La Fe Cristiana: Postrimerias
Mostrando entradas con la etiqueta Postrimerias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Postrimerias. Mostrar todas las entradas

De la necesidad de prepararse para la muerte


"Punto Primero.- Considera que la necesidad de prepararse para hacer una muerte santa es indispensable; ninguna cosa hay que sea de tanta consecuencia como la muerte; ninguna que sea tan difícil como una buena muerte, sobre todo para quien no se ha preparado a ella durante su vida. ¿Hay alguna cosa que sea tan irreparable como una muerte desgraciada? y ¿hay sin embargo alguna para que menos se preparen que para hacer una buena muerte?

Si se muriese dos veces, seria menor la imprudencia en arriesgarse a morir mal una vez; podríamos reparar la falta, quedaríamos todavía en estado al mismo tiempo de hacer penitencia de una mala vida y de una mala muerte. Pero no se muere mas de una vez, y la eternidad bienaventurada o desgraciada depende absolutamente de esta muerte.

Cuanto más hayamos trabajado para el cielo, cuanto más santa haya sido nuestra vida, más interés tenemos en acabarla santamente, para no perder el fruto de nuestros trabajos. Es verdad que una buena muerte es ordinariamente el fruto de una vida santa; pero no es menos cierto que una muerte en pecado aniquila todos los méritos de la vida más santa, y que todos los méritos de la vida más santa no pueden respondernos de una buena muerte. Y no obstante esto, ¿pensamos mucho en la muerte? ¿nos preparamos mucho para esta muerte? y al ver nuestra indolencia sobre este artículo, no se diría que no hay cosa más fácil ni más ordinaria que el hacer una santa muerte?

Si no se necesitase para morir bien más que recibir los últimos Sacramentos, besar el Crucifijo, derramar aun algunas lágrimas, nuestra imprudencia seria tal vez menos intolerable; no es siempre difícil hallar un confesor celoso y hábil que nos asista en aquel último peligro; pero ¡cuántos que no han carecido de ninguno de estos auxilios han muerto en el pecado! Morir sobre la ceniza y bajo del cilicio, morir rodeado de sacerdotes y de santos religiosos, es hacer una muerte edificante, pero no es precisamente en esto en lo que consiste una muerte santa. Hacer una buena muerte es morir después de haber borrado todos los desarreglos de su vida; es morir en estado de gracia; es morir lleno de una fe viva, de una esperanza firme, de una caridad ardiente; es morir lleno de horror a todo lo que el mundo ama; es morir con un amor de Dios que sobrepuje a todo otro amor; y ¿es todo esto tan fácil a quien tan poco ha amado a Dios durante su vida? ¿a quien ha pasado toda su vida sin pensar en morir bien?

¡Cosa extraña! Debe uno presentarse en un teatro o en un púlpito, debe uno dar alguna prueba de su habilidad y de su ciencia, y se pasan los meses, se emplean los años enteros en prepararse para ello, aun cuando la cosa sea de tan poca consecuencia; y ¿qué tiempo, buen Dios, se emplea mientras nos dura la vida para prepararse a la muerte, siendo así que esta preparación pide todo el tiempo de la vida?

Punto Segundo. - Considera que nunca podrá uno prepararse demasiado para hacer bien lo que no puede hacerse más de una vez, cuando de esta sola vez depende nuestro destino eterno.

Si fuese tan poco difícil el hacer una buena muerte después de haberse preparado tan poco para morir bien, los Santos hubieran hecho mal en haber hecho tantas diligencias y en haber empleado en esta preparación toda su vida. ¿Para qué tanto ayunar, tanto orar y derramar tantas lágrimas? ¿para qué privarse de todo comercio con el mundo para tener la ventaja de hacer una muerte santa, si sin todas estas precauciones, sin ningín preparativo se puede morir santamente?

Aquel joven que en lo mas florido de sus días renuncia a todo lo que mas le lisonjea y va a sepultarse en el claustro, ¿qué es lo que pretende sino disponerse a hacer una muerte santa? ¿Nos atreveríamos a negarle la alabanza, a no admirar su sabiduría y su resolución? Y qué, mientras que nuestros hermanos, que nuestras hermanas, que nuestros amigos pasan sus días en el retiro y en los rigores de la penitencia para prepararse a una muerte santa, para obtener la gracia final; ¡nosotros en medio del tumulto del mundo y de sus placeres, en un olvido eterno de esta muerte, en una ignorancia crasa de la preparación para la muerte, esperamos tranquilamente una muerte cristiana, esperamos estar preparados a la muerte y morir bien!

¿Hay alguna cosa a que el Hijo de Dios, que preveía nuestra negligencia, nos haya exhortado tanto como a esta preparación? Velad, nos dice ( Mt. XXV), porque no sabéis a qué hora debe venir vuestro Señor. “Estad prontos”, dice en otra parte, y “velad en toda hora; porque en aquella que menos pensaréis, vendrá el Hijo del hombre”. Por lo demás lo que os digo a vosotros, añade el divino Salvador, lo digo a todos. (Mc. XIII). Es preciso estar prontos a abrir en el momento que llame el Señor. (Mt. XXV).

Nadie hay que no convenga fácilmente en que hay necesidad de preparación para morir bien; por esto se teme tanto una muerte repentina; pero al fin, ¿qué es lo que produce este temor, y a que preparación nos ha obligado hasta el presente? Sin embargo, yo puedo morir dentro de pocas horas. Tan poco seguro estoy de que viviré mañana, como de que viviré diez años. Si estuviese hoy en el último día de mi vida, ¿estaría preparado para morir en este día? si muriese esta tarde, ¿estaría preparado para ello? ¿no tendría nada que temer? Me estremece este pensamiento; pero ¿quién me ha asegurado hasta aquí? Y si no comienzo desde este momento a prepararme, ¡que sentimiento! ¡que desesperación en aquella última hora!

No lo permitáis, Señor, y pues que me dais a lo menos esta hora, desde esta hora, Dios mío, voy a comenzar a prepararme para morir bien y a pediros todos los días la gracia para ello.


PROPÓSITOS. 1. No es extraño que tantos mueran mal, siendo tan pocos los que aprenden a morir bien. La buena muerte es una ciencia práctica que no se aprende sino durante la vida; es necesario estudiar mucho tiempo para hacerse hábil; un estudio precipitado no sirve muchas veces más que para hacer conocer mas cuánto se ignora. La mejor preparación para la muerte es una vida santa. Nuestra vida debe ser una continua preparación para la muerte. Cada día debe ser para vosotros una nueva lección y un nuevo ejercicio; preguntaos, pues, todas las noches qué progresos habéis hecho. Es una práctica de piedad muy útil el hacer uno todas sus acciones como si fuesen otras tantas preparaciones para la muerte. Misas, oraciones, limosnas, obligaciones de su estado, las diversiones mismas, todo nos puede servir para hacer una muerte santa, cuando todo se hace con este espíritu. Nos importa mucho saber el arte de morir bien; aun cuando seamos hábiles en todo lo demás, es como si nada supiésemos si ignoramos este arte.

2. Además de esta preparación general hay otras particulares que no se deben nunca descuidar. Primera, elegid un día todos los años, el cual consagraréis todo entero a este gran negocio. Os representaréis al despertar al soberano Juez que os dice estas terribles palabras: “Dame cuenta de lo que te he encargado”; y examinaréis en una meditación por lo menos de media hora, si vuestras cuentas están prontas. No salgáis del aposento sin que hayáis calculado y arreglado todo lo que os queda que hacer. No descuidéis nada, mucho menos excuséis nada; tenéis que haberlas con un Juez infinitamente ilustrado y que nada pasa , pero que se digna remitirse a vosotros mismos sobre todos los artículos. Haced una confesión que prevenga su juicio. Reglados los negocios de la conciencia, arreglad los de la familia. Qué imprudencia esperar a la última enfermedad para hacer la disposición de vuestros bienes. Haz tu testamento, dice san Agustín , mientras que tienes salud; mientras que sabes lo que haces; mientras que estás en ti y en libertad de disponer. Recibid la sagrada Comunión como si debiese ser la última de vuestra vida, y si puede ser, ejecutad vosotros mismos los legados piadosos. (...) Empleaos en lecturas propias del objeto de esta piadosa práctica, y no os ocupéis en todo este día más que en el negocio de vuestra salvación. No es mucho un día todos los años; el retiro de un día cada mes es también una práctica excelente para prepararse a la muerte. Cada semana debe tener el suyo, y no paséis día alguno sin hacer algún ejercicio piadoso, que sea una preparación mas marcada para morir bien. Tened algún libro que enseñe a prepararse para la muerte. "

Fuente: "Año cristiano, o, Ejercicios devotos para todos los domingos, días de Cuaresma y fiestas movibles", por P. Jean Croisset, Tomo II, Librería Religiosa, 1855 - [Negrillas son nuestras.] / Imagen: "San Francisco de Asís arrodillado en meditación", El Greco

La compañía de los réprobos en el Infierno


Sermón del P. Francis Hunolt, para el cuarto Domingo de Cuaresma.

“Y le seguía un gran gentío.” (Jn. 6:2)

Introducción
Esta buena gente que seguía al Señor, aunque estaba hambrienta y no tenía nada que comer, seguía llena de ánimo y consuelo, en parte porque tenía con ellos al Hijo de Dios, cuya compañía puede endulzar fácilmente toda amargura; en parte porque había una gran multitud reunida que estaba en la misma necesidad. Porque es un viejo dicho, que la experiencia demuestra que es cierto: "Es consolador tener un compañero en el sufrimiento". Y es a este hecho al que generalmente apelan los malvados cuando se ven amenazados por el infierno, cuyos intolerables dolores hemos estado considerando hasta ahora. Dicen, como me dijo una vez un pobre pecador antes de su conversión: “Oh aunque esté perdido y tenga que ir al infierno, no seré el único; tendré muchos compañeros, y entre ellos los más grandes y nobles. Debe ser una compañía agradable después de todo”. ¡Ah, qué imprudencia! ¡Que Dios nos mantenga a ustedes y a mí, mis queridos hermanos, fuera de esa compañía! Si no hubiera en el infierno ese fuego terrible que tortura el alma y el cuerpo, si no hubiera un gusano de conciencia que afligiera a los condenados con el recuerdo de la felicidad que han perdido, si no hubiera oscuridad, ni aullidos y maldiciones, ni hedor, ni hambre y sed, si no hubiera ningún otro dolor en el infierno, la sola compañía que los condenados encuentran allí sería, a mi juicio, un infierno en sí mismo, como ahora procedo a mostrar.

Todo fenece, y fenece pronto (Sermón de San Alfonso María de Ligorio)


"Todo fenece, y fenece pronto.", sermón para el décimo cuarto domingo después de Pentecostés por San Alfonso Maria de Ligorio.

"Pero la desgracia es que los mundanos no están dispuestos a pensar en la muerte hasta que llegue la hora en que deban partir de esta tierra para ir a la eternidad; y por lo tanto viven tan apegados al mundo, como si nunca fueran a separarse de él. Pero nuestra vida es corta, y pronto terminará; por lo tanto, todas las cosas deben terminar, y deben terminar pronto."
Fuente:
Audio: Fourteenth Sunday after Pentecost - All Ends, and Soon Ends
Saint Alphonsus de Liguori
http://traditionalcatholicsermons.org/

El Juicio Particular (Sermón de San Alfonso María de Ligorio)


"El Juicio Particular", sermón para el octavo domingo después de Pentecostés por San Alfonso Maria de Ligorio.

"Amados cristianos, de todos los bienes de la naturaleza, de la fortuna y de la gracia, que hemos recibido de Dios, no somos los amos, ni podemos disponer de ellos como nos plazca; no somos más que los administradores de ellos, y por lo tanto debemos emplearlos según la voluntad de Dios, que es nuestro Señor. Por lo tanto, en la hora de la muerte, debemos rendir cuentas de ellos a Jesucristo, nuestro Juez."

Fuente:
Audio: Eighth Sunday after Pentecost: On the Particular Judgement.
Saint Alphonsus de Liguori
http://traditionalcatholicsermons.org/

El Juicio Particular (Sermones del Santo Cura de Ars)


"El Juicio Particular" Sermón para el octavo domingo después de Pentecostés por el Santo Cura de Ars.

"¿Podemos, queridos hermanos, meditar sobre la severidad del juicio divino sin ser penetrados por el más vivo temor? Los días de nuestra vida están contados y, además, no sabemos ni la hora ni el momento en que seremos llamados ante el tribunal de nuestro eterno Juez. En el momento en que menos lo esperamos, cuando menos preparados estamos, ¡podríamos tener que rendir esta horrible cuenta!"

Fuente:
"The Sunday Sermons of the Cure of Ars"
Eighth Sunday After Pentecost - The Particular Judgment"
Sermon read by AM.
Holy Family Publications
https://jmjsite.com/

La Razón del Juicio Final (Sermón del P. Francis Hunolt)


"La Razón del Juicio Final", sermón para el octavo domingo después de Pascua por el P. Francis Hunolt, SJ.

"Por lo tanto, debe llegar un momento en el que Dios vengue su honor, y muestre públicamente ante el mundo lo que Él es. Y ese será el día del juicio universal, que por lo tanto se llama en las Sagradas Escrituras "el día del Señor". Entonces todos verán cuán amargo es el odio que Dios tiene contra el pecado y el pecador, y cómo no permitirá que la más pequeña transgresión quede impune; porque Él exigirá cuentas incluso de una palabra o un pensamiento ocioso;"

Fuente:
Short Sermons of Father Francis Hunolt
8th Sunday after Pentecost
"Reason for the Last Judgement"
Sermón leído por AM
Holy Family Publications
https://jmjsite.com/

La Muerte es Cierta e Incierta (Sermón de San Alfonso María de Ligorio)


"La Muerte es Cierta e Incierta", sermón para el cuarto domingo después de Pentecostés por San Alfonso Maria de Ligorio.

"¿Y no estás en el camino de la muerte? ¿Por qué entonces solo buscas la satisfacción de los sentidos? ¿Por qué no pensáis en preparar las cuentas que algún día, y quizás muy pronto, tendréis que rendir ante el tribunal de Jesucristo?"

Fuente:
Audio: Fourth Sunday after Pentecost: Death is certain and uncertain
Saint Alphonsus de Liguori
http://traditionalcatholicsermons.org/

La Consideración sobre Nuestro Último Fin (Sermón del P. Francis Hunolt)


"La Consideración sobre Nuestro Último Fin", sermón para el cuarto domingo después de Pascua por el P. Francis Hunolt, SJ.

"Si reflexionamos a menudo sobre esta verdad de forma seria y profunda: Me estoy apresurando a la tumba, ¿deberíamos entonces atormentarnos tanto con preocupaciones inquietantes y fatigosos trabajos por el bien del cuerpo mortal, o acumular dinero, o disfrutar de los placeres de la vida? En el nombre de Dios, ¿de qué sirven esos deseos tan desordenados?"

Fuente: Short Sermons of Father Francis Hunolt 4th Sunday after Easter "The Consideration of Our Last End" Sermón leído por AM Holy Family Publications https://jmjsite.com/

¿Todos se salvan? ¿Se salvan pocos?


"Las dificultades no deben acobardarte. La puerta del cielo es estrecha, es verdad; pero se puede entrar por ella si te esfuerzas a entrar como te dice Jesucristo. Un buen marinero, un buen soldado, no pierde el ánimo en el mayor peligro, sino que se anima y trabaja más. No te acobarde tu flaqueza; todo lo puedes en aquel Dios que te da fuerza. El ejemplo de los tibios y poltrones no sea tu regla; ni digas: otros hacen lo mismo en la Iglesia, en el convento, etc. Vive con los pocos, si quieres salvarte con los pocos que se salvan. Sálvate, pues, con los pocos. ¿No te aconsejo bien? ¿Pues qué haces?" (P. Belmonte. “Jesús al corazón del sacerdote secular y regular, o, Consideraciones eclesiásticas para cada día del mes”, 1847)

Textos recomendados:
1. «El pequeño número de los que se salvan» por San Leonardo de Porto-Maurizio. http://bit.ly/2GHVpOa
2. Sermón «Del número de los que se salvan» en "Misiones y sermones del P. Pedro de Calatayud" Tomo III, 1796. Disponible en PDF: http://bit.ly/2V0l5Qq

Música: "Egmont Overture" intérprete Kevin Macleod. CC By 4.0. Source: youtube.com/audiolibrary/music

De los engaños y daños gravisimos que trae el olvido de la muerte, y el modo como se han de remediar



"De la parábola del rico codicioso. — Esta meditación fundaré en lo que Cristo nuestro Señor dice de un hombre rico, el cual, habiendo cogido copiosos frutos de su heredad, echaba trazas dentro de sí mismo de ensanchar sus graneros para recogerlos y guardarlos; y hablando con su alma, la dijo: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años, descansa, come y bebe y date a placer. Y luego le dijo Dios: Necio, esta noche te pedirán y sacarán el alma; las cosas que allegaste ¿Tuyas serán? (Luc. XII, 19). En persona de este rico tan olvidado de su muerte, se representa lo que pasa por los que tienen semejante olvido, especialmente cuando son ricos, sanos y mozos; lo cual he de aplicar a mí mismo, en la forma que se sigue.

Punto Primero.— 1. Lo primero, se han de considerar tres grandes engaños que trae consigo el olvido de la muerte, por razón de los cuales Dios nuestro Señor llamó necio a este rico. El primer engaño es, prometerme muchos años de vida, y echar trazas de lo que tengo de hacer en ellos, como si esto dependiera solamente de mi voluntad y no de la de Dios, el cual quizá tiene trazado de quitarme la vida en la misma noche o día en que pensaba que seria muy larga, y con esto deshace mis trazas, y descubre como eran muy erradas. Por lo cual me reprenderé con las palabras de Santiago apóstol (c. IV, 13), diciéndome: ¿Cómo te atreves a decir, mañana iré a tal ciudad y estaré allí un año, negociaré y saldré con ganancia; y no sabes lo que será de ti mañana? Porque tu vida es un vapor que presto se deshace. Mas razón fuera que dijeras: Si Dios quisiere y viviere, haré esto o aquello; porque de otra manera te hallarás burlado si Dios ha trazado lo contrario.

De la memoria de la muerte, y del polvo en que nos hemos de convertir en la sepultura



"Esta meditación se fundará en las palabras de que usa la Iglesia, el miércoles de Ceniza (Genes. III, 19): Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris. Acuérdate, hombre, que eres polvo, y que te has de convertir en polvo; las cuales dijo Nuestro Señor a Adán después que pecó, intimándole la sentencia de muerte que merecía su pecado. Y de camino nos declara lo que fuimos, lo que seremos y lo que somos, diciendo que todo es polvo.

Punto Primero. — 1. Lo primero, se ha de considerar como Dios nuestro Señor, aunque pudiera criar el cuerpo de Adán de nada, como crio su alma, no quiso sino hacerle de una materia por una parte vilísima y groserísima, y por otra parte visible y palpable, que es el polvo y lodo de la tierra, para que viendo cada día con sus ojos corporales este lodo (Genes, II, 7), se acordase continuamente de su origen y principio para dos fines. El primero, para que se humillase profundamente, y entendiese que de suyo merece ser despreciado, pisado y hollado como lodo, y que no tiene por qué envanecerse, aunque tenga grandes bienes, pues todos se fundan en polvo. Y el segundo, para que se moviese a amar y servir a su Criador, tan amoroso y poderoso, que de tan vil polvo le levantó a tanta alteza, como es ser hombre, con la imagen y semejanza del mismo Dios.

De lo que sucede al cuerpo después de la muerte y de la sepultura



"¿Qué es mortificación?. Uno de los principales provechos que debemos sacar de las meditaciones de la muerte, es aquel noble ejercicio de virtud, muy parecido con ella, que llamamos mortificación, lo cual no es otra cosa que una muerte de nuestras pasiones y aflicciones desordenadas, quitándolas la vida que tienen en nosotros mismos, procurando reprimirlas y sepultarlas hasta que se conviertan en polvo y nada; al modo que dijo David ( Psalm. XVIII, 38): Perseguiré a mis enemigos y los prenderé, y no cesaré hasta que desfallezcan, los desmenuzaré hasta derribarlos y ponerlos debajo de mis pies. Por esta causa dijo san Ambrosio (De bono mort. c. 3), que la vida del justo era imitación de la muerte; porque su continuo estudio es matar la vida carnal, que siente dentro de sí, privándose de todas las cosas que su carne y voluntad propia desordenadamente codician, y reprimiendo las codicias que brotan, hasta quedar como muerto para todo lo que es pecado, conforme a lo que dice san Pablo (Rom. VI, 11; Colos, II, 20): Teneos por muertos al pecado y por vivos a Dios, y pues estáis con Cristo muertos a las cosas de este mundo, no queráis tocar ni palpar lo que ha de ser para vuestra perdición, sino mortificad vuestros miembros que viven en la tierra ; esto es, las obras de la vida terrena, la inmundicia, concupiscencia, avaricia y las demás.

La práctica de esta mortificación a semejanza de la muerte, iremos poniendo en esta meditación, cuyo fin será la imitación de la misma muerte. Y aunque en ella procedemos por los afectos de temor que son más propios de la vía purgativa, pero de suyo más eficaces son los del amor, de quien se dice (Cant. VIII, 6), que es fuerte como la muerte y duro como la sepultura ; porque mata, sepulta y deshace todo lo que es contrario a su amado, como en su lugar veremos. De camino también en esta meditación pondremos en práctica un modo de meditar muy provechoso, espiritualizando las cosas exteriores que se perciben con los sentidos, aplicándolas a las interiores, y sacando de ellas reglas y avisos de perfección.

Angustias de los moribundos que descuidaron su salvación



"Para sorprender a Jesucristo los fariseos en su conversación, y acusarle después, enviaron a preguntarle un día, si era lícito pagar el tributo al César. Mas el Señor les dijo: Respondedme: ¿de quién es esta imagen que hay grabada en la moneda? Del César, respondieron los enviados. Pues dad al César, lo que es del César, replicó Jesucristo, y a Dios lo que es de Dios: Reddite ergo quae sunt Caesaris Caesari, et quae sunt Dei, Deo. Con estas palabras quiso enseñarnos, que debemos dar a los hombres lo que les es debido; y que quería para sí todo el amor de nuestro corazón, puesto que para esto nos crió, y por esta misma causa nos impuso el precepto de amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos: Diliges Dominum Deum tuum ex toto con de tuo. ¡Infeliz de aquel que vea a la hora de la muerte, que ha amado a las criaturas y sus gustos, y ha descuidado amar a Dios! Porque en medio de las angustias que entonces le cercarán, buscará paz, y no la hallará: Angustia superveniente, requirent pacem, et non erit. (Ezech. 7, 25.) ¿Y cuales serán estas angustias que le han de cercar y atormentar? Escuchadlas: Entonces dirá el infeliz moribundo:

Podía haberme hecho santo, y no lo hice. Punto 1o.
¡Si tuviese ahora tiempo de enmendar mi error! Punto 2o.
Pero este ya no es tiempo de remediarle. Punto 3o.

De las Propiedades de la Muerte



"En esta meditación consideraremos algunas propiedades de la muerte, y los fines que pretendió Dios en ellas para nuestro provecho, reduciéndolas a tres, que son las más principales. —

Punto Primero. — 1. La primera propiedad de la muerte es, ser certísima, sin que ninguno se pueda escapar de ella en el tiempo que Dios tiene determinado. (Hebr. IX, 27). En lo cual se ha de ponderar lo primero, que Dios nuestro Señor desde su eternidad tiene determinados los años de nuestra vida y señalado el mes (Psalm. XXXVIII, 6), el día y la hora en que cada uno ha de morir, sin que sea posible, como dice Job (XIV, 5), pasar de él un punto: ni hay rey ni monarca que pueda añadirse a sí o a otro un momento de vida sobre lo que Dios ha determinado. Y así como entré en el mundo el día que Dios quiso, y no antes; así también saldré de él el día que Dios quisiere, y no después. Para que entienda, que cualquier día que vivo le recibo de gracia, y los que he vivido han sido de gracia: pues pudiera Nuestro Señor haberme señalado plazos de vida más cortos, como señaló a otros que murieron en el vientre de sus madres, y en su niñez. Y pues mi vida está tan colgada de Dios, justo es gastar todo el tiempo de ella en servicio de quien me la da, teniendo por sumo desagradecimiento emplear un solo momento en ofenderle.

Del primer precepto del arte de morir bien, que es vivir bien



"Porque ¿cuál estulticia puede hallarse mayor que poner tanto conato en aprender tanto número de artes, como aprenden los mortales, para adquirir las riquezas y honores temporales, y para conservar los bienes perecederos de la tierra, sin perdonar a trabajo, ni a cuidado por adquirirlos, y echar tan en olvido el arte de bien morir, que es el arte de las artes, y el que enseña a ganar la suma de los bienes eternos como si no hubiera o no importara aprenderle? Y que el arte de morir bien sea el arte de las artes, no creo habrá hombre que lo niegue, si atentamente considerare que en la hora de la muerte hemos de dar cuenta a Dios de todas nuestras obras, palabras y pensamientos, sin perdonar a la más mínima seña que hubiéremos hecho en el trascurso de toda nuestra vida, teniendo por acusador al demonio, por testigo a nuestra conciencia, y por Juez a Dios, de quien esperamos la sentencia, o de gloria para siempre con los santos en el cielo, o de pena perdurable para ser atormentado con los condenados en el infierno".

"Pero ante todas cosas conviene que nos persuadamos, que el primero y más universal precepto para morir bien, es vivir bien, y que no hay medio más eficaz para tener buena muerte que haber tenido buena vida. Porque como la muerte no es otra cosa sino el fin y remate de la vida, aquel tiene buen fin, que vive bien hasta el fin; ni puede morir mal el que nunca vivió mal, como ni muere bien el que siempre vivió mal desde el principio hasta el fin; porque regularmente hablando, siempre corresponde el fin a los principios como el árbol a su raíz.

Prueba esto la experiencia en todas las cosas humanas que vemos y tocamos; porque si uno va camino, y no yerra en su viaje, sino que sigue la senda siempre derecha, llega con felicidad al lugar que pretende; pero si se aparta del camino a una y otra parte, sin orden ni concierto, vemos que no acierta en el fin, ni llega al lugar donde desea. Y el que cursa las escuelas con deseo de aprender, si prosigue con codicia, sin divertirse a otras cosas, en breve tiempo sale escogido estudiante, docto y doctor en las ciencias; pero si afloja en el estudio, divirtiéndose en otras cosas, aunque más curse en las aulas, no sale con la sabiduría, y se halla en él fin tan ignorante como en el principio. Lo mismo pasa en otras artes , y en cualquier cosa qué uno pretenda alcanzar, y también en este celestial arte de bien morir, el cual se ha de aprender, no en la muerte, sino en vida, no en la enfermedad, sino en el tiempo de la salud, viviendo bien, y haciendo tales obras, que nos den buena muerte; porque según fuere el camino será el fin, y conforme a la raíz el árbol, y el fruto que cogeremos en el agosto de la muerte: porque es verdad infalible que cada uno cogerá lo que sembrare y como dice San Pablo, el que sembrare buenas obras, cogerá buena muerte y vida eterna, y el que malas, mala y condenación para siempre.

Pero como los pecadores siempre buscan solución a las razones que convencen su mala vida, no faltará alguno que replique a lo dicho, que no es del todo verdad, pues él buen ladrón vivió siempre mal, y acabó bien, y así no siempre corresponde el final al principio, ni la muerte a la vida. Pero engáñase en lo que dice, porque aquel santo ladrón, aunque la mayor parte de la vida vivió mal, el último tercio de ella vivió bien, recuperando con buenas y santas obras lo que había perdido en la vida pasada, y fué uno de los obreros que vinieron tarde a la viña del Señor, y en pocas horas trabajó con tanto fervor, que mereció el premio de los que vinieron al principio, y alcanzó felicísimo fin. Y si lo quieres ver, pon los ojos en las virtudes que ejercitó, según las refieren los sagrados Evangelistas. Porque en primer lugar tuvo ardentísimo amor a Cristo, y no menor a sus prójimos, y mostró el uno y el otro defendiendo al Redentor de las calumnias de sus enemigos, haciéndose predicador de su inocencia, y levantando hasta el cielo su santidad; y por los mismos filos reprendiendo a su compañero las blasfemias que decía contra Cristo, y exhortándole desde su cruz a creer en El, a tener dolor de sus pecados, y convertirse y enmendarse en lo que le quedaba de vida, como lo testifica San Lucas en las siguientes palabras que le decía: "¿Ni tú tampoco temes a Dios, que padeces la misma sentencia, y estás pendiente en su compañía en la cruz? Nosotros llevamos el merecido de nuestras culpas, pero este no ha hecho cosa mala". (Lc 23,40). Adonde reprende a su prójimo, y le exhorta al temor de Dios, confiesa de plano sus pecados con profundísima humildad, y se hace lenguas en alabanza del Redentor. Ni paró aquí la ostentación de sus virtudes, sino que abrasado del amor de Dios y de los bienes celestiales, y lleno de fe y confianza, suplicó al Salvador que se acordase del cuando estuviese en su reino, confesándole por Dios, y mostrando el deseo que tenia de unirse con El.

Todo esto hizo viviendo en el último tercio de la vida, y lo demás que callan los Evangelistas, porque sepas que vivió bien el último tercio de su vida, a que correspondió tan buena muerte. Luego buena y cierta regla es la que arriba te hemos dado: que quien bien vive, bien muere; y quien mal vive, mal muere. Y cuando no fuera así , sino que hubiera vivido siempre mal, ¿qué ley hay para que sigas el ejemplo de uno entre mil, y no el de mil respecto de uno? De mil que viven mal apenas muere uno bien, luego cierta regla es que cada uno muere como vive, y que conforme fuere su vida será su muerte. Ni se puede negar que es peligrosísima cosa vivir siempre mal, y dilatar la conversión y penitencia para la última hora en que se remata la vida. Acción sumamente difícil, y aunque no la juzgo por imposible, porque para Dios ninguna cosa lo es, pero es cosa rarísima, y como un milagro en la tierra. Grande cosa es llevar el hombre el yugo del Señor desde la mocedad, y acostumbrarse desde luego a la virtud, porque no sentirá dificultad después, y tendrá muy feliz fin. Estos son de los que cantan los ángeles, que son las primicias de Dios y del Cordero, rescatados de los hombres, los que no mancharon su vida con el amor sensual, los que no hablaron mentira, ni se oyó de su boca palabra mala, los que se hallaron sin mancha en el acatamiento de Dios: de cuyo número fueron el santo Profeta Jeremías, el precursor de Cristo, Profeta y más que Profeta, San Juan Bautista, y primero que todos la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Señora  nuestra, y otros muchos que Dios sabe, y nosotros no alcanzamos. Quede, pues, asentado este precepto, como el primero y principal para alcanzar este arte de bien morir, que la buena muerte depende de la buena vida, y que la regla de bien morir es la de bien vivir."

Fuente: "Arte de bien morir", San Roberto Belarmino", 1881 - [Negrillas son nuestras.]

De la eternidad infeliz



"Punto Primero.- Considera que después de esta vida tan corta, tan frágil, que a cada hora y a cada instante se nos escapa; después de este puñado de días tan tristes y tan inquietos, hay otra vida que ha de durar para siempre; dichosa para los que se salvan; pero supremamente infeliz y desgraciada para las almas que se condenan. ¡ Ah¡ ¿Y de qué número seré yo? ¿Cuál será mi destino? Si no soy eternamente feliz, seré infeliz eternamente. No hay medio entre estos dos extremos. El sarmiento que no está unido a la vid, solo sirve para el fuego; ¡Y aun si la semejanza fuera en todo perfecta! ¡Si el condenado, que es arrojado en las llamas, se consumiera en ellas! Pero el caso es, que aquel fuego conserva a los mismos que abrasa.

Es la eternidad un infeliz estado, en que, por decirlo así, todas las diferencias de tiempo concurren, y se reúnen en un mismo punto para hacer mas infeliz al alma que se condena. ¡Qué novedad! ¡Qué desesperación para una alma, acostumbrada acá abajo a esta continua sucesión de tiempos y de estaciones, de días, de meses y de años; divertida con la variedad, y entretenida con la mudanza; que en un momento se halla en aquel abismo infinito de la eternidad, donde nada se muda! Desde el primer instante que entra en él, tendrá todo cuanto ha de tener para siempre: hallábase inmutablemente en el mismo estado, en el mismo sitio, en la misma disposición,en los mismos dictámenes que ha de tener por toda la eternidad. En aquel mismo momento padece ya toda la eternidad infeliz: eternidad de amargura, eternidad de arrepentimiento, eternidad de desesperación, eternidad de tormentos. Toda la eternidad, digámoslo así, se junta, y padece en cada instante.

¡Oh Dios, y qué desatino! ¡Sufrir cada momento todos los tormentos imaginables, todos los tormentos que puede sufrir un alma! ¡y sufrirlos todos juntos! ¡y sufrirlos para siempre! ¡y siempre sin esperanza de verlos acabar jamás sin el menor alivio, sin el más leve rasgo de paciencia! ¡ Oh justicia de mi Dios, y qué terrible que eres! Pero, ¡Oh locura! ¡oh malicia del hombre, y a qué extremo no llegas! ¡Cuando sabes, cuando crees que hay una eternidad infeliz, y pecas! ¡y vives en pecado! ¡y te expones a peligro de morir en pecado!

Punto Segundo.- Considera que en la imaginación de esta eternidad se pierde el entendimiento; pero el alma del condenado jamás perderá ni un solo instante de esta eternidad. Si después de tantos millones de siglos como instantes han pasado desde que el sol gira sobre nuestras cabezas, se hubieran de acabar las penas de los condenados, no por eso dejaría de ser inexcusable el pecador en haberse granjeado voluntariamente una prodigiosa duración de suplicios, por unos sucios deleites que se pasaron en pocos momentos; pero al fin su locura sería menos intolerable. ¡Qué por un solo pensamiento consentido un millón de siglos de penas! ¡Por un pecado de algunos instantes un infierno de cien mil millones de años! ¡Oh Dios, y qué rigor! Pero paciencia, que esos tormentos no son eternos. Aunque su duración sea espantosa, al cabo ha de tener fin. Podría entonces decir un condenado: Todo lo que he padecido, eso menos me resta que padecer: ya tengo dos años, diez años menos de tormentos. ¡Pero una eternidad! ¡una eternidad! Sin poder jamás decir: ¡Un cuarto de hora menos tengo que sufrir! Sin que al cabo de mil millones de siglos entre tormentos pueda decir: ¡Ya se pasó una hora de mis penas!

Sepultado, hundido, anegado en medio de un grande remolino de fuego, que es al mismo tiempo todos los suplicios; inmoble como una roca en medio de las llamas; penetrado de fuego como un carbón hecho ascuas, el infeliz condenado se abrasa, rabia, se desespera, siempre está padeciendo, y siempre pensando que ha de padecer sin fin y sin alivio. ¡Hay infierno; y los cristianos pecan! ¡Hay infierno eterno; y el pecado tiene atractivo para los cristianos!

Aunque se haya pasado un incomprensible número de siglos desde que el miserable condenado está padeciendo, nunca podrá decir: He padecido. Sus tormentos siempre son presentes; porque en la eternidad no hay tiempo pasado. ¡Siempre arder, y estar cierto de que ha de arder para siempre! Este es su destino. ¡Oh Dios, y es .posible que tan atolondradamente se corra a este horroroso precipicio, a esta espantosa eternidad!

Imagina que un hombre esté condenado a padecer todas las penas del infierno hasta que haya anegado en sus lágrimas a todo el universo, en la suposición de que solo ha de llorar una sola lágrima de mil a mil años. Caín solo hubiera derramado hasta ahora cinco o seis. ¡Buen Dios, qué prodigioso número de siglos se pasarían antes que llegase a llenar de sus lágrimas este cuarto! ¡pues qué si hubieran de llenar toda esta casa! ¡pues qué si se hubiese de esperar a que de sus lágrimas se formasen grandes y caudalosos rios! ¡pues qué si hubiese de padecer hasta derramar todas las precisas para llenar todo el inmenso espacio que ocupa el mar! ¡pues qué si fuese necesario que inundasen toda la tierra, y que ocupasen todos los interminables vacíos que hay desde la tierra al cielo! Hace estremecer este solo pensamiento: justamente asombrada, sobresaltada la razón, se confunde, se pierde en esta espantosa extensión de siglos. Con todo eso, aun siendo tan asombrosa, tan incomprensible esta duración, no es la eternidad, no es ni la más mínima parte de la eternidad; porque después de esa duración de tiempo casi infinita, la eternidad se queda toda entera. Ha de llegar tiempo en que un condenado pueda decir, que si hubiera derramado una sola lágrima de mil a mil años, desde que está en el infierno, y que si Dios la hubiese milagrosamente conservado, ya estaría anegado en su llanto todo el universo. Pero entonces le restará que padecer toda entera la misma eternidad; ni un solo momento se habrá disminuido de su eternidad infeliz.

¡Ah Señor! ¿y seré yo por ventura o por desgracia desdichado objeto de cólera tan terrible? ¡Ay de mí! que demasiadamente lo soy; ya he merecido por mis culpas todas vuestras venganzas; pero mi dulce Salvador y vuestro hijo Jesucristo derramó sobrada sangre para apagar todo el fuego del infierno, y para merecerme vuestra misericordia. Concededme, Señor, esta misericordia que vos mismo me habéis merecido, para que la cante en el cielo por toda la eternidad."

Fuente: "Año cristiano o ejercicios devotos para todos los días del año" por el P. Jean Croisset, S.J., Día 26, Tomo: Abril - [Negrillas son nuestras.] 

Del Juicio Universal



"Et videbunt Filium hominis venientem in nubibus caeli cum virtute multa et majestate.
«Verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes resplandecientes del cielo con gran poder y majestad. (Math. XXIV, 30)».

Dios es desconocido en nuestros tiempos, y por esto es tan despreciado de los pecadores, como si no pudiera vengarse, cuando quiera, de las injurias que le hacen: Et quasi nihil posset facere omnipotents, æstimabant, eum. (Job. 22,17). Pero el Señor ha fijado un día que en las santas Escrituras se llama: Dies Domini, en el cual el eterno Juez se dará a conocer con toda su grandeza y majestad: Cognoscetur Dominus judica faciens.(Psalm. 9,17). Sobre este texto escribió San Bernardo: “El Señor, que ahora es ignorado mientras es misericordioso, se dará a conocer cuando venga a juzgarnos”. (Lib. 12 de Rad.). Por esto se llama este día: “Día de ira, de tribulación y de angustia. Día de calamidad y miseria” (Soph. 1,15). Comencemos, pues, a hacer las reflexiones siguientes:

En el punto 1º: El diverso aspecto que representarán los justos y los pecadores.
En el 2º: El examen de las conciencias.
En el 3º: La sentencia de los escogidos y de los réprobos.

Punto 1
Del distinto aspecto de los justos y de los pecadores en el valle de Josafat
1. A este día dará principio el fuego que bajará del Cielo, y con su ardor los elementos se disolverán; y la tierra y las obras que hay en ella, con todos los hombres que vivan entonces, todo será abrasado: Terra et quœ in ipsa sunt opera exurentur (2, Petr. 3,10). Todo se convertirá aquél día en un montón de cenizas.

2. Luego que estén muertos los hombres sonará aquella terrible trompeta, que hacía temblar a San Jerónimo,  y todos resucitarán a su acento, como dice el Apóstol: Canet enimtuba, et mortui resurgent (1, Cor. 15,52). San Jerónimo (in Math. cap. 5) decía: “Siempre que pienso en el día del juicio, me pongo a temblar. Bien esté comiendo, bien bebiendo, bien haciendo cualquier otra cosa; siempre me parece que resuena en mis oídos aquella terrible trompeta que dice: “Levantaos muertos, venid a juicio”. Y San Agustín confesaba, que ninguna cosa le distraía más de los pensamientos terrenos, que el temor que le inspiraba éste día.

3. Al sonido de aquella trompeta descenderán del Cielo las hermosas almas de los bienaventurados, a unirse con aquellos mismos cuerpos con que sirvieron a Dios en este mundo; y saldrán del Infierno las de los réprobos, desesperadas y horribles a unirse a los cuerpos desgraciados y malditos, con los cuales ofendieron a Dios. ¡Cuán diferente será la presentación de los unos de los otros! Los réprobos aparecerán deformes y negros como tizones del Infierno: al propio tiempo que los justos resplandecerán como el sol en medio de su Padre: Tunc justi fulgebunt sicut sol (Math. 13,43). ¡Qué contentos estarán entonces los que hayan mortificado su cuerpo con la penitencia! Deduzcámoslo de las palabras que dijo San Pedro de Alcántara a Santa Teresa, cuando se le apareció después de su muerte: ¡O felix paenitentiæ, qœ tantam mihi promeruit gloriam! ¡Dichosa penitencia, que me granjeó tan grande gloria!

4. Luego que los hombres hayan resucitado, los ángeles los conducirán al valle de Josafat para ser allí juzgados: Populi, populi in vallem concisionis, quia, juxta est Domini (Joel. 3,14). Luego, los mismos ángeles separarán los réprobos de los elegidos, colocando a estos a diestra y aquéllos a la siniestra: Exibunt angeli, et separabunt malos d medio justorum. ¡Qué confusión sufrirán entonces los tristes condenados! dice el autor de la “Obra imperfecta” (Hom. 54). ¡Quomodo putas impios confundendos, quando segregatis justis, fuerint deridicti! Esta pena sola sería bastante para servirles de Infierno, como dice el Crisóstomo: Et si nihil ulterius paterentur ista sola verecundia sufficeret eis ad paenam. (In Math. cap. 24). El hermano será separado del hermano, el marido de la esposa, el hijo del padre, el amigo del amigo.

5. Pero, repentinamente se abren los Cielos, los ángeles acuden a presenciar el juicio, llevando la enseña de la Cruz y los otros signos de la Pasión del Redentor, como dice el angélico Santo Tomás: Veniente Domina ad judicium signam crucis, et alia passionis indica demostrabunt. (S. Thom. Opusc. II, Cap. 244). Esto se confirma con aquellas palabras de San Mateo (24, 30): Et tunc parebit signum Filii hominis in cœlo, et tunc plangent omnes tribus terræ. Derramarán lágrimas de desesperación los pecadores al ver la cruz del Salvador; porque como dice San Juan Crisóstomo, los clavos se quejarán del pecador, y las llagas y la cruz de Jesucristo hablarán contra de él. Clavi de te conquerentur, cícatrices contra te prorabit. (Homi. 20 in Math.).

6. También la Reina de los santos y de los ángeles, María Santísima, asistirá al juicio universal del género humano; y, finalmente, comparecerá el eterno y supremo Juez sobre las nubes, cercado de esplendor y majestad: Et videbant Filium Hominis venientem in nulibus cœli, eum virtute multa et majestate. (Math. 24,30). Verán al Hijo de Dios y de la Virgen sobre las nubes resplandecientes del Cielo rodeado de pompa y de virtud. ¡Que pena causará a los réprobos la vista imponente del Juez! A facie ejus cruciabantur populi. (Joel. 2, 6). San Jerónimo dice que la presencia de Jesucristo les causará mayor tormento que el mismo Infierno: Domnatis melius est inferni penæs, quam domini praesentiam ferre. Por esto, según San Juan, dirán ellos aquel día a los montes y peñascos: Caed sobre nosotros, y ocultadnos de la vista del Juez irritado: Dicent montibus et petris: Cadite super nos et abscondite nos a facie sedentis super thronum, et ab ira Agni. (Apocal. 6,16).

Punto 2º
Examen de las conciencias
 7. Judicium sedit et libri aperti sunt. (Dan. 7,10) Se abren los libros o procesos de las conciencias y comienza el juicio. Nada quedará entonces oculto. El Apóstol dice, que el Señor sacará a plena luz lo que está en los escondrijos de las tinieblas: Illuminabit abscondito tenebrarum (1 Cor. 4,5). Dios mismo, dice por Sofonías (1,12): Secutabor Hierusalem in lucernis. Pesquisaré, examinaré los crímenes de Jerusalen , esto es, de todo el mundo, a la luz de una bujía, que quiere decir, con tanto rigor, que no se me oculte ninguno: porque con la bujía se registran los rincones más ocultos.

8. San Juan Crisóstomo escribe (Homil. 3 de Dav) Terrible judicum, sed pecatoribus, justis autem optabile et suave. El juicio causará espanto a los pecadores; pero a los justos alegría y dulzura; porque entonces Dios, dice, dará a cada uno el premio o castigo que haya merecido según sus obras, buenas o malas. (1. Cor. 4,5).El Apóstol dice, que en aquél día, los elegidos serán sublimados sobre las nubes para obsequiar al Señor en compañía de los ángeles: Rapiemur cum illis in nubibus obviam Cristo in aera. (1 Thess. 4,16).

9. Los hombres mundanos, que al presente llaman insensatos a los justos que viven mortificados y humillados, confesarán entonces su propia insensatez, y dirán: Non insensati vitam illorum estimabamus insaniam, et fine illorum sine honore: ecce quomodo computati sun inter filios et inter sanctos sors illorum est. Nosotros, insensatos, creíamos que la vida de los justos no era más que extravagancia y locura , y que al fin nada conseguirían: pero vemos que han sido contados entre los hijos de Dios, y que les ha cabido la suerte de los santos. (Sap. 5, 4.). En este mundo se llaman felices los ricos y los que disfrutan honores; pero la felicidad verdadera consiste en alcanzar la bienaventuranza. Alegraos pues vosotras, almas piadosas, que pasáis en este mundo una vida llena de tribulaciones; porque vuestra tristeza se convertirá en alegría: Tristitia vestra vertetur in gaudium. (Joan. 16,20.) Y en el valle de Josafat estaréis sentados en tronos de gloria.

10. Los réprobos, al contrario, serán colocados a la siniestra como cabritos destinados al matadero, para esperar allí su última sentencia de eterna condenación. Judici tempus dice el Crisóstomo, misericordiam non recipit. En el día del juicio no habrá esperanza de misericordia para los desdichados pecadores. San Agustín escribe: Magna jam est pæna pecati, metum et memoriam divini perdidisse judicii (Serm. 20 de Temp.). Ya es gran pena del pecado vivir sin acordarse del día del juicio, y sin temerle. Y en efecto, la mayor pena del pecado que experimentan los que viven en desgracia de Dios, es: haber perdido el temor y la memoria del juicio divino. Sigue, sigue sin embargo viviendo obstinado en el crimen, dice el Apóstol, que según es tu obstinación , el día del juicio hallarás amontonado un tesoro, no de gloria , sino de ira divina: Secundum autem duritiam tuam et impœnitens cor, thesaurizas tibi iram in die iræ. (Rom. II, 5).

11. Entonces dice San Anselmo, no podrán ocultarse los pecadores, sino que se verán precisados a comparecer en juicio con dolor insufrible. Latere enim impossibile, apparere intolerabile. Los demonios harán su oficio acusándole, y dirán al Juez , como dice San Agustín: Judica, esse meum, qui tuus esse noluit. Juzga, como juez recto que eres, que es mio y me pertenece el que no quiso ser tuyo. En contra de ellos testificarán, primeramente su propia conciencia: Testimonium reddente illis conscientia ipsorum. (Rom. 2,15). En segundo lugar las criaturas y las paredes mismas de la casa en que pecaron estarán clamando en su contra: Lapis de partete clamabit. (Habac, 2.11) En tercer lugar el Juez mismo dirá: Yo que todo lo sé , yo a quien nada se puede ocultar, soy testigo: Ego sum judex et testis, dicit Dominus. (Jerem. 29.23.) Sobre lo que escribió después San Agustín : Ipse erit judex causae tuae, qui modo est testis vitae tuae. (Lib. de 10. Chord.) Será juez de tu causa el mismo que ahora es testigo de tu vida. A los cristianos condenados les dirá especialmente las palabras de S. Mateo (11,12.): Vae tibi Corozain, vae tibi Bethsaida : quia, si in Tyro et Sidone factae essent virtutes quae factae sunt in vobis, olim in cilicio et cinere poenitentiam egissent. Cristianos, les dirá , sí las gracias que a vosotros os he hecho, las hubiese hecho a los turcos, o a los idólatras, ellos hubieran hecho penitencia de sus culpas; pero vosotros no habéis puesto fin a vuestros pecados, sino con la muerte. Y entonces les pondrá a la vista sus maldades ocultas: Revelabo pudenda tua in facie tua. (Nahum 3,5). Descubrirá todos sus desórdenes , sus injusticias y crueldades ocultas: Ponam contra te omnes abominationes tuas. (Ezech. 7, 3). Manifestará a los réprobos todos sus pecados.

12. ¿Que excusas podrán entonces alegar?  Omnis iniquitas oppilabit os suum. (Psalm. 106). Sus numerosos pecados les cerrarán la boca , y en lugar de poder responder para excusarse, pronunciarán ellos mismos su propia condenación, diciendo: Ergo erravimus a via veritatis. En efecto abandonamos el camino de la verdad.

Punto 3º
Sentencia de los escogidos y de los réprobos
13. San Bernardo dice (Serm 8 in Ps. 90), que, primeramente, escucharán su sentencia los elegidos, destinándoles a la gloria del Paraíso, para que sea mayor la pena a los réprobos, viendo lo mucho que han perdido. Prius pronuntiabitur sententia electis, ut acrius (reprobi) doleant videntes quid amiserint. Volveráse, pues, Jesucristo , primero á los elegidos , y les dirá : Venite benedicti Patris mei, possidete paratum vobis regnum a constitutione mundi. Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el principio del mundo. (Math. 25.34.) Bendecirá todas las lágrimas que derramaron, doliéndose de sus culpas, todas sus obras buenas, sus oraciones, sus mortificaciones y comuniones: sobre todo las penas de su pasión y la sangre derramada por su salud. Y en medio de estas bendiciones entrarán en el Paraíso, cantando himnos de alabanza para alabar a Dios eternamente.

14. Luego se volverá hacia los réprobos, y pronunciará su condenación con estas palabras: Discedite a me maledicti in ignem aeternum. (Math. loco cit. 5,41). Id lejos de mí, malditos, al fuego eterno. Serán pues maldecidos, separados de la presencia de Dios y enviados a arder eternamente en el fuego abrasador del infierno : Et ibunt hi in supplicium aeternum, justi autem in vitam aeternam. (Math. 25,46).

15. San Efrén dice, que después de esta sentencia, los réprobos serán obligados a dar un eterno adiós a sus padres, al Paraíso, a los Santos y a la Virgen María. (Efren. de variis serm. inf.). Enseguida se abrirá un abismo en el medio del valle; y los desgraciados réprobos serán lanzados en él, y luego se cerrará aquella boca para siempre jamás. ¡Maldito pecado! ¡A que fin tan triste tienes que conducir un tiempo tantas almas redimidas con la sangre preciosa de Jesucristo! ¡Oh almas desventuradas, a las cuales está reservado un fin tan triste y lamentable!.

Pero regocijaos vosotros, amados cristianos, para quienes Jesucristo hace el presente las veces del Padre y no de Juez. Preparado está siempre a perdonar al que se arrepiente. Pidámosle presto perdón de nuestras culpas; detestémoslas, diciéndole de lo íntimo del corazón: Me pesa Señor, de haberos ofendido; me pesa de haber pecado, me pesa de haber estado sordo a vuestros llamamientos, que, como divino Pastor de las almas, habéis habéis llamado tantas veces la mía, para que dejando los pastos vedados de los vicios, acudiera a los prados amenos de las virtudes que cercan la mansión deliciosa del Paraíso. Habed, Señor, misericordia de mí, habed compasión de una arrepentida; misericordia Dios mío, misericordia y gracia."

Fuente: "Sermones abreviados para todas las dominicas del año", San Alfonso María de Ligorio, 1847 - [Negrillas son nuestras.]

De la Eternidad y el Infierno



"Tradidit eum tortoribus, quoadusque universum debitum.
Entrégole en manos de los verdugos, hasta tanto que satisficiera la deuda por todo entero. (Matth. XVIII, 34)


Dice el Evangelio de hoy, que habiendo administrado mal los bienes de su señor un esclavo , se halló al rendir las cuentas, que quedaba deudor de diez mil talentos; y queriendo el señor que se los pagase, el siervo le dijo: Concédame Vd. algún plazo, y se lo iré pagando todo: Patientiam habe in me, et omnia reddam tibi. Mas el señor movido a compasión le perdonó toda la deuda. Este siervo había fiado a otro compañero suyo cien monedas, y no pudiendóselas pagar, le suplicó que le esperara algún plazo de tiempo; pero el inicuo siervo mandó ponerle en la cárcel sin tener compasión de él. Luego que su señor supo esta acción cruel, le llamó y le dijo: Siervo injusto, yo te he perdonado diez mil talentos. ¿Como es que tú no has tenido piedad de tu compañero , que solamente te debía cien monedas? En seguida le entregó a los verdugos para que le atormentasen hasta que pagase toda la deuda: Tradidit eum tortoribus, quoadusque redderet universum debitum. Aquí tenéis, oyentes míos, descrita en estas últimas palabras la sentencia de la eterna condenación que está preparada a los pecadores. Muriendo en pecado son deudores a Dios de todas sus iniquidades; y porque no pueden satisfascerle ya en la otra vida por las culpas cometidas, deberán penar eternamente en el infierno, puesto que quedan deudores de la Divina Justicia para siempre, es decir por toda la eternidad. De esta desgraciada eternidad quiero hablaros hoy. Prestadme atención.

1. Gran pensamiento es el de la eternidad, como le llama S. Agustín: Magna cogitatio. Dice el santo doctor, que Dios nos hizo cristianos y nos instruyó en la fe para que pensemos en la eternidad: Ideochristiani sumus, ut semper de futuro saeculo cogitemus. Este pensamiento movió a dejar el mundo a tantos grandes de la tierra que se despojaron de sus riquezas y fueron a encerrarse en un claustro para vivir allí pobre y penitentemente. Este pensamiento envió tantos jóvenes a las grutas y a los desiertos, y movió a tantos mártires a abrazar los tormentos y la muerte para salvar el alma por toda la eternidad; porque no tenemos aquí en el mundo una patria duradera , como dice S. Pablo, sino que buscamos la eterna: Non enim habemus hic manentem civitatem, sed futuram inquirimus. (Hebr. 13, 14.) En efecto, amados cristianos, este mundo que habitamos no es nuestra patria; sino solamente un lugar de paso, por el cual debemos pasar en breve a la eternidad : Ibit homo indomum aeternitatis suae. (Eccl. 12, 5.) Pero en esta eternidad de que hablamos, es muy distinta la mansión de los justos que está llena de delicias, de la mansión de los pecadores que es una cárcel llena de tormentos. A una de estas hemos de ir todos nosotros sin remedio, como dice S. Ambrosio: In hanc vel in illam aeternitatem cadam, necesse est (S. Amb. in Psal. 118.)

2. Y lo peor es, que en aquella hemos de estar siempre en la que entremos una vez: Si lignum ceciderit ad anstrum, ad aquilonem, ni quocumque loco ceciderit, ibi erit. (Eccl. 11 , 3.) Cuando cortan un árbol ¿Hacia que lado cae? Hacia el que está inclinado. ¿A cual pues caerás tú, pecador que me oyes, cuando corte la muerte el árbol de tu vida? Caerás a el lado que te inclines. Si te hallas inclinado hacia la parte del austro, esto es, en gracia de Dios, serás siempre feliz: pero si te inclinas al aquilón, serás siempre desgraciado: o siempre feliz en el cielo, o siempre desgraciado y desesperado en el infierno. El morir es una necesidad para todos los mortales, como nos lo enseñan la fe y la misma experiencia; pero no sabemos cual de estas dos eternidades nos ha de caber después de la muerte: Necesse mori, post haec autem dubia aernitas.

3. Esta incertidumbre de las dos eternidades ocupaba continuamente la imaginación de David, le quitaba el sueño y le tenia amedrentado, como dice el mismo real Profeta: Anticipacerunt vigilias oculi mei, turbatus sum, et non sum locutus; cogitavi dies antiquos, et annos aetemos in mente habui. (Psal. 76, 5 et 6.) S. Cipriano hace esta pregunta: ¿Qué cosa era la que inspiró en todos tiempos a muchos santos hacer una vida que fué un continuo martirio, por las continuas asperezas que practicaban contra su mismo cuerpo? Y responde el mismo Santo: Estas asperezas se las inspiraba el pensamiento de la eternidad. Cierto monge se encerró en una fosa en la que no hacia otra cosa que exclamar: ¡Oh eternidad, oh eternidad! Aquella famosa pecadora convertida por el abad Pafnucio, tenia siempre presente la eternidad y decía: ¡Quien me asegura la eternidad feliz, y me liberta de la eternidad desgraciada! El mismo temor tuvo a S. Andres Avelino en un continuo terror y llanto hasta la muerte; de modo que preguntaba a cuantos veía: ¿Qué dices tú? ¿me salvaré, o me condenaré para siempre?

4. ¡Oh si nosotros tuviésemos siempre presente la eternidad ! no estaríamos tan apegados a las cosas de este mundo. Por eso escribe S.Gregorio: Quisquis in aeternitatis desiderio figitur, nec prosperitate attollitur, nec adversitate quassatur, et dum nihil habet in mundo quod appetat, nihil est quod de mundo pertimescat. El que tiene fija en su mente la eternidad, no se engríe en la prosperidad, ni se abate en la adversidad; y como nada tiene en el mundo que apetecer, nada tiene tampoco que temer. Únicamente desea la eternidad feliz, y únicamente teme la eternidad desgraciada. Cierta señora estaba muy embebecida en las vanidades del mundo: fué a confesarse un día con el padre maestro de Ávila, quien le mandó que fuese a su casa y pensase allí en estas dos palabras: siempre y jamás. La señora lo hizo así, y desterró de su corazón el apego al mundo y le consagró a Dios. S. Agustín escribe, que el que piensa en la eternidad y no se convierte a Dios o no tiene fe, o no tiene juicio: O aeternitas, qui te cogitat, nec paenitet, aut certo fidem non habet, aut si habet, cor non habet. (S. Aug. in Solitoq.) En confirmación de esta verdad refiere S. Juan Crisóstomo, que los gentiles echaban en cara a los cristianos que eran embusteros, o insensatos. Embusteros, si decían que creían lo que realmente no creían, e insensatos, porque creyendo en la eternidad, no por eso dejaban de pecar: Exprobrabant Gentiles , aut mendaces, aut stultos esse christianos: mendaces si non crederent quod credere dicebant: stultos, si credebant et peccabant.

5. ¡Ay de los pecadores! dice S. Cesario de Arles. Ellos entran en la eternidad sin haberla conocido; pero allí serán los gritos de dolor, cuando hayan entrado y vean que no pueden salir: Vae peccatoribus, incognitam ingrediuntur ternitatem: sed vae duplex, ingrediuntur, et non egrediuntur. Al que ha de entrar en el infierno, se le abre la puerta; pero luego que ha entrado, se le cierra para siempre. Las llaves las guarda el mismo Dios, como dice S. Juan: Et habeo claves mortis et inferni (Apoc. i, 18.), para darnos a entender, que el que ha tenido la desgracia de entrar allí, está condenado a no salir jamás. La sentencia de los condenados, dice S. Juan Crisóstomo , está grabada sobre la columna de la eternidad, y no será jamás revocada. En el infierno no se cuentan los días ni los años. Dice S. Antonino, que si un condenado supiese que había de salir del infierno, después que pasasen tantos millones de años cuantas gotas de agua tiene el mar, y átomos hay en la tierra, se alegrarían mucho mas de lo que se alegra un hombre condenado a la horca, cuando recibe la noticia de que le han perdonado, aun cuando además le hicieran monarca del mundo. Pero pasarán todos estos millones de años, y el infierno del condenado apenas habrá comenzado. Mas ¿de qué sirve multiplicar millones y millones de años a la eternidad, si como dice S. Hilario , no ha de tener jamás fin? Ubi p utas finem invenire, ibi incipit. Por eso dice S. Agustín , que la eternidad no puede compararse con las cosas que tienen fin: Quae finem habent, cum aeternitate comparari non possunt. (In Psal. 36.) Cualquiera condenado se contentara con hacer este pacto con Dios, a saber: que Dios aumentara sus penas cuanto quisiera, señalando el término más remoto que quisiese, con tal que tuviesen fin. Empero la desgracia es , que este fin no ha de llegar jamás: Perit finis meus, dice el condenado: (Thren. 3, 18.) ¿Con que no hay término a la pena de los condenados? No: la trompeta de la divina justicia resuena sin cesar en el infierno, recordando a los condenados que sus penas han de durar siempre, y nunca , nunca han de acabar.

6. Si el infierno no fuese eterno, no seria su pena tan grande como es; porque como escribe Tomás de Kempis: Modicum est et breve omne quod transit cum tempore: No es grande la pena que tiene fin. Cuando un enfermo ha de sufrir una incisión, o una cauterización sobre una parte gangrenada de su cuerpo; el dolor es grande, pero soportable porque termina presto. Pero cuando el dolor es grande y dura muchos meses, se hace insoportable. ¡Ah, infelices pecadores obcecados! Cuando aquí se les habla del infierno, suelen responder: Si voy allí, tendré paciencia. ¡Pero como mudarán de pensar cuando se vean en él! No se trata de sufrir allí algunos días o algunos meses, ni de un dolor más o menos agudo: se trata de sufrir todos los males y todos los tormentos reunidos , y de sufrirlos por toda la eternidad.

7. Jamás terminarán; jamás se disminuirán en lo mas mínimo. El réprobo siempre sufrirá el mismo fuego, la misma privación de Dios, la misma tristeza, la misma desesperación: porque, como dice S. Cipriano, en la eternidad no se hace cambio ninguno. Y esta misma idea de conocer anticipadamente todo aquello que ha de sufrir siempre, aumentará muchísimo su pena. Describiendo Daniel la felicidad de los bienaventurados, y la desgracia de los réprobos, dice; que estos verán siempre, y siempre tendrán fija en su imaginación su eterna desgracia; y por eso la eternidad los afligirá, no solamente con el peso de la pena presente, sino también con el de la futura que es eterna: Evigilabunt alii in vitam aeternam; et alii in opprobrium, ut videant semper. (Dan. 12, 2.)

8. Y estas no son opiniones controvertidas entre los doctores; sino dogmas de fe que están bien claros en las sagradas Escrituras. Pero la Escritura, replica un hereje, dice: Discedite a me, maledicti, in ignem aeternum: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno (Matth. 25, 41); luego lo que es eterno es el fuego, más no la pena de daño. Así habla este incrédulo, pero habla neciamente. ¿A qué fin hubiese Dios criado este fuego eterno, sino sirviese para castigar a los réprobos eternamente? Pero para quitar todo protesto de duda, muchos textos hay en la Escritura que dicen, que no solo es eterno el fuego, sino también la pena de daño; y quiero citar algunos. S. Mateo (25, 46) dice: Irán estos al suplicio eterno: Ibunt hicin supplicium aternum. Y S. Marcos (9, 43.) se explica así: En donde el gusano de la conciencia no muere, y no se extingue el fuego que sufren: Ubi vermis eorum non moriurt, et ignis non extinguitur. También S. Juan en el Apocalipsis manifiesta claramente esto mismo, por estas palabras: El fuego de sus tormentos durará por los siglos de los siglos: Et fumus tormentorum eorum ascendet in saecula saeculorum. (Apoc. 14, 11.) Y S. Pablo: Qui paenas dabunt in interitu aeternas. (2, Thess. 1,9.)

9. Me replicará quizá algún incrédulo: Pero ¿Como Dios siendo justo puede castigar con una pena eterna un pecado que solo dura un momento? A esta objeción respondo, que la gravedad de un delito no se mide por la duración del tiempo, sino por el peso de la malicia; y la malicia del pecado mortal es infinita, como dice Sto Tomás; porque es una ofensa cometida contra un Dios que es infinito en su bondad, en su omnipotencia , y en todos sus atributos. Por esto el condenado merecía sufrir una pena infinita; pero no siendo capaz de tal pena ninguna criatura, dice Sto. Tomás, que Dios la hace infinita en la duración, pero no en la intensión. Además de esto, es cosa justa que no cese la pena que merece el pecador mientras este persevere contumaz en su pecado. Y por esta razón , así como en el cielo es siempre premiada la virtud de los justos, porque siempre dura, así en el infierno es castigada siempre la culpa de los réprobos, porque siempre permanecen contumaces en ella. Escribe Eusebio Emiseno: Quia non recipit causae remedium, carebit fine supplicium. Y está tan obstinado en su pecado el réprobo que se halla en los infiernos, que aunque Dios le ofreciese el perdón de sus culpas, lo rehusaría por el odio grande que contra Dios abriga en su corazón. Esto dice Dios por Jeremías (15. 18.) con estas palabras: Quare factus est dolor meus perpetuus, et plaga mea desperabilis, renuit curari? Mi herida es incurable , porque yo no quiero que me curen, dice el reprobo. ¿Como pues podrá Dios sanar la herida de la mala voluntad de los réprobos, cuando ellos rechazan y no quieren admitir el remedio, aunque se les ofrezca? Así el castigo de los réprobos se llama una espada, una venganza irrevocable: Ego Domimus eduxi gladium meun de va.gina sua irrevocabilem. (Ezech. 21, 5.)

10. Y por la misma razón sucede que la muerte, que es tan temible y nos espanta en este mundo, en el infierno la desean los réprobos y no la pueden conseguir: Et indiebus illis quaerent, homines mortem, et non invenient eam; et desiderabunt mori, et fuget mors ab eis: En aquellos días buscarán los hombres la muerte y no la hallarán: desearán morir, y la muerte huirá de ellos. (Apoc. 9, 6.) Desearían ser exterminados y destruidos por no padecer eternamente; pero no hallarán este remedio extertninador que les sugiere su misma desesperación: Non est in illis medicamentnm extermina. (Sap. 1,14.) Si un hombre condenado a la horca ha sido arrojado por el verdugo y no puede ahogarle con presteza, este espectáculo mueve al pueblo a compasión: pero los pobres condenados viven en continuas agonías de muerte y no tienen otra muerte que el tormento que no puede quitarles la vida: Prima mors, dice S. Agustín, animam nolentem pellit de corpore, secunda mors nolentem tenet in corpore. La primera muerte arranca al alma del cuerpo del pecador cuando él no quisiera morir; pero la segunda, que es la eterna, retiene su alma en el cuerpo cuando quisiera morir para terminar de una vez sus amargas penas. El real Profeta dice: Sicut oves in inferno, positi sunt, mors depascet eos: que los réprobos están en el infierno siendo pasto de la muerte. (Psal. 48, 15.) Y en efecto, es así. La oveja cuando pace, arranca y come las hojas de la planta y deja la raíz. La planta no muere, sino que crece y se vuelve a cubrir de hojas. Pues lo mismo hace la muerte con los réprobos: los atormenta y los oprime de penas; pero les deja la vida , que es la raiz de sus tormentos.

11. Mas ya que para estos desgraciados no hay esperanza de salir del infierno, seria menos doloroso que pudiesen engañarse y alucinarse a sí mismos, discurriendo de este modo: Quizá Dios se moverá algún día a compasión de nosotros y nos librará de estos tormentos. Mas no sucede así en el infierno donde no cabe tal alucinamiento; porque el condenado, así como sabe de positivo que hay Dios, sabe también que sus padecimientos no han de terminar jamás: Existimasti, inique, quod ero tui similis; arguam te, et statuam contra faciem tuam. (Psal. 49, 21.) Siempre verá sus pecados presentes y la sentencia de su eterna condenacion: Statuam contra faciem tuam.

12. Deduzcamos de todo lo que acabo de decir, amados oyentes mios, que el negocio de nuestra salud eterna debe ser el más interesante y el más esencial para nosotros: Negotium, dice S. Eucherio, pro quo contendimut; aeternitas est. Se trata en él de la eternidad, es decir, de una felicidad que no tendrá fin si nos salvamos; o de una desgracia también eterna, si nos condenamos. Cuando Tomás Moro fue condenado a muerte por Enrique VIII , trató su mujer de moverle a que cediera a la voluntad del rey ; pero él le habló de este modo:  - Dime Luisa, ¿cuantos años crees tú que podría yo vivir todavía? Ya ves que soy viejo.- Aun podrías vivir veinte años. - Oh esposa insensata , replicó el esposo. ¿Y quieres que por veinte años de vida en este mundo, me condene después por una eternidad en el otro?

13. ¡Oh Dios mio! creemos en el infierno, y sin embargo pecamos. Oyentes míos, no seamos nosotros tan necios como lo fueron tantos otros que ahora lloran sin remedio en los infiernos. ¿Qué resta ya a los desgraciados de los placeres que disfrutaron en este mundo? El Crisóstomo, hablando de los ricos y de los pobres, exclama: O infelix felicitas, quae divitem ad aeternam infelicitatem traxit! O felix infelicitas, quae pauperem ad aeternitatis felicitatem perduxit! Los Santos se sepultaron vivos en las grutas y en los desiertos, para no verse sepultados después de la muerte en el infierno por toda una eternidad. Aunque la eternidad fuese una cosa dudosa, deberíamos sin embargo hacer de nuestra parte los mayores esfuerzos para evitar los eternos tormentos del infierno. Pero no cabe duda ninguna; porque es artículo de fe, que todos nosotros, al salir de esta vida debemos entrar en la eternidad para ser en ella, o eternamente felices ó eternamente desgraciados. Sta. Teresa decía que muchos cristianos se condenan porque no tienen fe. Avivemos pues nosotros esta virtud que es la que nos allana la entrada en el paraíso. Tengamos presente que después de esta vida miserable hay otra que no tiene fin. Valgámonos de todos los medios y hagamos cuanto esté de nuestra parte para asegurar esta vida que ha de ser eterna. Y si para conseguir este objeto es preciso separarnos del mundo , abandonémosle inmediatamente , siguiendo los consejos del que murió por nosotros en una cruz y nos elijo: El que quiera venir detrás de mi, haga abnegación de si mismo , tome su cruz sobre sus hombros y sígame. Creedme , oyentes míos , el único modo de asegurar la eterna salvación , es hacer guerra a los vicios e imitar las virtudes que Jesucristo nos enseñó. Hacedlo así, y yo en su nombre os aseguro, que evitareis la  la eterna condenación, y disfrutaréis de su bienaventurada compañía por toda la eternidad en la gloria. Amén."

Fuente: "Sermones abreviados para todas las dominicas del año", San Alfonso María de Ligorio, 1847 - [Negrillas son nuestras.]

De la pena de daño que se padece en el Infierno



"Mittite eum in tenebras extreriores; ibi erit fletus
Arrojadlo fuera a las tinieblas, donde no habrá sino llanto (Matth. XXII, 13)


Según todas las leyes divinas y humanas , la pena debe ser correspondiente a la gravedad del delito: Pro mensura peccati erit et plagarum modus. (Deut. 25,2.) Porque la injuria principal que hace a Dios un pecador, cuando comete un pecado mortal, es apartarse de su criador, y sumo bien. Así define el pecado mortal Sto. Tomás, (p. i. qu. 24. art. 4.) por estas palabras: Aversio ab incommutabili bono. De esta injuria precisamente se lamenta el Señor por el profeta Jeremías (15,6.) donde dice: Tu reliquisti me, dicit Dominas, retrorum abiisti: Me abandonaste y volviste pasos atrás. Siendo pues esta la mayor culpa del pecador porque quiere perder espontáneamente a Dios, justamente su mayor pena en el infierno será el haberle perdido. Allí siempre se llora; ¿Pero cual es el objeto más amargo del llanto de los infelices condenados? La idea de haber perdido a Dios por su propia culpa. Este pues será el único asunto del presente sermón , al cual os suplico que estéis atentos.

1. El fin para que Dios nos colocó en este mundo, amados oyentes míos, no fue para disfrutar de los bienes de la tierra; sino que nos crió para conseguir la vida eterna: Finem vero vitam aeternam. (Rom. 6 ,22.) La vida eterna consiste en poseer a Dios y amarle eternamente. El que esto consigne, consigue su fin y será eternamente feliz; el que deja de conseguirlo por su culpa, pierde a Dios, será siempre desgraciado y no cesará de repetir llorando: Perit finis meus: Dejé de conseguir el fin para que fui criado. (Thren. 3, 18.)

2. El dolor que resulta de haber perdido una cosa, es igual al valor de la cosa perdida. Si uno pierde una perla o un diamante que vale cien escudos, siente gran pena. Si valía doscientos la pena es duplicada; y si cuatrocientos, la pena será mucho mayor. Ahora pregunto yo, ¿cual es el bien que perdió el condenado? Perdió a Dios que es un bien infinito: por tanto la pena de la pérdida de Dios es una pena infinita como dice Sto. Tomás: Paena damnati est infinita quia est amissio boni infiniti. (S. Thom. 1 ,2. q. 87 , a. 4.) Lo mismo escribió antes S. Bernardo , diciendo, que el valor de esta pérdida es correspondiente al valor infinito del sumo bien, que es Dios. Porque no consiste el infierno en el fuego que devora, ni en la hediondez que trastorna los sentidos, ni en los gritos y aullidos que dan continuamente los condenados, ni en la vista de los demonios que espanta, ni en la estrechez de aquella cárcel de tormentos en que yacen los desgraciados uno sobre otro: la pena principal del Infierno consiste en haber perdido a Dios; y todas las otras no son nada en comparación de esta. El premio de los bienaventurados en el Paraíso, es Dios, como dijo a Abraham: Ego ero merces tua magna nimis. (Gen. 15,1.) Por lo que, así como la recompensa del hombre bienaventurado es Dios, así la pena del condenado es la pérdida de este mismo Dios.

3. Por esto dijo S. Bruno, que por muchos tormentos que se hiciesen sufrir a los condenados, no igualarían jamás la pena que sufren por verse privados de la presencia de Dios: Addantur tormenta tormentis, ad Deo non priven tur. (Serm. de Jud. fin)  Lo mismo escribe S. Juan Crísóstomo, hablando acerca de esto: Si mille dixeris gehennas, nihil par dices illius doloris. (Hom. 49 ad Pop.) Se halla Dios dotado de tantas perfecciones dignas de amor, qué merece un amor infinito. Es tan amable, que tiene en el cielo tan llenos de alegría y absortos de gozo a los bienaventurados, embriagados de su divino amor, que no desean ni piensan otra cosa que amarle con todas sus fuerzas. En este mundo los pecadores, por no dejar sus indignos placeres, cierran los ojos para no conocer a Dios ni el amor que se merece; pero en el infierno se les mostrará el Señor tal cual es, y este será su mayor castigo: Cognoscetur Dominus judicia faciens. (Psal. 9,17). El pecador en medio de los placeres sensuales que le cercan, apenas conoce a Dios; porque no le ve sino a través de las tinieblas, y por esto le importa poco perderle; pero en el infierno le conocerá claramente para su desgracia, y esta idea le atormentará sin cesar. Un doctor de París se apareció a su obispo después de su muerte, y le dijo que se había condenado. El obispo le preguntó, si se acordaba en el infierno de las ciencias de que se había ocupado tanto durante su vida. Y él le respondió, que en el infierno no tienen más que un pensamiento que los atormenta sin cesar, a saber, el haber perdido a Dios.

4. Discedite a me, maledicti, in ignem aeternum: Separaos de mi, malditos, e id al fuego eterno. (Matth. 25, 41.) Estas palabras dirige Jesucristo a los condenados, las mismas que resuenan sin cesar en el infierno. Separaos de mí, porque ya no sereís míos, ni yo seré ya vuestro; Vos non populus meus, et ego non ero vester. (Oseae 1,9.) Esta pena , que, como dice S. Agustín , solamente es temida de los santos en este mundo, es la que espanta a los amadores de Dios más que todos los tormentos del infierno; pero no amedrenta a los pecadores que quieren vivir sumergidos en las tinieblas del pecado. Más después que hayan muerto comprenderán para su mayor castigo el gran bien que perdieron, y de que se ven privados por su culpa.

5. Conviene estar en la inteligencia de que el hombre fue criado por Dios, y está naturalmente inclinado a amarle. Pero las tinieblas del pecado y los afectos terrenos que le dominan tienen adormecida, mientras vive en este mundo, esta tendencia e inclinación hacia Dios su bien; y por esto le aflige poco la pena de verse separado de él. Más cuando el alma abandona al cuerpo y se ve libre de los sentidos que la tienen obcecada, conoce claramente que ha sido criada por Dios, y que Dios es el único bien que puede contentarla , como dice S. Antonino; Separata autem anima a corpore intelliget Deum summum bonum, et ad illud esse creatam. Esta es la causa de que, en viéndose suelta de la cárcel del cuerpo, se lanza inmediatamente hacia el Señor para abrazarse con él. Pero si se halla en pecado, será repelida de Dios como enemiga suya. Bien es verdad que por repelida y desechada que se halle el alma , jamás pierde la grande inclinación que le arrastra hacía su Criador; y su mayor tormento consistirá en verse atraída hacia él y rechazada por él.

6. ¿Qué esfuerzos no hace un perro para romper la cadena que le sujeta, y poder atrapar la presa inmediatamente que ve a la liebre? Pues lo mismo hace el alma cuando se separa del cuerpo. Por una parte le atrae Dios hacia sí; por otra el pecado la separa de Dios, y la conduce a los infiernos. Porque, como dice el profeta, el pecado es semejante a un muro elevado, puesto entre el alma y Dios: Iniquitates vestrae diciserunt ínter vos, et Deum vestrum. (Isa. 59,2.) Y así la desgraciada cuando se vea confinada en aquella cárcel de tormentos y lejos de Dios , se quejará llorando de este modo: ¿Con qué ya no seré vuestra, o Dios mio, ni vos seréis mio jamás? ¿Con qué ya no os amaré en adelante, ni vos me amareis a mí? Esta separación de Dios amedrentaba a David cuando decia: Numquid in aeternum projiciet Deus? Aut non apponet, ni complacitior sit adhuc? Acaso me desechará Dios para siempre sin apiadarse nuevamente de mí? (Psal. 76,8.) ¡Que dolor tan cruel seria el mío, si Dios llegase a rechazarme y no se mitigase su cólera jamás! Pues este mismo dolor que espantaba a David es el que sufren y sufrirán eternamente los condenados en el infierno. Mientras David estaba en pecado, conocía que su propia conciencia se lo echaba en cara continuamente con estas palabras: Ubi est Deus tuus? Dime David, ¿Donde está ahora tu Dios que tanto te amaba antes? Ya le has perdido, y ha dejado de ser tuyo. Y afligido David con este dolor, dejó escrito que no cesaba de llorar de noche y dedia: Fuerunt mihi lacrymae meae panes die ac nocte: dum dicitur mihi quotidie: Ubi est Deus tuus? (Psal. 41,4.) También al condenado preguntarán los demonios de este modo: ¿Infeliz, donde está ahora tu Dios, que creías había de salvarte aun después que tú le habías abandonado? Ubi est Deus tuus? David empero aplacó al Señor con sus lágrimas y recobró su amistad; más el condenado derramará un mar de llanto y no le aplacará jamás, ni volverá a su amistad.

7. Dice S. Agustín, que si viesen los condenados la hermosura de Dios, no sentirían pena alguna, y el mismo infierno se les convertiría en un paraíso: Nullam paenam sentirent, et infernus ipse verteretur in paradisum. (Lib. de Tripl. hab.) Pero no sucederá así, porque el condenado ya no puede ver a Dios. Cuando David condenó a su hijo Absalon a no ponerse jamás en su presencia, fué tal el dolor de AbsaIon, que súplicó a Joab que dijese a su padre, que deseaba ames morir, que no que le prohibiese verle: Obsecro ergo ut videam faciem regis , quod si me mor est iniquitatis meae, interficiat me. (2. Reg. 14, 32.) Felipe II rey de España , dijo con semblante severo a un grande de su reino que estaba en la Iglesia con poca reverencia: No comparezcas más delante de mi presencia. Y fue tanta la pena que concibió, que murió al llegar a su casa. ¿Que será, pues, cuando Dios diga al réprobo al tiempo de morir: Abscondam faciem ab eo, et invenient eum omnia mala: Vete de aquí, que no quiero verte más, ni que tú me veas? (Deut. 31,17) Que compasión causa el sentimiento de un hijo que estaba unido con su padre, y comían y dormían juntos, cuando muere el padre, y el hijo le llora, exclamando en medio de su dolor: ¡Padre mio, te he perdido: ya no te veré mas! Si oyésemos ahora llorar amargamente a un condenado, y le preguntásemos: ¿Por qué lloras tanto? Respondería el desgraciado : Lloro porque he perdido a Dios y no le he de ver más.

8. Aumentará esta pena el conocimiento que tendrá el reprobo de la gloria que gozan los bienaventurados en el cielo, de la cual se ve y se verá él excluido para siempre. ¿Que pena recibiría cualquiera, sí habiéndole convidado su rey a asistir a su teatro para ver y oír una bella ópera, o un baile famoso, se viese después excluido por cualquier descuido, al oír desde afuera las voces y aplausos que se daban en el teatro? Ahora los pecadores desprecian el paraíso y le pierden por cosas bien frívolas, sin embargo de que Jesucristo derramó toda su sangre para allanarnos la entrada a él; pero cuando los infelices se vean condenados al infierno, será para ellos la mayor pena de todas, el conocer los goces infinitos del paraíso. Dice S. Juan Crisóstomo, que el verse excluidos los condenados de aquella mansión de delicias, será para ellos un dolor diez mil veces mayor que las penas que padecen en el infierno: Decem mille quis ponat gehennas, nihil tale dicet, quale est a beata gloria excidere. (S. Joan. Chrys. ap. S. Thom. Suppl. qu. 98, art. 9.) Si tuviese yo al menos alguna esperanza, dirá el condenado, que después de mil o de un millón de siglos de tormentos, había de poder recobrar la gracia divina y había de hacerme digno de gozar de la presencia de Dios, aun me consolaría. Pero al instante le responderá su conciencia: No hay esperanza para el hombre impío después de su muerte: Mortuo nomine impio, nulla erit ultra spes. (Prov. 11,7.) Mientras vivía, podía salvarse; pero desde que murió en pecado, su condenación es irreparable. Y así el infeliz dirá llorando con la mayor desesperación: Ya no veré al Señor Dios en la patria celestial: Non videbo Dominum Deum in terra viventium. (Isa. 38, 11)

9. Aumentará la pena a los réprobos, pensar que perdieron a Dios y el paraíso, únicamente por su culpa. Todos aquellos infelices dirán: Yo podía haber pasado una vida feliz en el mundo, si hubiese amado a Dios, y al mismo tiempo hubiera alcanzado una eterna felicidad. Pero por haber amado mis vicios, tendré que estar en este lugar de tormentos, mientras Dios sea Dios. Entonces repetirá las palabras de Job; Quis mihi tribuat, ut sim juxta menses pristinos, secundum dies quibus Deus custodiebat me? ¿Quien me diese volver a mis antiguos días, en los cuales me protegía el Señor ? (Job. 29,2.) No caería en este fuego eterno. No vivía yo entre los bárbaros, entre los Indios y Chinos, de modo que estuviera privado de sacramentos, de sermones, y de maestros espirituales que me instruyesen; sino que nací en el gremio de la verdadera Iglesia, donde fui instruido y amonestado por los predicadores y confesores. No me arrastraron a esta cárcel los demonios; yo mismo he venido voluntariamente por mis mismos pasos. Yo mismo me he fabricado voluntariamente estas cadenas, que me tienen atado y separado de Dios. Cuantas veces el Señor me hizo sentir en el corazón estas palabras: Enmiéndate y torna a mí, antes de que llegue el tiempo en que no te sea posible remediar tu ruina. ¡Infeliz de mí! Ya llegó este tiempo, y la sentencia está dada. Estoy condenado, y mi condenación ni tiene ni tendrá remedio jamás. Ya que he perdido a Dios y no puedo verle, siquiera pudiese amarle. Pero no, porque la gracia me ha abandonado, y así me he hecho esclavo del pecado, y me veo precisado a aborrecerle. Esta es la mayor desesperación del réprobo, verse obligado a aborrecer a Dios por haberle despreciado en vida. De él dice Job: Quare me posuisti contrarium tibi, et factus sum mihi metipsi gravis? ¿Por qué me hiciste enemigo tuyo, y no me puedo soportar yo mismo? (Job 7,20.) De aquí resulta, que viéndose el condenado contrario y enemigo de Dios, al mismo tiempo que conoce que Dios es digno de un amor infinito, no verá objeto de mayor horror ante sus ojos, que su misma persona. Y esto será para él mayor castigo; porque por una parte verá que Dios es digno del mayor amor; y por otra, que él es digno del mayor honor, y enemigo declarado de Dios: Statuam te contra faciem tuam. (Psal. 49,24.)

10. Aumentara también mucho la pena del condenado el conocer cuanto hizo Dios para salvarle; porque esto mismo le llenará de desesperación: Peccator videbit et irascetur. (Psal. 111,10.) Conocerá todos los beneficios que el Señor le concedió, todas las inspiraciones con que le llamó al buen camino, y la paciencia que tuvo para sufrirle. Conocerá sobre todo cuanto le amó Jesucristo, y cuanto sufrió por su amor; y se verá no obstante por su culpa, no amado, sino aborrecido de Jesucristo. Por eso dice S. Juan Crisóstomo, que si uno sufriese mil infiernos, no se quejaría tanto, como se queja el condenado por verse enemigo de Cristo: Si mille quis ponat gehennas, nihil tale dicturus est, quale est exosum esse Christo. (Chrys. Hom. 24. in Matth.) Dirá pues el condenado de este modo: Mi Redentor que movido de mi amor sudó sangre, sufrió agonías, y quiso morir sin tener quien le consolara, ahora no tiene compasión de mí. Yo lloro y grito, pero él ya no me oye, ya no me mira y se ha olvidado de mí. Me amaba un tiempo; más ahora me aborrece, y me aborrece con razón; porque yo ingrato no quise amarle. Dice David, que los precitos son arrojados al pozo de la muerte: Deduces eos in puteum interitus. (Psal. 54,24.) Y este pozo, dice S. Agustín, que será cerrado por arriba y abierto por abajo, y se dilatará hasta el abismo; y que serán olvidados de Dios los que no quisieron conocer a Dios: Puteus claudetur sursiun, aperietur deorsum, dilatabitur in profundum; et ultra nescientur a Deo, qui Deum scire noluerunt. (Hom. 1 6, cap. 50.)

11. Vemos, pues, que el condenado conoce que Dios merece un amor infinito, y que él no puede amarle. Lo cual confirma Sta. Catalina de Génova, que molestada un día por el demonio, y preguntándole la Santa quien era, le respondió, lamentándose: Yo soy aquel malvado que no puede amar a Dios. El condenado no solo no puede amar a Dios, sino que se ve obligado a aborrecerle; y este es su mayor infierno: tener que aborrecer a su Dios, al mismo tiempo que conoce que es infinitamente amable. Como el Señor es un bien supremo, le arrastra hacia sí con vehemencia; pero le aborrece porque castigó sus pecados. El amor natural le atrae sin cesar hacia Dios, pero el odio le rechaza con violencia; y estas dos pasiones contrarias son como dos fieras que despedazan sin cesar el corazón del infeliz condenado; de suerte que le hacen y le harán vivir en una continua muerte por toda la eternidad. Así el reprobo odiará y maldecirá siempre a Dios; y aborreciendo a Dios, aborrecerá y maldecirá todos los beneficios que le hizo, como la creación, la redención y los sacramentos; y entre estos especialmente el bautismo, por el cual se hizo más reo ante Dios con los pecados que cometió, y el sacramento de la penitencia, por medio del cual podía salvarse tan fácilmente si hubiese querido; y sobre todo el santísimo Sacramento del altar, en el cual Dios se le había dado a sí mismo todo entero. Aborrecerá por consiguiente todos los demás medios que le sirvieran de ayuda para salvarse; es decir, a todos los ángeles y todos los santos, pero especialmente maldecirá al Ángel custodio, a los santos sus abogados, y sobre todo a la divina Virgen María. Pero principalmente a las tres divinas personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo; y con mayor especialidad al Verbo encarnado Jesucristo, que sufrió y murió por él en la cruz. Entonces, pues, maldecirá las llagas de Jesucristo, la sangre de Jesucristo, y la muerte de Jesucristo. Ved , oyentes míos, a que fin tan desgraciado conduce el pecado a las almas redimidas por la sangre del Señor. ¿Queréis vosotros evitar tan triste fin? Detestad presto vuestros pecados; confesadlos inmediatamente, y amad con todo vuestro corazón a este divino Señor crucificado, que dió toda la sangre de sus venas por redimirnos de la esclavitud del demonio y llevaros en su compañía a la gloria eterna."

Fuente: "Sermones abreviados para todas las dominicas del año", San Alfonso María de Ligorio, 1847 - [Negrillas son nuestras.]

De la desgracia de salir de este mundo sin estar preparados



"Punto Primero.- Cuánto espanto y cuánta desesperación será la de un alma en el momento en que se vea citada a comparecer en el Tribunal de Dios, cuando no está prevenida ; y es preciso dar cuenta al supremo Juez, por quien ha de ser juzgada. ¡Oh, qué cosa tan terrible hallarse en el momento decisivo de su suerte eterna, con tantos motivos para temer!

Una juventud florida, una salud robusta, podían ser fiadores del tiempo inesperado: nos daban seguridades de que convaleceríamos de una enfermedad; pero Dios no consulta nuestro parecer sobre el número de nuestros días. Bástale tenernos advertidos que vendrá a pedirnos cuenta cuando menos lo pensemos. ¡Qué imprudencia aguardar a disponer las cuentas para aquella hora crítica! No se remite nuestra causa para otra audiencia: ya no hay más misericordia, no hay más indulgencia, ni más dilación.

Aquellos pecados graves no confesados, aquellas amistades por hacer, aquellas restituciones diferidas, aquellos propósitos de nueva vida dilatados, aquellas inspiraciones de la gracia mal atendidas, todo esto se representará de tropel para ahogar, y para desesperar a la pobre alma en mil remordimientos.

¿Había entonces valor para decir que no se tuvo tiempo? ¿Pues qué tantos años perdidos lastimosamente, no fueron el tiempo que Dios nos concedió para disponernos a recibirle ? ¿Tuvimos este tiempo, para emplearlo en el importantísimo negocio de nuestra salvación, y lo malogramos? ¿Quién tuvo la culpa? Pídeme Dios estrecha cuenta de tantos preceptos no obedecidos, de tantos consejos despreciados: y el alma desprevenida no tiene razones que alegar, ni satisfacciones que producir. ¡Oh, qué apuro tan temible! el más digno de evitar.

Punto segundo. Considera con cuantas inquietudes se vive cuando se tiene entre manos un pleito de grande consecuencia. Se consulta, se escribe, se toman infinitas precauciones, se medita lo que se ha de decir; ¡y con cuánto desasosiego se pasan los días y las noches si se dilata la sentencia!

Pendiente tenemos todos un pleito que está para sentenciarse; sin que jamas haya habido, ni pueda haber otro mas delicado, ni más importante. El día de la sentencia se ignora absolutamente; pero me tienen avisado que esté bien prevenido para responder a todos los artículos, sobre que me han de tomar la confesión: gracias, talentos, empleos, años, días, horas y momentos: todo ha de ser examinado, todo juzgado con suma severidad. ¿Pues cómo no sé piensa en esto? ¡Y sin haber pensado bien en ello jamas, se espera a que venga el Juez, se comparece a su tribunal El nos avisó de su venida, sin señalarnos cuando; ¡Qué turbación, buen Dios, qué espanto, ser citado ante el Señor para dar mis cuentas y no tenerlas ajustadas!

Comprende, si es posible, los sobresaltos, las congojas y el desconsuelo que causa en aquel fatal momento el verse cogido de repente. ¡Ah si a lo menos tuviera el triste consuelo de no haber tenido tiempo; pero desdichado de mí que le tuve! ¡Si hubiera sabido el peligro de ser cogido de sorpresa, pero infeliz de mí que lo supe! ¡Si por lo menos no hubiera pensado en las funestas consecuencias de esta desprevención; pero miserable de mí, que muchas veces las tenia bien previstas; mas todo esto sin fruto. ¡Oh mi Dios! y qué prudentes fueron los Santos en tener siempre en las manos las lamparas encendidas! Qué dichoso fue San Abraham en haber pasado cincuenta años en el desierto sin pensar en otra cosa que en aquel momento decisivo, para que no le cogiese de improviso la venida del Soberano Juez. ¿Será posible, Señor, que aun después de estas reflexiones tenga yo la desgracia de ser sorprendido de la muerte? No permitáis, Señor, que sea ineficaz la resolución que tomo en este mismo punto. No habrá día, no habrá hora en todas las que me diereis de vida, que no piense en este postrer momento."

Fuente: "Año cristiano o ejercicios devotos para todos los días del año" por el P. Jean Croisset, S.J., Día 27, Tomo: Agosto - [Negrillas son nuestras.]