. Principios de la Iluminativa, o para purificar el corazón y obtener la perfecta imitación de Jesucristo, 1865 - [Negrillas son nuestras.]

De las Cosas que Causan Congoja y Aflicción al que está cercano a la Muerte



"Las cosas que me pueden dar pena y cansar grande congoja en la hora de la muerte se pueden reducir a tres órdenes, unas pasadas, otras presentes, y otras por venir. Y para sentirlas mejor, he de hacerme presente a aquella hora, como si estuviese en la cama desahuciado de los médicos y sin esperanza de vida. Lo cual no es dificultoso de persuadir, pues es posible que cuando estoy diciendo o leyendo o pensando en esto, no me falte mas que un día de vida, y pues algún día ha de ser el último, puedo imaginar que es el día presente.

Punto Primero.- 1. Lo primero, consideraré la grande pena y aflicción que me causará la memoria de todas las cosas pasadas, discurriendo por las mas principales. Lo primero, me afligirá grandemente la memoria de los pecados pasados y de todas las libertades, carnalidades, venganzas, ambiciones y codicias que he tenido en el curso de mi vida. A mas las tibiezas en el servicio de Dios, las negligencias y omisiones, y todas las demás culpas cuando no están muy lloradas y enmendadas. Tengo de imaginar que se hace entonces de todos mis pecados un ejército, como de toros, leones, tigres y otras fieras que me despedazan el corazón (Psalm. xxi,13): o como un ejército de terribles gusanos que roen y remuerden mi conciencia, sin que las riquezas ni los deleites de que gocé, sean parte, para cerrar sus crueles bocas , porque pasado el deleite de la culpa , no queda sino el acedía de la pena; y después que bebí el vino dulce del deleite sensual, soy forzado a beber la amargura de sus heces. Entonces se cumple lo que dice David (Psalm. Xvii ,5): Me han cercado dolores de muerte, y los arroyos de la maldad me han congojado, dolores de infierno me han cercado por todas partes, y lazos de la muerte me han apretado sin pensar. ¡Oh qué dolores tan amargos! ¡Oh qué arroyos tan furiosos! Oh qué lazos tan estrechos serán estos, de los cuales ni me podré librar por mis solas fuerzas, y apenas sabré aprovecharme de ellos, porque la amargura de estos dolores me provocará a desconfianza; la furia vehemente de estos arroyos me turbará el juicio; y la estrechura de estos lazos me apretará la garganta, para no pedir perdón de mis pecados, aprovechándose de todo esto el demonio para que no salga de ellos. ¡Oh alma mía, llora y confiesa bien tus pecados en vida, porque no te inquieten ni atormenten en la muerte!. No digas (Eccli. v,4): He pecado y ninguna cosa triste me ha sucedido, porque se pasará presto la alegría y vendrá de golpe la tristeza. No pierdas de todo punto el miedo del pecado que tienes por perdonado, porque no te retoñezca en la muerte el pecado que lloraste mal en la vida. Estos y otros avisos, que apunta el Eclesiástico en su capítulo v, he de sacar de esta consideración, con ánimo de comenzar luego a ponerlos por obra.

2. Lo segundo, ponderaré como entonces no solamente me atormentará y afligirá la memoria de los pecados, sino también la pérdida del tiempo que tuve para negociar un negocio tan importante como el de mi salvación, y haber dejado pasar muchas ocasiones que Dios me ofreció para ello. Entonces desearé un día de los muchos que ahora desperdicio durmiendo, jugando y parlando por entretenerme, y no se me concederá. Entonces me afligirá no haber frecuentado los santos Sacramentos, ni los ejercicios de oración; no haber respondido a las divinas inspiraciones, ni oído sermones, ni ejercitado obras de penitencia, y no haber dado limosnas a pobres para ganar amigos que me reciban en las eternas moradas; ni haber sido devoto de los Santos, que en aquel aprieto pueden ser mis valedores y abogados. Entonces haré grandes propósitos de hacer lo que no hice cuando pude, deseando vivir para cumplirlos; y quizá todos serán sin provecho, como los del miserable rey Antíoco, cruel perseguidor de los hebreos, el cual, estando a la muerte, aunque hacía grandes promesas y plegarias a Dios, dice la Escritura (Il Mach. ix,13), que oraba este malvado al Señor, de quien no había de alcanzar misericordia. No porque faltase a Dios misericordia, sino porque faltaba al miserable la verdadera disposición para recibirla, porque todos aquellos propósitos nacían de puro temor servil, y eran como torcedor para alcanzar salud, como si pudiera engañar a Dios como engañaba a los hombres.

3. De esta consideración he de sacar, como la hora de la muerte es hora de desengaños, en la cual juzgaré de todas las cosas diferentemente que ahora, teniendo, como dice el Eclesiastés (c. ii,11), por vanidad lo que antes tenia por cordura; y al contrario, teniendo por cordura lo que antes tenia por vanidad. Y así la verdadera cordura está en proponer con eficacia lo que entonces querría haber hecho, y cumplirlo luego; porque ley ordinaria es, que quien bien vive, bien muere, y quien vive muy mal, raras veces acierta a morir bien. Y en especial haré un gran propósito de no perder punto de tiempo, ni dejar pasar ocasión de mi aprovechamiento, acordándome de lo que dice el Eclesiástico (c. xiv,14): No te prives del buen día, ni dejes pasar partecica del buen don, aprovechándote de todo para gloria del que te lo da.

Punto Segundo. 1. Lo segundo, consideraré la gran aflicción que sentirá mi alma en dejar todas las cosas presentes (Psalm. XLVIII,12), si las poseo con mala conciencia o desordenada afición; para lo cual me tengo de persuadir que en aquella hora, por fuerza y mal que me pese, tengo de dejar tres suertes de cosas. Lo primero, he de dejar las riquezas, dignidades, oficios, regalos y posesiones que tuviere, sin poder llevar conmigo cosa alguna; y cuanto tuviere mayores bienes, tanto será mas amargo el dejarlos. Porque la muerte, como dice el Eclesiástico (c. XLI,1), es muy amarga para el que tiene paz con sus riquezas y dignidades, y está con deseo de vivir para gozar mas tiempo de ellas: y los pecados que hizo en procurarlas, o usar mal de ellas, aumentarán esta amargura, ordenándolo así la divina justicia para que las cosas que fueron instrumento de sus viciosos deleites en vida, sean sus verdugos y atormentadores en la muerte. Entonces se cumplirá lo que está escrito en Job del pecador (c. xx,14): El pan que comió con mucho sabor se le convertirá dentro del estómago en hiel de áspides, vomitará las riquezas que tragó, y se las sacará Dios por fuerza de sus entrañas: la cabeza del áspid le chupará la sangre, y la lengua de la víbora le morderá , que es decir: Los deleites se le convertirán en hieles, las riquezas le harán dar arcadas; pero no tendrá ánimo para disponer de ellas, ni dejarlas hasta que la muerte se las quite por fuerza, atormentándole las serpientes y vi horas del infierno por haberlas ganado y poseído con pecado.

2. Lo segundo, en aquella hora forzosamente tengo de apartarme de mis padres y hermanos, amigos y conocidos, y de todas las personas que amo, ora sea con amor natural, ora con otro amor licito o ilícito ; y como no se deja sin dolor lo que se posee con amor (D. Greg. I Moral. 13), y cuanto es mayor el amor con que es poseído, tanto mayor dolor se siente en dejarlo, será grandísimo el dolor que sentiré con el apartamiento de tantas personas y cosas como están pegadas a mi corazón. Y con estas ansias diré lo que el otro rey (I Reg. xv, 32): Siccine separat amara mors? ¿Así nos aparta la muerte amarga? Qué ¿es posible que tengo de dejar personas que tanto amo? ¿Qué no tengo más de verlas y gozarlas? O muerte amarga, ¡cómo amargas todo mi corazón, apartando de mí con tanta tristeza lo que poseía con tanta alegría!

3. Últimamente, en aquella hora mi alma se ha de apartar de su cuerpo, con quien ha tenido tan estrecha y antigua amistad; y por consiguiente se ha de apartar de este mundo y de todas las cosas que hay en él, sin esperanza de verlas y oirías, ni gustarlas o tocarlas para siempre. Y si tengo desordenado amor a mi cuerpo y a mi vida, y a las demás cosas de este mundo visible, es fuerza que sienta grandísimo dolor en apartarme de ellas: lo cual fácilmente puedo experimentar por lo mucho que siento cuando me quitan la hacienda, o la honra y fama, o me destierran de mi tierra y me fuerzan a vivir apartado de los míos, peregrinando entre extraños, o cuando me cortan algún miembro del cuerpo; porque todo esto junto y de tropel sucede en la muerte con otro modo mas penoso, que es sin esperanza de volver mas a poseerlo en esta vida. Con cada una de estas tres consideraciones, ponderando despacio lo que se apunta en ellas, entraré dentro de mí mismo, y examinaré si tengo amor desordenado a cualquiera de las cosas referidas. Y si se hallare procuraré arrancarle con la fuerza de esta consideración, y con el ejercicio de la mortificación, porque esto es morir en vida y con provecho, ganando por la mano a la muerte para no sentir la muerte, como lo hacen los religiosos que dejan todas las cosas por Cristo nuestro Señor, a quien he de suplicar me ayude para esto, diciéndole (Sap. iii,1): O Dios eterno, en cuya mano están las almas de los justos, y por tu protección no les toca el tormento de la muerte, quita de la mía el amor desordenado de todas las cosas visibles para que no sienta tormento en apartarse de ellas. o alma mía, si quieres que no te toquen estas tres amarguras de la muerte, no ames las cosas que te puede quitar la muerte; porque si no las poseyeres con amor, las dejarás en la muerte sin dolor.

4. También tengo de ponderar en estas consideraciones, cuán grande locura es por cosas que tengo de dejar tan presto, ofender a Dios, y poner a riesgo mi salvación eterna, determinándome valerosamente a desviarme luego de cualquier persona o cosa que me ponga en este peligro, muriendo a ella, antes que por su causa muera a Dios; y apartándola de mí, antes que me aparte de Dios (Matth. x,34; Luc. xii,51) : pues por esto dijo Cristo nuestro Señor, que vino a poner cuchillo y división en la tierra, apartando de los hombres todas las personas y cosas que les impiden su salvación. O dulce Redentor, pon luego en mi mano el cuchillo de la mortificación para que aparte de mí lo que me puede apartar de tí, muriendo a todo lo criado para vivir a tí, mi Criador, por todos los siglos. Amén.

Punto Tercero. 1. Lo tercero, he de considerar la grande aflicción y congoja que me ha de causar en aquella hora el temor de la cuenta que tengo de dar a Dios, y del riguroso juicio en que tengo de entrar, y el no saber la sentencia que se pronunciará en el negocio de mi salvación. En lo cual he de ponderar la terribilidad de este temor, por tres causas. La primera, porque el mal que se teme es el supremo de todos, y es mal eterno y sin remedio, y estoy ya a las puertas de él. La segunda, porque la sentencia que se ha de dar es definitiva e irrevocable, y al punto se ha de ejecutar sin resistencia. La tercera, porque la causa de mi parte es muy dudosa, por cuanto me consta de la culpa que cometí, y no de la verdadera penitencia que hice; y la conciencia me acusa de haber ofendido al Juez, y no sé si le tengo aplacado; porque ninguno sabe si es digno de odio o de amor (Eccles. ix,1); y aunque yo no halle culpas en mí, puede ser que las halle Dios. (II Cor. iv,4). Por todas estas causas el temor será entonces terribilísimo; porque si los que traen pleito sobre algún negocio en que les va toda su hacienda, honra o vida, tienen grandísimo temor el día que esperan la sentencia; ¿Cuánto mayor le tendré yo cuando esté cerca el día en que se ha de dar la sentencia definitiva de mi salvación o condenación ? Y si entonces suelen temer los muy santos, ¿Cuánto mas temeré yo, miserable pecador?

2. Esta congoja y temor suele crecer por la sagacidad y astucia del demonio, el cual en aquella hora acude a tentar con mas furia viendo que le queda poco tiempo (Apoc. xii,12), y así encarama grandemente todo lo que puede provocar a desesperación, agrava con demasía los pecados, y exagera el rigor de la divina justicia contra ellos. Me dirá, que quien vivió mal, no ha de morir bien; y que quien no se aprovechó de la divina misericordia, ha de caer en manos de su justicia, y que si el justo apenas se salvará, ¿Qué será del malo y pecador? (I Petr. iv,18). Y como es mentiroso y padre de mentiras, y falso acusador de los hombres, si Dios no le ata las manos y limita su poder, me pondrá mil falsas imaginaciones y acusaciones, con embaimientos y visajes horrendos que me turben y hagan trasudar, y pasar mayores congojas que las de la misma muerte. Estos son los temores que me han de afligir en aquel último trance, si no me prevengo con tiempo para impedir la vehemencia de ellos. Lo cual he de hacer entrando dentro de mí, y mirando si ahora me cogiese la muerte, qué cosa me daría más temor, y tratar de remediarla con tiempo. Y si no quería que la muerte me cogiese en el estado presente, tengo de procurar salir luego de él; porque no es lícito ni seguro vivir en el estado en que no querría morir.

3. Concluiré esta meditación, poniendo delante de mis ojos a Cristo nuestro Señor, desnudo y enclavado en la Cruz a punto de expirar, y con gran fervor le suplicaré que por su muerte, me dé buena muerte, y que si el demonio viniere a mi muerte, como vino a la suya, me libre de él, me dé tan grande confianza que pueda como él decir en aquella hora: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. o Padre misericordioso (Psalm. cxviii,109), mi ánima está ya en mis manos a punto de salir de ellas, con peligro de dar en las de sus enemigos; recíbela tú en las tuyas para que no se pierda la obra de tus manos, por la cual fueron enclavadas en la cruz. Yo me ofrezco a imitar tu pobreza y desnudez en la vida para que tus manos me reciban en la muerte, y me lleven consigo al descanso de tu gloria. Amén. También se han de hacer coloquios con la Virgen nuestra Señora, y con el Ángel de la guarda y otros Santos, pidiéndoles favor para aquella hora, porque en vida se negocia lo que entonces ayuda."


Fuente: "Meditaciones Espirituales del V.P. Luis de la Puente. Tomo I: Meditaciones de la vía purgativa. Principios de la Iluminativa, o para purificar el corazón y obtener la perfecta imitación de Jesucristo, 1865 - [Negrillas son nuestras.]